La máquina del tiempo: símbolos y significados ocultos

El eternalismo fatalista de H.G. Wells

Hace unos días repusieron por televisión la película “La máquina del tiempo”, versión del año 2002, basada en la novela del mismo título escrita por H.G. Wells. Mi intención original al volver a verla era comprobar otra vez las teorías temporales que soportaban la fábula y ver cómo encajaban en el esquema que desarrollo en mi libro “La historia oculta del tiempo”, sobre todo en lo que se refiere a la gran dicotomía temporal: presentismo/eternalismo, y a todas sus derivaciones: continuo/discreto, absoluto/relativo, etc. Aunque la novela se publicó en 1895, o sea diez años antes de la aparición de los resultados de la teoría de la relatividad especial de Einstein, no es difícil ver que Wells concibe un tiempo eternalista, o sea que está “permanentemente” ahí, y por eso el viajero se puede desplazar tanto al pasado como al futuro. El fatalismo temporal ayuda a resolver el gran caballo de batalla de los relatos de viajes en el tiempo: el principio de causalidad. No importa cuantas veces se viaje al pasado porque cualquier intento por alterarlo significativamente resultará inútil. Desesperado, el viajero se desplaza al futuro para buscar la respuesta que le permita devolver la vida a su amada, pero lo que encuentra es una confirmación de que nada que sea anterior a la construcción de la máquina del tiempo puede ser modificado, más allá de unos pocos detalles sin consecuencias causales relevantes.

La película funcionó decentemente en taquilla pero no cosechó buenas críticas, sino más bien todo lo contrario. Fue tachada de naif, simplista y de ser una versión empeorada del clásico de 1960. Pero en mi opinión, la cinta tiene algo verdaderamente interesante que en las anteriores ocasiones en que la vi me había pasado desapercibido y que ni el libro ni la versión de 1960, que en español se titula “El tiempo en sus manos” reflejan con la misma intención. Se trata de la concepción social y moral que Wells expone a través del mundo de la posteridad remota, ochocientos mil años en el porvenir, y de la interpretación que se puede hacer de esa concepción de acuerdo al esquema de funcionamiento trinitario de la conciencia. Los asiduos de mi web ya habréis leído mis interpretaciones simbólicas sobre Moby Dick, o sobre Jurassic World, y por tanto ya os imagináis por dónde van los tiros. Y sin embargo “La máquina del tiempo” va mucho más al corazón de la conciencia que ninguno de los relatos mencionados, para encajarse como un mecanismo perfecto a la hora de darnos una explicación de la forma en la que el mundo del ser humano se puede torcer y funcionar mal, y de qué es lo que hay que hacer para arreglarlo.

Alegoría en imágenes de una máquina del tiempo en fase de construcción
Una auténtica máquina del tiempo, más o menos. Solo le faltan algunos pequeños ajustes.

El caos del mundo futuro

El viajero temporal se encuentra un mundo futuro en el que el ser humano está dividido en tres categorías tan radicalmente separadas que dos de ellas tienen rasgos evolutivos diferenciados. Primero conoce a los Eloi, que aparentemente son la continuación del ser humano actual. Los Eloi cuidan al viajero de sus heridas y le ayudan a recuperarse, son amables y atentos y viven en paz entre ellos y con su medio ambiente, al que se han adaptado en sostenible armonía. Pero el viajero aprende pronto que los Eloi viven con miedo a unas criaturas subterráneas llamadas Morlock, que pueblan sus pesadillas. Cuando estos entran en escena vemos que son todo lo contrario a los Eloi. La evolución los ha animalizado y convertido en cazadores de hombres, a los que raptan, llevan bajo tierra, esclavizan y de cuya carne incluso se alimentan. Finalmente, aprendemos también que las entrañas de la Tierra albergan a otra raza que controla mentalmente a los Morlock y que tiene poderes telepáticos para controlar también el pensamiento de los propios Eloi. Los Eloi son la cantera de la que esta raza superior saca esclavos, hembras reproductoras y carne para que se alimenten sus perros humanos, los citados Morlock. El estado de control mental de los Eloi a través del miedo es tan avanzado que cuando alguien es raptado por los Morlock, simplemente se olvidan de ello y ni siquiera lo vuelven a mencionar. El estado de control mental de los Morlock a través de la ignorancia es tal que matan y comen carne humana sin ningún problema de conciencia. La raza de los líderes mantiene el estado de cosas a través de la inducción telepática de pensamientos, o sea del control mental de ambas razas “inferiores”: los perros Morlock y las ovejas Eloi.

