Suscripciones:

    Introduce tu correo electrónico para suscribirte a este blog y recibir notificaciones de nuevas entradas.

    Únete a otros 5 suscriptores

    Entradas recientes: Eloy Caballero

    Eternalismo y perspectiva temporal

    Eternalismo y perspectiva temporal

    Espacialmente hablando, si dirigimos la mirada a lo lejos y contamos con la diferencia de alturas apropiada, nuestra vista divisa una apreciable perspectiva. Abstraigámonos por un momento y pensemos en un espacio completamente congelado, estático, sea eso lo que sea. Aunque nada en el universo parece estar en estado estático, parece que nuestra mente si […]

    Pánico en playa dinosaurio

    Pánico en playa dinosaurio

    He aquí la versión en alta definición del collage que acompaña a mi artículo sobre simbología en la película Jurassic World. Los materiales usados tienen origen diverso. La playa y el cielo son un fondo de pantalla de wonderfulengineering.com. La mujer que duerme en la palmera es de un anuncio de revitalizante. El dinosaurio es […]

    El capitán Ajab y la conciencia desequilibrada

    El capitán Ajab y la conciencia desequilibrada

    Herman Melville plantea su novela, Moby Dick, como una alegoría de la sociedad de su tiempo. La sociedad tecnológicamente avanzada se ha lanzado a la explotación indiscriminada de los recursos naturales porque está cegada por el dinero. Los señores tienen ansia de lucro para mantener su posición controladora; los mandos intermedios implementarán las órdenes a […]

    Inteligencia, codicia y crisis financiera

    Inteligencia, codicia y crisis financiera

    Uno de los contrasentidos más grandes de la reciente crisis financiera que no terminamos de superar es el misterio de la inteligencia mal empleada, que se puede resumir así: Siendo evidente que cada vez la gente está más preparada y con más estudios, y que cada vez contamos con más medios auxiliares, es decir, que […]

    El lamento del vendedor

    El lamento del vendedor

    Grité mi súplica en medio del atasco al tipo que conducía el porche-cayén. Expuse mis cuitas al panadero que preparaba la primera hornada del día a una hora indecente. Se lo conté al boticario y a la practicanta mientras jugábamos al mus en la mesa camilla de la trastienda. Pinté un esquema del pozo que […]

Síndrome de aversión al plural masculino extendido

Corrección política, hipocresía y palabras gastadas

La corrección política en el habla viene de lejos, pero dentro del ambiente del nuevo orden mundial (NOM) ha adquirido rasgos que rozan el histerismo. Todo empezó hace años en el orbe anglosajón con el melindre hipócrita que exige torcer el gesto para denotar malestar ante ciertos adjetivos cuyo abuso histórico los ha convertido casi en insultos, como “negro” o “moro”, sustituidos aquí por las ñoñerías “persona de color” o “subsahariano”, y “magrebí”, respectivamente. El mohín puede ser todo lo falso que se quiera, lo importante es que se vea. En español también tenemos casos de corrupción semántica por abuso de algunos vocablos como “madre”, una de las palabras más dulces del castellano que sin embargo en Méjico ya no se usa, por malsonante, conformándose nuestros amigos hispano-norteamericanos con el entrañable “mamá”, reservado para la intimidad familiar en la península. También el verbo “coger”, insustituible y amigable en el quehacer diario de acá, desde el pescadero hasta el secretario de gabinete ministerial, ya solo tiene connotaciones sexuales en Argentina y ha sugerido a nuestros colegas del Mar del Plata el único chiste verde sobre autobuses del idioma. Pero aparte de las hipocresías propias o heredadas, la corrección política ha tomado en nuestra piel de toro algunos caminos propios que no dejan de sorprender.

