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Nicolás Copérnico: del geocentrismo al heliocentrismo

¿Platón, Aristóteles, los dos, o ninguno?

Todas las elucubraciones de la época inicial de las universidades (años 1200 al 1500) seguían enredadas en la dicotomía Platón-Aristóteles y los tejemanejes intelectuales para hacer casar el Génesis con el Timeo, el Pentateuco con la filosofía natural, y para poder, en definitiva, colocar a Dios en el comienzo de todo, procurando no molestar entre tanto a los autoridades eclesiásticas, ebrias de poder desde la época de la falsificación de la Donación de Constantino, de reacción abrupta, bula cara y excomunión pronta. Pero fuera como fuera, mandara el de Atenas o el de Estagira, existía en esa época un consenso general entre la gente instruida en aceptar la visión medieval del mundo, legada por el astrónomo alejandrino Claudio Ptolomeo y expresada en su libro El Almagesto (que llegó a Occidente traducido del griego al árabe en lugares como Damasco y Bagdad y luego del árabe al latín en la escuela de traductores de Toledo), y que ya hemos resumido varias veces aquí: la Tierra en el centro, el sol y la Luna girando alrededor, los planetas también pero montados sobre epiciclos, la esfera exterior de las estrellas fijas…etc. Solo cuando se considera que este estado de cosas era una verdad unánimemente aceptada y sólidamente cimentada en los mismos pilares que la eterna y universal Iglesia, se comprende la casi imposibilidad de que a principios del siglo XVI se pudiera producir un cambio de ideas respecto a este asunto. No obstante, ya un siglo antes, Nicolás de Cusa había criticado el geocentrismo y había introducido sus concepciones cosmológicas sobre un universo infinito en el que la Tierra no ocupaba el centro. Y sin embargo las elucubraciones del cusano no tuvieron demasiada repercusión y quedaron durante una centuria en el armario de la oscuridad de la historia. Pero el 19 de febrero de 1473, en una zona lo que entonces se conocía como Prusia, y cuya adscripción hoy se disputan Polonia y Alemania, nació un niño al que también bautizaron como Nicolás: Nicolás Copérnico.

Composición figurada que muestra a Copérnico en su estudio pero en una época actual
El estudio de Copérnico tiene vistas al sistema solar

Tras una infancia y una adolescencia de educación exquisita que germinó bien sobre su gran talento natural, Nicolás Copérnico se convirtió en un auténtico sabio de corte renacentista que llegó a dominar las matemáticas, la astronomía, la medicina, el derecho, la teología… y el griego clásico, lo suficiente como para traducir los escritos del teólogo bizantino Teofilacto. Salvo Nicolás de Cusa, nadie desde el viejo Aristarco de Samos había osado levantar la voz para criticar el geocentrismo, y no sólo por miedo a la nomenklatura religiosa, sino porque simplemente nadie había considerado en serio que el heliocentrismo pudiera ser una explicación alternativa al bello y, mientras no se mirase mucho al tema de los epiciclos, sensato modelo ptolemaico. Lo que el sentido común decía, lo que los ojos observaban, lo que el orden natural emanaba, era el geocentrismo, y ahí es donde radica el verdadero aporte de Copérnico. El genial y polifacético prusiano conservó durante toda su vida esa anchura de miras, esa capacidad de fascinación, esa curiosidad infantil que lo motivó a leer en griego original la obra de algunos pitagóricos de la antigüedad que, como Aristarco, sostenían posturas heliocentristas. A partir de estas lecturas y del estudio de los datos de observaciones astronómicas que caían en sus manos, Copérnico fue hilando pacientemente durante más de 25 años su propia explicación alternativa al geocentrismo.

La influencia de la Academia de Florencia

Pero hemos hablado de pitagorismo y por tanto estamos conectando otra vez con las teorías de base dualista y mágica que se sintetizaron en el neoplatonismo. ¿Es posible que fuera su convicción neoplatónica la que llevara a Copérnico a recuperar esa idea de poner al “padre sol” en el centro? Quizás. Pese al triunfo de las tesis Tomistas, el neoplatonismo no había muerto del todo. Florencia, con el patrocinio de Cósimo de Medici, se convirtió en un gran centro de difusión de estas ideas con su nueva Academia, refundada a imagen de la de Atenas, nutrida con profesores Griegos ya desde antes de la caída de Constantinopla (Manuel Crisolaras, Gemisto Pletón, Juan Argiropoulos) y enriquecida con los trabajos de algunos de sus brillantes alumnos como Marsilio Ficino (que tradujo el Corpus Herméticum) y Pico della Mirandola. El Renacimiento fue un movimiento con muchas derivaciones, pero en su raíz siempre estuvo la idea de recuperar la filosofía y la cultura clásica, cuyo cenit era el sincretismo neoplatónico que pervivió en el mundo de influencia grecorromana desde los años gloriosos de Augusto hasta los birriosos de Rómulo Augústulo, pasando por la señalada época de los emperadores antoninos.

Infografía: del geocentrismo al heliocentrismo

Los largos años de tránsito en solitario por camino ignoto facilitaron el análisis reposado y convencieron a Copérnico de que el heliocentrismo, no era sólamente una rareza más de los pitagóricos, sino un modelo del cosmos totalmente válido y más simple que el ptolemaico, además de ser más coherente con las observaciones y teóricamente más sólido. El heliocentrismo eliminaba la artificiosa necesidad de los epiciclos y era a todas luces más preciso en el cálculo de las efemérides planetarias. Convencido así de la corrección de su hallazgo, Nicolás Copérnico, probablemente el hombre intelectualmente mejor preparado de su época, no tuvo dificultad para darle estructura de teoría científica y, si acaso, se refrenó a la hora de publicarla, no sabemos si por miedo a las reacciones del poder religioso o porque, como dicen algunos, en el fondo era un auténtico pitagórico y gustaba de los secretos. Según la leyenda, el destino quiso que la muerte lo llamara el mismo día que un ejemplar de su obra “De revolutionibus orbium coelestium” salía por primera vez de la imprenta aquel año 1543.

Nicolas Copernico del geocentrismo al heliocentrismo from Eloy Caballero García

Ptolemaico, copernicano y tyconiano

Nunca está de más, aunque sólo sea a modo de curiosidad, mencionar que hasta la llegada de las evidencias contempladas por Galileo con su telescopio, allá por 1609, existía también en aquella época una tercera explicación del universo, una explicación alternativa a las de Ptolomeo y Copérnico. Se trataba de la imaginativa propuesta del astrónomo danés Tycho Brahe, que mezclaba un geocentrismo de alto nivel con un heliocentrismo de bajo nivel (la Tierra en el centro y el sol a su alrededor, pero los planetas alrededor del sol) y a la que el sabio sin nariz, Tyco, se adhirió mientras tuvo un hálito de vida. El siglo XVI terminaba así con estos tres sistemas del mundo puestos sobre la mesa, pero ni que decir tiene que tanto el sistema heliocéntrico, respaldado abiertamente solo por el malogrado Giordano Bruno, y el tyconiano al que aparte de su autor nadie demostraba demasiado apego, estaban en gran inferioridad de apoyos respecto al ptolemaico, que seguía contando con el respaldo de la ya por entonces nada despreciable variedad de nuevas sectas cristianas protestantes: luteranos, calvinistas, anglicanos, y de las viejas “sectas” de siempre: católicos, ortodoxos, coptos, nestorianos. Pero la aparente solidez del soporte geocéntrico estaba ya viéndose comprometida por algunos efectos subterráneos: primero, resulta que algunos matemáticos recalcitrantes parecían apoyar el geocentrismo en público, pero enseñaban el sistema de Copérnico en privado a sus alumnos más destacados. Ese fue el caso de Johannes Kepler, en Tubinga. Y ese fue el caso de un italiano de gran pericia ingenieril, formidable intuición matemática y apasionado por la experimentación, llamado Galileo Galilei, que estaba introduciendo mejoras en el catalejo, y preparándolo para la observación de los cuerpos celestes, anticipando así lo que iba a ser la gran revolución astronómica que iba a dar el golpe de gracia al geocentrismo para introducir al mundo en la modernidad científica. Según Ptolomeo, todo debía revolver alrededor del Sol, pero Galileo vio satélites girando en torno a Júpiter y a Saturno. Por encima de la esfera Lunar todos los cuerpos debían ser perfectos, pero Galileo vio montañas en la Luna y manchas en el Sol. Con un par de simples inspecciones visuales, realizadas, eso sí, con un instrumento que aumentaba considerablemente la capacidad normal de percepción, Galileo había puesto en evidencia que el cosmos antiguo necesitaba una revisión completa.

Comments

This post currently has 7 responses

  • Es toda una alegría para la ciencia moderna que el geocentrismo haya sido erradicado y solo quede en registros históricos y no aplicado; la teoría de la gravitación universal de I. Newton consolido el modelo heliocéntrico a manera de que se logra suponer que objetos de mayor masa poseen núcleo mas grande y mas fuerza de atracción racionalista.

    El heliocentrismo es evidente hoy en día gracias a observaciones de telescopios terrestres y espaciales que no solo muestran la vastedad del universo sino que nos localizamos en un brazo de la vía láctea.

  • No sé de dónde sale eso de que los pitagóricos eran heliocentristas. Simplemente, no es correcto y puede confundir al que quiera informarse bien.

    • En verdad que no es estrictamente correcto. Para ser más exactos, creo que fue el pitagoreano Filolao el que introdujo la idea de un fuego central alrededor del cual gira el universo, incluyendo también la Tierra, el sol y lo que ellos llamaban anti-tierra. Lo suyo hubiera sido decir, no que los pitagoreanos son heliocéntricos, pero sí que abandonan la idea de una Tierra central por la de un fuego central. A nivel conceptual, lo importante es el desplazamiento de la Tierra, pero tiene usted toda la razón.

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