La conciencia desequilibrada

La película nos presenta un esquema que refleja claramente el funcionamiento trinitario de la conciencia, que en este caso se encuentra en franco desequilibrio y ha dado lugar al caos de una sociedad infernal de señores y esclavos. El pensamiento creador, el padre, está representado por el líder de los súper-Morlock y ejerce un control mental total sobre el sagrado femenino, la madre, que son los Eloi, a través del miedo, y sobre el sagrado masculino, el hijo, que son los Morlock, a través de la ignorancia. En el funcionamiento de la conciencia equilibrada o despierta, el pensamiento creador genera ideas que deben pasar primero por el sagrado femenino, el corazón, los sentimientos, pues solo esta parte de la conciencia puede evaluar si se trata de ideas que causarán sufrimiento a otros seres conscientes. Pero en lugar de eso, aquí el pensamiento creador insufla las ideas malvadas directamente en la parte activa, el sagrado masculino, que es un bruto mentalmente controlado a través de la ignorancia inducida, y que se pone a actuar en el mundo sin tener conciencia del mal que está haciendo. En nuestro mundo de hoy tenemos ejemplos claros de este funcionamiento desequilibrado de la conciencia. Los Morlocks podrían ser los ejércitos invasores. Hace poco tiempo se ha publicado un libro que demuestra que durante la segunda guerra mundial, tanto los soldados alemanes como el propio Hitler, usaban drogas como el pervitin (hoy metanfetamina o cristal) para mantener un nivel de rendimiento adecuado en la guerra. Las recientes invasiones de Afganistán e Iraq por parte de tropas americanas también han estado salpicadas de noticias sobre el uso de productos farmacológicos avanzados por parte de los soldados agresores. Estas drogas permiten un alto rendimiento físico, pero tienen efectos secundarios gravísimos que resultan en alteraciones de la personalidad, síndromes de inadaptación a cualquier tipo de vida no-Morlock y desequilibrios mentales permanentes. Efectivamente, en medio de un escenario de supervivencia como la guerra, los soldados se transforman en Morlocks sin conciencia, y ejecutan la orden del pensamiento creador: “invadir, ocupar, robar, matar”, sin interferencias por parte del sagrado femenino de su conciencia, de su corazón, que ha sido convenientemente anestesiado con la programación mental de grupo o secta que se les implanta en el ejército, y con las citadas drogas.

Pensamiento creador malvado

El pensamiento creador está representado por los líderes que han ideado el caos con intereses particulares. Ellos no tienen que intervenir físicamente en el mundo. Les basta con hablar, normalmente manipulando la realidad a través de excusas-mentiras como la de las armas de destrucción masiva, para conseguir que sus Morlocks aplasten, saqueen y destruyan civilizaciones enteras. La máquina del tiempo nos enseña, pues, que el control mental de una sociedad se basa en la división radical de los individuos que la componen, en su segmentación en grupos que, sea cual sea la excusa: religión, política, raza, al final resulta en dos tendencias al desequilibrio mental, caracterizadas por el predominio de una parte del cerebro sobre otra, es decir por un desequilibrio mental. Aquellos en los que se observa una tendencia sumisa, son los que se ven dominados por la parte intuitiva del cerebro, el hemisferio derecho, el lado femenino, las emociones. A estos se les controla a través de la creación de miedo que es la emoción contraria al amor. Ellos son las ovejas asustadas que harán lo que sea por miedo a los mordiscos de los perros. Respecto a aquellos en los que se observa una tendencia a la acción, el miedo se transforma en odio proyectado, porque el objetivo es potenciar esa tendencia hasta llegar a la violencia y la dominación y atrofiar la parte emocional para que no sientan el dolor ajeno. Hay que fomentar en ellos una ignorancia radical de la realidad espiritual del ser humano y una mentalidad de grupo superviviente, nosotros/ellos. Hay que potenciar en ellos el predominio del hemisferio izquierdo del cerebro. Estos son los ideales para nutrir las filas de los ejércitos invasores, las policías de las dictaduras, los matones de las mafias, la gente que acata órdenes sin rechistar y se justifican diciendo que ellos no son responsables porque “el mundo es así”. Si tienen algo de conciencia la perderán en cuanto comprendan el mal que está realizando. Sus mentes se descompondrán y muchos desarrollarán desequilibrios mentales agudos y trastornos de personalidad que terminarán incluso en suicidio, pero la mayoría sobrevivirán como robots a base de mentalidad grupal, consumo de drogas y de evitar su propia mirada en el espejo. Esto los hace ideales para el papel de perros, los perros que pondrán en acción las instrucciones del amo pastor.

Contemplando la sobreexplotación minera de la Luna
La Luna simboliza al sagrado femenino. Su destrucción es el fin del amor y el reinado del caos en el mundo.