Lenguas peninsulares y particularismos

A lo que íbamos. En España existen varias lenguas regionales cuyo uso fue censurado en diverso grado durante el franquismo (1939-1975), quizás como represalia porque se identificaban, injusta metonimia, con los movimientos separatistas que habían militado en el bando republicano durante la guerra civil. La transición trajo una reacción expansiva y a través de la nueva constitución de 1978, que dotaba al Estado de una organización descentralizada en regiones autónomas, se terminó la censura. En su primera fase y en términos lingüísticos, esta reacción fue positiva y enriquecedora en general, pero después, y dando la razón a Ortega y Gasset, los “particularismos” regionales se instalaron en su reivindicación quejumbrosa característica y en la expresión de un supuesto agravio comparativo que, aunque nadie duda de que es sentido con total sinceridad por los dolientes, es absolutamente subjetivo, pues suele venir, precisamente, de las regiones más ricas (Ortega lo llamaba hipersensibilidad para los propios males). Al menos en el caso de Cataluña y del País Vasco, pronto quedó claro que sus clases dirigentes regionales no tenían el más mínimo interés en el proyecto común llamado España (insensibilidad ante los males ajenos), más allá de los compromisos que no tuvieran más remedio que tolerar de acuerdo a las competencias del Estado, y que lo único que les importaba a medio y largo plazo, y por lo único que iban a mover el culo o a dar el callo de verdad era solo por aquello que se alineara con el fin último de la independencia.

Don José Ortega y Gasset y la España invertebrada
Don José Ortega y Gasset todavía encontraría hoy signos de la España invertebrada de 1920

El castellano como intruso

En su afán único de caminar sin tregua hacia el nuevo amanecer del “Goodbye Spain”, y al menos en el caso de Cataluña, estas clases dirigentes, ora con la connivencia ora ante la pasividad de un Estado que anda también enredado en sus propios particularismos centrales, han hecho durante décadas un trabajo minucioso en materia de lengua, mediante una ofensiva excluyente contra el castellano que comprende su destierro de las televisiones autonómicas, su persecución a través de denuncias y multas por rotular negocios, su exclusión paulatina del sistema educativo y eche usté. La lógica “particularista” de las élites regionales ha aprovechado la opresión franquista para capitalizarla como “debe” lingüístico del castellano y reclamarlo ahora con intereses al Estado. El idioma común se identifica con el centralismo y frente a la legítima lengua vernácula se considera un intruso, algo que hablan los carcamales que no saben manejarse en ninguna otra lengua regional. Si no fuera porque ha invadido espacios ajenos gracias a las prebendas históricas que le otorgaron la Corona de los Austrias, la de los Borbones y más recientemente el régimen franquista, hoy no sería una lengua universal y multicontinental que hablan más de cuatrocientos millones de personas, sino solo otra lengua regional más. El pobre castellano aparece como una lengua de imposición que ahora tiene que compensar esos “debes”, tiene que purgar esa culpa plegándose a las demandas de corrección política (BOE» núm. 54, de 4 de marzo de 1998, páginas 7392 a 7392) que emanan de los poderes periféricos, primero dando un paso atrás y dejando que las lenguas regionales le tomen ventaja en el sistema educativo, en los estamentos oficiales y en la vida pública en general, sin rechistar, y luego desapareciendo totalmente del panorama para dar paso al mundo utópico de la independencia, ya sea haciéndose el hara-kiri motu proprio o a través de un suicidio asistido por nuevas medidas excluyentes, que para eso las ideicas no faltan.

El castellano pide perdón por existir

Además de la cesión de espacios educativos, comunicativos y políticos, lo cual puede ser legítimo en la medida en que se cumpla la constitución de 1978, que garantiza el derecho a usarlo y el deber de conocerlo en todas las regiones, el castellano ya ha descontado algunas letras de ese futuro de distopia fangosa. Y lo ha hecho aceptando en el lenguaje hablado el cambiazo de voces propias por términos provenientes de las lenguas regionales que, como no vienen acompañados de un estudio serio, ni de un interés sincero y solo se dicen para mendigar aceptación, hacerse perdonar la vida o aparentar progresismo, se suelen pronunciar de muy mala manera. Así en vez de anunciar que: ”el presidente de la Generalidad ha hablado en el parlamento”, es mucho más probable que el locutor de un telediario nacional haga un amasijo hablado del tipo: “el presidén de la yeneralitá ha hablado en el parlamén”. Algunas de esas voces propias, especialmente los nombres de lugares geográficos, ya se han convertido en palabras tabú: “Lérida” casi ha desaparecido del habla diaria del español hespérico para verse suplantada por algo que suena como “Yeyda”. “Gerona”, incluso en los bares de La Mancha a la hora de la gorda de cerveza de después de la faena en la huerta, ahora es “Chirona” (¡que según el diccionario de la RAE es la forma coloquial de referirse a la cárcel!). “Fuenterrabía” fue clara víctima de una revisión neolinguística de tipo orwelliano y ahora ya es solo “Hondarribia”. Pero curiosamente la gran jaimitada de los tiempos del tabú de la corrección política no está en Cataluña ni en el País Vasco, sino en Madrid, donde gracias a la Ley 2/1998 el Estado acepta que “La Coruña” se llame oficialmente “A Coruña” y claro, se anuncie así en los carteles de la autovía A-6, de la M-50 y de la M-40. Es cierto que todavía no es delito decir “Lérida”, “Gerona”, “Fuentarrabía” o “La Coruña”, pero incluso si lo dices en la intimidad, deberás pedir disculpas inmediatamente, a no ser que tengas la poca vergüenza necesaria para soportar los ceños fruncidos, las muecas de disgusto y las miradas reprobatorias de amigos y parientes. Lo que no está tan claro es si lo puedes poner en un examen de lengua de bachillerato sin que el maestro te baje un punto por falta grave de ortografía. Pero tiempo al tiempo.

Aversión al plural masculino extendido o genérico

Aun así, el rasgo de corrección política más descacharrante de los últimos tiempos del español es el rechazo o aversión  al plural masculino extendido o genérico, típico de nuestro pobre idioma, supongo que desde la noche de sus tiempos, allá por algún monasterio riojano del siglo XI. Para comprender el origen de este síndrome hay que tener en cuenta varios factores, no todos ellos igual de importantes. Ya hemos mencionado la corrección política y las presiones particularistas. En siguiente lugar, ocurre que el español, dada su raíz latina, arrastra un problema evolutivo de vacilación respecto a la flexibilidad del género de ciertas voces. Una reina siempre fue una reina, y una aldeana lo mismo, pues estuvieron en el léxico desde el arranque, pero no así una ingeniera, que entonces no había, ni una médica, ni una ¿guardia civila? ¿o civilera, como llamaban en algunos pueblos a las mujeres de los guardias civiles?. Continuando con la lista de factores, resulta que la falta de recorrido y de variedad profesional a la que la mujer se ha visto condenada por la tradición, hizo que el habla española, que recurre a la declinación de género mucho más, por ejemplo, que la inglesa, descuidara la construcción de las versiones femeninas de muchos términos. El idioma también duda en masculino, y también está falto de recorrido cuando nos hace preguntarnos si, al igual que decimos un “modisto”, no deberíamos decir un “guardio”, o un “periodisto”, o un “dentisto”. Sea, en fin, por historia, por costumbre o por patriarcalismo recalcitrante, que no digo yo que no tenga su parte de culpa, y considerando el principio de economía, que rige en el habla como en los otros campos de la vida, el caso es que el español se acogió al plural masculino como forma genérica para designar a un conjunto de personas o entes de ambos géneros, aunque siempre se han mantenido las excepciones de cortesía en las ocasiones singulares: “señoras y señores”, “damas y caballeros”. Con este esquema, pasaron los siglos y pareció que nos entendíamos bien y que todos sabíamos cual era el significado de: “los españoles” o “los vascos”. Al revés, si uno se quería referir solo a los hombres y el contexto no lo aclaraba ya, uno tenía buen cuidado de puntualizar: “los hombres españoles…”, o quizás se recurría a la versión genérica pero singular, que también existe, como la copla que dice: “la española cuando besa, es que besa de verdad…”, o al chascarrillo modificado que le oí una vez, creo, a Joaquín Leguina: “el español es un señor bajito y calvo que se pasa la vida aprendiendo inglés”, en vez del original, que era “…que está siempre cabreado”. ¡Al loro! Aunque el número es singular, no se habla de una española o de un español en particular, sino de todos.

Rédito político de las economías del lenguaje

El encaje de esa manera economizada de referirse al plural genérico a través de la forma masculina, dentro del marco de la corrección política y de la liberación de la mujer de sus roles tradicionales, potenciado por el auge del feminismo militante y todo ello rodeado por el ambiente de decadencia y desprestigio que sufre el español peninsular, ya sea para hacerse perdonar la vida, ya sea por las exigencias de pleitesía lingüística de los “particularismos”, deja abierta una nueva vía de ataque en términos de inadecuación de un viejo lenguaje de corte patriarcal a los nuevos tiempos que demandan la potenciación y la visibilización, en forma de discriminación positiva, si fuera necesario, de lo femenino. Y esta potencial inadecuación no ha pasado desapercibida para el olfato de algunos personajes públicos que, con gran instinto electoral, y desprovistos de otras propuestas útiles, supieron ver el rédito asociado a la explotación emocional de estas economías lingüísticas. El aprovechamiento consiste en la atribución de este rasgo del idioma a lo que pasaba antes de la eclosión de los movimientos de liberación de la mujer, o sea, a lo viejo, a lo casposo, a lo carca. Simplemente con denigrar este aspecto de la lengua, por ejemplo negándole el pan, es decir, negándole el uso o sustituyéndolo por otra cosa, cuanto más ridícula mejor, ya se pueden marcar distancias políticas respecto a personajes públicos de épocas pasadas, como el mismo Franco, que en sus discursos televisados se hartaba de dirigirse a la audiencia con: “españoles esto”, “españoles, lo otro”, o con Arias Navarro, que cuando finó el citado salió por la tele con cara de multa de aparcamiento, y dijo aquello de: “Españoles:(te paece qué, se le leía en la cara)…Franco (te paece qué, ídem)…ha muerto”, o con Pepe Isbert, excelso alcalde de ficción que en Bienvenido Mister Marshall arengaba al pueblo diciendo: “vecinos de Villar del Río”. Por magia simpática, esa distancia política e ideológica se marca también respecto a los hablantes actuales que se mantienen, erre que erre, en la versión canónica del plural masculino genérico, que quedan contagiados así, sin comerlo ni beberlo, de franquismo recalcitrante o de algo peor.

Infografía: síndrome de aversión al plural masculino extendido
Las influencias del síndrome de aversión al plural masculino extendido o genérico y su inquietante futuro

Los vascos, sin las vascas

La especie política que ha asumido el papel de defensor de la dama afrentada por esta supuesta agresividad del lenguaje castellano ya es bien visible en el animalario patrio y las razones comentadas antes explican por qué se suele dar con más frecuencia, aunque no exclusivamente, claro, en el personaje público de perfil progresista, siempre obligado a aparentar que va un paso por delante de la historia, siempre dando ahora el parte del tiempo para marzo del siglo que viene y siempre haciendo la crónica de la faena antes siquiera de verle los pitones al morlaco. Los ex presidentes Juan José Ibarreche y ZP, por ejemplo, bien conscientes de la importancia del factor emocional en la optimización del efecto demagógico, solían incluso añadir estudiadas pausas dramáticas: “las andaluzas…” decía ZP, y después de unas décimas de segundo de suspense cejitorvo añadía: “…y los andaluces”. Ibarreche usaba la misma fórmula con paradiña, pero como buen particularista de lo suyo nadie le oyó jamás hablar de andaluces ni de españoles, claro, que tres pimientos le importarían, sino solo de: “los vascos… y las vascas”. Ibarreche y ZP parecían sugerir que, en contra de lo que dicen varios siglos de historia y literatura en español y en contra de un título de graduado escolar aprobado con esfuerzo: “los vascos”, quería decir: “los vascos sin las vascas” y que el oyente les debía agradecer la aclaración y concluir: “Ah, bueno, las vascas también. Menos mal, hermoso, pensé que era cosa solo de los vascos”. ¡Y vaya si funciona la magia simpática! El simple miedo a ser víctima de un proceso de identificación subconsciente con el pasado franquista hace que incluso personajes que no están obligados a ir de “progres” por la vida, como el propio rey, se cuiden mucho de usar el genérico “españoles” y recurran a fórmulas perifrásticas menos agresivas, como “el conjunto de los españoles”. Podemos concluir entonces que el desdoblamiento de género en plural, aparte de pleonástico de narices, no busca dar visibilidad a la mujer, sino que tiene intención claramente demagógica y artificiosa. Un político que ante una audiencia variada espeta un teatralizado: “Buenos días a todas… y a todos”, no está luchando contra el sexismo, ni dando visibilidad a ninguna mujer, sino haciendo publicidad subliminal de su supuesto progresismo y anti franquismo, mientras de paso, humilla un poco más a la lengua común, obligándola a sonar ridícula, pueril y cursi con unas redundancias que son justo lo contrario de lo que demanda su genio: “… para todoz y todaz”. Habría que aclarar también que la expresión: “Buenos días a todas… y a todos” es un pleonasmo duplicado, pues incluso el “a todos” ya es en cierta manera una redundancia en contra de la economía lingüística, a no ser que consideremos el caso de aquel paisano que entraba en el bar del pueblo haciendo un ademán de separación de la barra en dos y decía, dirigiéndose a la mitad que ocupaban los de su equipo de furgol: “Buenos días de aquí pallá”.

Síndrome de aversión al plural masculino extendido o genérico

Por todas estas razones, no es exagerado hablar hoy de la existencia de un síndrome de aversión al plural masculino extendido o genérico (SAPMEOG) que parece propagarse por contagio y cebarse en el progresismo, aunque insisto, no exclusivamente, pero que en realidad es un gesto demagógico perfectamente estudiado y perpetrado con la intención de manipular las emociones de la audiencia para aparecer como un paladín de la igualdad de la mujer y como persona moderna y sin caspa en las hombreras, aunque se tenga menos pelo que Míster Proper. Por eso los discursos de líderes sindicalistas, secretarios generales de la cosa, presidentes del asunto y diputados y senadores de la zona, están llenos de “los trabajadores y las trabajadoras”, “los compañeros y las compañeras”, “los diputados y las diputadas”, “los vecinos y las vecinas”, “buenos días a todos y a todas”, y en se plan, como diría el gran Umbral, D.E.P. La Junta de Andalucía, ya ha intuido lo que le conviene a su “particularismo” y ha empezado a mover peones para imponer el así llamado plural de género duplicado o desdoblado (para todoz y para todaz) en el sistema educativo andaluz, o sea, para adoctrinar a los niños. Para más recochineo, aparte la intención demagógica y el pisoteo al genio del idioma, hay que soportar la declamación con retintín de rapsoda sordo y la cadencia de disco rayado en expresiones que suenan más falsas que el collar del buhonero: “todolotrabahadre-hi-latrabajadorah”.

Todo esto, al fin y a la postre, ha sembrado un nuevo motivo de discordia entre unos españoles (todos, ojo, no solo vascos y catalanes) ya de por sí muy amigos de lo “particular”, en sentido orteguiano, o sea mucho más dados a fijarnos en nuestros hechos diferenciales pasados que en nuestro posible futuro común, y ya ha provocado incluso alguna que otra trifulca dialéctica entre nuestros académicos. Pero la lista de problemas creados por el SAPMEOG no se acaba en España. Los estudiantes extranjeros de español en las aulas del Instituto Cervantes andan perdidos cual borrico en aeropuerto y piden ya con verdadera ansiedad en foros de debate, “tuiteres” y “feisbukes”, que alguien les aclare de una santa vez cuál es la forma correcta de referirse a todos los españoles. El resultado es un clamor chirriante en la “hispanofonía”, desde Albacete a Kansas City, un clamor que se oye en bares, facultades, salas de espera y misas de las fiestas patronales, un clamor que necesita una respuesta sin demora. ¿Cuál es la causa del síndrome de aversión al plural masculino extendido o genérico (SAPMEOG) y por qué se ensaña principalmente con los políticos progresistas? ¿Se puede decir “los españoles y las españolas”? ¿Es menos sexista y contribuye a dar visibilidad a la mujer? O por el contrario, y como dicen algunos puristas, se trata de un tic vergonzante y manipulador de la corrección política en el habla, además de un pleonasmo de libro y de una cursilada como la chepa de un dromedario. ¿O es todo esto a la vez? Espero, queridos lectores de Área Subliminal, que este artículo haya aclarado sus dudas. Y si no, lean el libro de las buenas maneras del ABC, que entre vinos y solomillos seguro que algo dice del tema. ¡Ea, hermosos!

Comments

So empty here ... leave a comment!

Deja tu comentario aquí:

Sidebar



A %d blogueros les gusta esto: