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Publicidad y realidad ocupada

Publicidad: guerra total contra la psique humana

La publicidad permea la cultura occidental actual de tal manera, que bien se puede decir que nuestra realidad del siglo XXI se encuentra invadida y ocupada por ella, y que cada vez es más difícil encontrar reductos libres de la infección del virus del “cómprelo”. Vivimos obligados a escuchar y a contemplar sus mensajes a cada momento, ya sea en los medios de masas, ya sea en la cartelería urbana, ya en los logos corporativos. Pasamos la mayor parte del día digiriendo sugerencias de compra conscientes y, sobre todo inconscientes. Este es el volumen del espacio ocupado por la publicidad de nuestra época: la dimensión completa del espacio-tiempo. Además del recurso constante a las técnicas manipuladoras de tipo subliminal, los publicistas buscan afanosamente la renovación de contenidos-basura en los consejos científicos de la psicología conductista, en las matemáticas de las encuestas y en la estadística de los grandes números, en definitiva, en los entresijos del pensamiento grupal según el cual, cada uno hace lo que la masa hace. Los mensajes de compra son cada vez más retorcidos y ridículos y las cosas han llegado a un estado que se puede catalogar como una guerra total e invisible contra la psique humana. Si nunca se te había ocurrido asociar la conducción de un coche con la libertad o el turrón con la nostalgia, ahora ya lo haces porque los publicistas te han aleccionado sin tu permiso. El individuo perdió esta batalla hace ya tiempo y normalmente toma esta situación como un dato inevitable de la realidad, pero incluso si se planteara intentar cambiarlo, se daría cuenta de que no tiene más remedio que resignarse a vivir el resto de sus días en territorio ocupado. El publicista es el verdadero mago de nuestros días, y como buen mago ha sabido desviar la atención para asociar su trabajo, no con la manipulación mental del consumidor, que es lo que hacen, sino con la creatividad, lo que les permite catalogar como ataque a la libertad de expresión cualquier intento de censurar la última ocurrencia publicitaria.

La publicidad ocupa la dimensión completa de la realidad
La publicidad pretende ocupar la dimensión completa de la realidad. Publicidad en la calle, por Sharonang en Pixabay

Insatisfacción y carencias

En medio de esta realidad tomada, en la que ya se nos dice incluso lo que tenemos que pensar (nunca cómo tenemos que pensar, sino directamente lo que tenemos que pensar), al individuo escéptico que quiere mantener un mínimo de pensamiento propio no le queda más remedio que alfabetizarse sobre las técnicas publicitarias de manipulación. Y resignarse a que lo llamen conspiranoico, chalado y tonto, claro. El objetivo del publicista siempre es que el anuncio active el resorte del consumo, que excite el estímulo de la compra como solución a una necesidad no resuelta que él mismo ha sembrado. El sustrato ideal para que ese estímulo fructifique es la insatisfacción. Por eso toda la publicidad se ha de cimentar siempre en la creación de una insatisfacción en el público: no tienes esto, o no tienes bastante, o no tienes el último modelo, no eres lo suficientemente guapo, rico,… Sobre esta base de insatisfacción generalizada pueden germinar mejor las técnicas de estimulación, que con su variado aspecto convergen fundamentalmente a una: sembrar el miedo por el método de hacernos sentir una amenaza, o sea, activar el instinto de conservación. A lo mejor no lo habías notado, pero te falta sexo. Si uno quiere ir a lo seguro debe despertar los instintos de conservación de la especie, puesto que son mecanismos automáticos arraigados en el nivel del cerebro reptiliano, sobre los que la consciencia no tiene ningún control. Se trata de los instintos de reproducción y supervivencia, que en última instancia son dos variantes del mismo instinto de conservación, solo que el primero es de la especie y el segundo del individuo. Activar el instinto de conservación de la especie es tremendamente fácil en el caso del homo sapiens sapiens, pues el celo es continuo, y especialmente en el caso del macho, la componente visual basta para despertar el instinto por lo que cualquier hembra ligera de ropa y pícara de actitud será un reclamo efectivo. De ahí que la erotización y la cosificación de la mujer con motivos publicitarios hayan alcanzado las estratosféricas cotas que tienen hoy en Occidente.