El mundo sin amor es un caos

Los pastores están en la cúspide de este esquema de control. Ellos quizás conocen la ley natural del universo, que es la del amor, pero también por miedo y por instinto de supervivencia se han decantado por no seguirla, por preferir el modelo del miedo y del caos al del amor y la libertad. Al final han llegado a la psicopatía y son también irrecuperables. En la vida del rebaño, el pastor ejerce el control absoluto de mentes y recursos. El caos que puede representar este mundo futuro imaginado por Wells ha empezado con la muerte violenta de la novia del protagonista, la joven que representa al sagrado femenino. Observemos que lo que puede parecer un intrascendente forcejeo con un ratero está en realidad cargado de simbolismo profundo. Ella se resiste a que le quiten violentamente el símbolo de amor con su novio, y se resiste con fuerza. Sin embargo gana la violencia y el mundo sin sagrado femenino, sin madre amante y protectora, queda huérfano de cariño y solo puede resultar en un caos. El hecho que transforma el mundo ordenado en un caos es el robo, y esto también es profundamente simbólico, pues todas las acciones que resultan en daño a nuestros semejantes se pueden ver como un robo: no solo se roban las posesiones, sino la tranquilidad, la seguridad, la verdad, y finalmente, la vida. Al igual que el sagrado femenino murió por la violencia (dimensión oscura de la energía humana) de un sagrado masculino desequilibrado, el ladrón que al robar resume en ese acto toda la maldad del universo, su restauración solo puede ser acometida por un sagrado masculino que use la fuerza (dimensión luminosa). La violencia es agresión y es siempre ilegítima. La fuerza es defensa y es siempre legítima. No es lo mismo agredir que defenderse, y este, por cierto, es otro de los asuntos en los que el sistema sigue creando confusión. Amar al prójimo como a ti mismo no significa, como decía hace unos años un ministro español, preferir que te maten a matar. Eso es malinterpretar a Jesús y a la ley natural de cabo a rabo porque para amar al prójimo como a uno mismo, primero hay que amarse a uno mismo o no habrá fiel para ese “como”. Regañar a dos niños que se han pegado es lo habitual, pero no es lo justo. Hay que averiguar quién agredió para reprender su conducta, y quién se defendió para reafirmarla y afearle, si la hubiera, alguna falta de proporcionalidad.

Restablecer el equilibrio, resucitar el sagrado femenino

Y a partir de ese momento toda la peripecia del protagonista, Alexander, se encamina a hacer trampas al tiempo para recuperar a su amada, para devolverle la vida al sagrado femenino que es asesinado de un disparo en el corazón al comienzo de la película. Como el sagrado femenino falta en su vida, esta se transforma en un caos, y lo mismo pasa con el mundo. El futuro de 2037 es ya un horror medioambiental en el que el hombre ha partido la luna en cachos por ansia explotadora. La Luna es el astro femenino por excelencia y que su rotura representa la destrucción del sagrado femenino. El futuro de ochocientos mil años después es un infierno de esclavitud. Para recuperar el equilibrio de la conciencia habría que lograr que la palabra malvada que impulsa al sagrado masculino a la acción inmoral volviera a pasar antes por un sagrado femenino que no estuviera asustado y le diera información sentimental sobre los daños potenciales al resto de seres conscientes y al mundo natural que nos da soporte a todos. Pero el desequilibrio de la sociedad de “La máquina del tiempo” es tan grande que no parece posible insuflar la conciencia en los Morlock, ni mitigar el deseo de dominación en los líderes, para hacer que todos vivan en paz y armonía. La única posibilidad es hacer tabula rasa y construir el nuevo mundo a partir de los únicos que aún tienen corazón: los Eloi. A eso es a lo que se dedica el viajero temporal. Él puede ver las cosas en perspectiva, pues viene de otra “dimensión”, y además ha comprobado que en el futuro aún más remoto, el caos causado por los líderes y sus perros se extenderá también al mundo natural hasta transformarlo en la consecuencia lógica de este sistema de esclavitud: un infierno. Con unos líderes dispuestos a abusar sistemáticamente del resto de la humanidad, y con los perros caníbales que les sirven ciegamente no se puede construir nada basado en el amor. Por eso el viajero aprovechará el potencial explosivo de su máquina del tiempo para hacerla estallar bajo tierra y destruir a los Morlock y a sus líderes malintencionados. La nueva sociedad humana se construirá solo a partir de los Eloi, pues aunque son asustadizos, son los únicos capaces de experimentar el sentimiento en el que toda sociedad que se pretenda libre debe estar basada: el amor. La humanidad del futuro no saldrá de los pastores ni de sus mastines, saldrá del ganado. El viajero del tiempo es el nuevo mesías que, al igual que Jesús, no vino a traer la paz, sino la espada, y la más incomprendida de las bienaventuranzas evangélicas se cumplirá al fin: Los mansos heredarán la Tierra, aunque sea en el año 802701. La cuestión es: ¿Quería Wells dar alguna lección a sus coetáneos de finales del siglo XIX? ¿Podemos aprender algo de esta fábula los humanos de principios del siglo XXI? ¿O quizás todo esto no son más que imaginaciones mías?

Todos los secretos del tiempo se desvelan en mi libro: