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¿Quiénes somos realmente?

¿Nos dice la razón quienes somos realmente?

Hay determinados momentos en la vida en los que sentimos una crisis de identidad y aunque suene extraño nos cuesta reconocernos en nosotros mismos. Nos preguntamos ¿ quiénes somos realmente ? Nos damos respuestas que nos dejan insatisfechos: nuestro nombre, nuestra filiación, nuestro oficio o estudios, nuestra religión. Para obtener una respuesta más profunda necesitamos conectar con el nivel espiritual, y esta es una palabra peligrosa de la que la mente racional tiende a desconfiar.

Las creencias religiosas marcan las diferencias en la forma en la que nos aproximamos a la espiritualidad. El creyente, cuanto más honda es su fe, con más convicción piensa que la espiritualidad le pertenece en exclusiva. El ateo tiende a ignorarla y a despreciarla casi como una debilidad de la mente. Pero la espiritualidad no es patrimonio sólo de los místicos o de los iluminados. Y los que la rechazan sin más, empobrecen su vida con una visión mecanicista, aunque aduzcan equivocadamente que hacen lo que les dicta la razón.

La espiritualidad no se ajusta a definiciones ni dogmas, a ceremoniales ni horarios. Todo el que la busque la encontrará tarde o temprano de una forma personal e intransferible. A otros que no la buscan los alcanzará ella, siempre que no la rechacen.

El hombre mira al paisaje infinito y se pregunta: ¿Quién soy yo realmente?

La búsqueda de la felicidad

En la espiritualidad están las claves para una felicidad que no consiste en tener más, ni en triunfar, ni ser distinto o mejor que otros, ni en pasarlo bien todo el rato, ni en evitar el sufrimiento a toda costa. Allí están las claves para aceptar la vida como es y para disfrutarla dedicándote a lo que te gusta y te entusiasma. Cuando estás haciendo algo que te apasiona, el tiempo deja de existir y tu dejas de preguntarte desesperadamente por tu identidad. Estás bien. Todo está bien. Todo encaja.

La razón es nuestra guía para seguir alumbrando el camino del progreso. Pero la razón no excluye la espiritualidad. porque ella es de todos y en ella todos somos uno, salvo que nos fundamentalicemos en las mamarrachadas de nuestros libros sagrados.

¿Quiénes somos realmente?

Tendemos a dar una respuesta convencional a esta imponente pregunta, sin caer en la cuenta de que nos podemos pasar la vida sin apercibirnos de la verdad. Somos nuestro nombre y apellidos, los hijos de nuestros padres y nietos de nuestros abuelos. Somos escritores, pescadores, ingenieros, bailarines, agricultores, inversores. Somos personas de éxito, somos unos fracasados, somos altos, bajos, feos, guapos, de izquierdas, de derechas…

Y parece que realmente con esto vamos tirando, sin darnos cuenta de todo lo que nos perdemos. Es posible que si hacemos un intento serio de hallar quienes somos realmente, lo primero que tengamos que hacer sea quitar todas estas capas de definiciones con las que nos hemos ido cubriendo en la vida ya atisbar lo que está debajo.

Cualquier pensamiento que tengamos sobre nosotros no es lo que realmente somos, es simplemente un pensamiento y la verdad de lo que somos es la fuente de estos pensamientos…Confundimos ser e identidad. La identidad no para de emitir ruido en nuestras cabezas intentando redefinir constantemente quienes somos, qué nos gusta y qué nos deja de gustar, cómo reaccionamos. Se forma así la imagen propia o lo que concebimos como nuestra personalidad, a la que luego nos agarramos para definirnos y, por desgracia muchas veces, para limitarnos. Nos entra un miedo terrible y pensamos que si abandonamos estas creencias propias nos vamos a diluir y a quedar en nada. Esta descripción constante de nosotros mismos nos acompaña toda la vida, pero no debemos permitirle que nos oculte a nuestro ser, algo que se encuentra a un  nivel mucho más básico y que no emite ningún ruido.

Esa inmensidad que somos es lo que nos conecta a todo en el universo. Cualquier cosas a la que mires a tu alrededor, o en la lejanía de una noche estrellada, estuvo una vez cerca de la materia que ahora es asiento de tu conciencia. Es sólo una cuestión de tiempo decidir a qué te sientes más cercano. Empieza por los seres vivos. Te sientes muy diferente de ese gato que pasa por el tejado de enfrente, pero no hace más que unos millones de años que tuvisteis un antepasado común. Reptiles, insectos, árboles y toda la materia viva procede de una misma fuente que a todos nos conecta.

Pero los átomos que forman la estructura de tu cuerpo no siempre estuvieron en ti. Partiendo del momento de la fecundación, fuiste creciendo en el vientre de tu madre com átomos de los alimentos que habían crecido a tu alrededor o quizás muy lejos, qué más da. Todos provienen de las estrellas. No había carbono, ni oxígeno, ni hierro en el universo primigenio. Todo el material del que estamos hechos se formó en los hornos de las primeras estrellas, donde de forma paciente se fue apretujando el hidrógeno y el helio hasta generar el calor necesario para crear la luz y los elementos de la vida.

Pero no solo estamos conectados con todo lo que existe en el espacio, sino que compartimos con todo la presencia en el tiempo a lo largo de la eternidad. Nuestros átomos de carbono y oxígeno no fueron creados a propósito para acogernos, son transformados de otros átomos que ya existían, y seguirán existiendo, si no como materia, sí como energía.

Nuestra vida se extinguirá algún día, como lo hará toda la vida en la Tierra, como lo hará, parece, toda la vida en el universo. Somos una puerta por la que la conciencia entra en el mundo y cuando desaparezcamos nuestra conciencia pierde su forma y se vuelve a diluir en la nube de la que salió, vuelve a lo que era, sin ser ni más ni menos, sin almas en pena, ni penas para el alma, sin ser buena ni mala, simplemente siendo.

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