Infografía sobre publicidad y consumismo
La publicidad fomenta una relación consumista con la naturaleza

Te falta seguridad (estatus). ¿O es que no te habías dado cuenta? Por eso necesitas un coche más grande, un ordenador con más RAM, un móvil nuevo cada cinco meses, una alarma doméstica, un seguro multirriesgo. El publicista sabe que si consigue asustarte ya te ha ganado media venta. O quizás intente despertar en ti el instinto de supervivencia competitiva: sí, vale, ya tienes uno, pero tu vecino tiene uno más grande, es decir, en caso de apocalipsis zombie está mejor pertrechado que tú para la lucha por la supervivencia, o en caso de que aparezca una hembra receptiva lo preferirá a él antes que a ti. Seamos sinceros: estas cosas nunca se van a decir de forma explícita, pero están en el fondo de todos los anuncios. ¿Por qué? Porque funcionan.

Publicidad y realidad ocupada: cambiazos, timos y toco-mochos

Te falta libertad, espiritualidad, amistad, belleza, amor, felicidad… Aunque la publicidad subliminal está prohibida por ley, estos bienes intangibles e impagables se ofrecen todo el rato al inconsciente, como bienes alcanzables a través del consumo del producto anunciado. No te sorprendas de ver a una chica que junta sus manos como si estuviera rezando. La expresión de la muchacha es profundamente mística, pero lo que el publicista está intentando venderte es una pomada para el estreñimiento, o quizás un jabón de manos, o peor aún unas galletas de avena. ¿Y todo esto para qué? ¿Qué hemos ganado llevando al individuo al modo conservación de la especie, o implantando una falsa asociación de ideas en su cerebro? Pues hemos creado un estado mental de necesidad vital insatisfecha que no está controlado por la parte consciente. Y dado que el inconsciente trabaja sin asociaciones temporales concretas, o sea, asume las ideas de forma atemporal, como si estuvieran ahí desde siempre y fueran parte de tu idiosincrasia para siempre, esa necesidad hay que satisfacerla. Y entonces el publicista invoca el gran truco final de su actuación mágica. En vez de ofrecernos la satisfacción real de esa necesidad de tipo sexual o en vez de darnos de verdad esa libertad que nos ha sugerido por asociación de ideas, nos ofrece el gran engaño del bien sustitutivo de carácter bastardo, el toco-mocho, la estampita: el consumo del producto anunciado es el que nos va a traer la satisfacción sexual, la libertad, la seguridad, la belleza y todo eso con lo que estábamos insatisfechos. La publicidad es mentira, bella y adornada mentira, o como algunos lectores de Mortadelo y Filemón estarán pensando, la publicidad es, en realidad, un tremendo “cambiazo” conceptual.

Composición figurada con paisaje lunar, burro y ruinas
El mercado es escaso, pero con la publicidad apropiada, seguro que este burro compraría algo adecuado a su poder adquisitivo

En definitiva: vivimos en un territorio que se llama realidad y que está invadido por los mensajes publicitarios de tipo manipulador que buscan siempre sembrar la insatisfacción y aprovechar la debilidad racional de los instintos de conservación de la especie para despertar el estímulo irracional de compra y sugerirlo como solución bastarda a esa insatisfacción. El publicista siembra insatisfacción para cosechar compras. Urge que el ciudadano se alfabetice en publicidad y aprenda a educar sus instintos de compra para limitarse a adquirir solo aquello que necesite. Esto podría quedarse en mera anécdota si no fuera porque el modelo de relación del hombre con la naturaleza ha cambiado, y ha pasado desde una relación extensiva e individual orientada a la satisfacción de las necesidades reales hasta una relación intensiva y corporativa, orientada a la saturación de necesidades bastardas y al hartazgo de deseos previamente excitados a través de la publicidad. Nuestra sociedad híper consumista está creando una presión sin precedentes sobre los recursos naturales limitados del pobre planeta Tierra y ni las corporaciones, ni la industria publicitaria que les sirve como lengua de serpiente, van a hacer esa reflexión por sí solas. Creo que, si por ellas fuera, seguiríamos abriendo nuevos mercados para cosas más y más superfluas hasta el mismo momento en que, como decía, más o menos, aquel jefe indio americano en su carta al jefe blanco de Washington: “…cuando el último río se haya envenenado, y el último pez se haya muerto, el ser humano se dará cuenta de que el dinero no es comestible”.

Comments

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  • Buen artículo. Y esta no estará siendo la manera en que nos venden guerras, gobiernos mal habidos y muchas otras cosas?

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