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Lucy y el mito del 10%

Querida Lucy: ¿Es verdad que sólo usamos el 10% del cerebro?

La película Lucy, estrenada en el año 2014, es un thriller de ciencia-ficción que toma como base para construir su argumento la leyenda urbana de que los seres humanos solo usamos un porcentaje reducido, concretamente un 10%, así en cifra exacta, de nuestra capacidad cerebral total. Atribuido de forma incorrecta a Einstein y muy querido por todos los amigos del misterio, este mito ya ha sido explicado y refutado hasta la saciedad, pero continúa siendo una creencia popular que goza de mucha aceptación. Incluso los creativos del mundo de la publicidad no han dudado en darlo por bueno y tirar de él para anunciar algunos productos inteligentes, como un aparato de televisión por satélite o un disco duro.

En este caso ha sido el guionista y director, el francés Luc Besson, el que ha decidido echar mano de la ocurrencia para construir su exitoso producto cinematográfico Lucy, que durante el pasado año 2014 ha recaudado la friolera de 460 millones de dólares, más de diez veces el monto de la inversión inicial. Sin duda, buena parte del éxito arrollador se debe al tirón de sus dos actores principales: Morgan Freeman y, sobre todo Scarlett Johansson. Ambos están muy bien elegidos pues solo su solvencia y su profesionalidad hace soportable el visionado de la leve cinta. Pero incluso pese a las indudables dotes dramáticas de estos dos gigantes de la interpretación, el mito del 10% de uso de la capacidad cerebral sigue siendo solo eso: un mito.

Collage basado en ideas sobre la película Lucy, de Luc Besson

Lo curioso es que desde el punto de vista del argumento, el recurso al mito era completamente innecesario, pues el señor Besson podía simplemente habernos presentado una fantasía de ficción científica en la que alguien inventa una droga sintética que es capaz de multiplicar por diez la capacidad cerebral habitual de un ser humano y la película sería la misma. Pero desde el punto de vista comercial, el recurso al mito del 10% tiene la ventaja de conectar rápidamente con una creencia básica de la psicología popular, algo a lo que constantemente se hacen referencias en conversaciones de bar, algo que muchos toman, no por ocurrencia descocada, que es lo que es, sino por certeza científica del mismo nivel que las teorías de la gravedad de Newton, de los gérmenes de Pasteur, de la relatividad de Einstein o de la evolución de Darwin.

Scarlett Johansson lleva la pesada carga de hacer creíble ese aumento progresivo en la capacidad cerebral, provocado por la ingesta masiva e involuntaria de una nueva droga sintética. Para eso representa el papel de una joven occidental que vive en Taiwan y que tiene un novio poco recomendable y una compañera de piso algo zopenca. Morgan Freeman hace lo mismo con el papel del mayor experto mundial en neurología que, de congreso científico en La universidad de La Sorbona, malcome con el servicio de habitaciones y trasnocha para desinformarse con el canal internacional en su hotelucho del centro de París. A los dos les sobra estatura artística para dar la talla, pero el libreto solo permite el aprobado por los pelos, y en el caso de Scarlett Johansson llega al patetismo, cuando la vemos señalándose la entrepierna para tentar al matón que la mantiene cautiva, pegarle un tiro en la pierna a un taxista taiwanés porque “no habla su idioma” y ejecutar a un enfermo de cáncer porque, según ella, claro: “no tenía posibilidades de sobrevivir a la operación”.

Considerando la recaudación, hay que reconocer que el señor Besson ha acertado comercialmente con su planteamiento de mínimos y tampoco el esquema de la narrativa visual puede ser más simplista. La película pivota alrededor de Scarlett Johansson y cuando la cámara no se está recreando en su cara o sus gestos, lo hace en sus ademanes y en sus andares, que se muestran torpes cuando la vemos al principio, con su novio camello y traidor y seguros cuando acuchilla y dispara a dos manos mientras la cola de la bata del hospital ondea tras ella, casi como si fuera una pistolera del lejano oeste. El director ha decidido también incorporar definiciones visuales de conceptos que, supongo que él ha pensado que el público no iba a comprender bien. Así para explicar lo que significa “amenazante” nos pone imágenes documentales sobre volcanes en erupción y para ilustrar “seguro”, un plano picado del bosque amazónico. Francamente, a mí me parece que con esto se ha excedido, pues, como espectador, me sentí un poco como si fuera otra vez un parvulito: la eme con la a: ma.

La ciencia-ficción siempre es una oportunidad para hacer algo de divulgación científica, pero no es el caso de esta película plagada de tópicos. Los malos son orientales y por tanto redobladamente malvados; la violencia, los tiros y la sangre con tomate abundan; aparece la indispensable y virulenta persecución en coche, con odiosa entrada por una dirección prohibida; los científicos aparecen como gente insulsa que viste batas blancas y malgasta el tiempo cazando gamusinos en los laboratorios y la protagonista gana capacidad cerebral por segmentos porcentuales de diez en diez, de lo cual también se da cumplida nota visual al espectador, por si no se había enterado. ¿Qué prodigios cabe esperar de alguien que multiplique por diez su capacidad cerebral? ¿La interacción directa con el espectro electromagnético que nos rodea? ¿El control telepático del resto del personal? ¿La conexión y desconexión de la gravedad a voluntad? ¿La inmortalidad? ¿El conocimiento completo del universo? ¿Los viajes en el tiempo (con visita de dinosaurio incluida, que puede ser guiño a El árbol de la vida, de Terrence Malick)? ¿La unión con el Todo, que es lo que parece ser el destino de la protagonista? No lo sé. Me quedo con ese momento sublime de la cinta en el que Lucy está intentando explicarle lo que es el tiempo al buen neurólogo representado por Freeman, y le dice que “si no hubiera tiempo no existiría nada”. Y para justificarlo, cuando uno ya se está esperando que la muchacha cite a San Agustín o a Santo Tomás, dice que “cuando pasas a velocidad infinita la imagen de un coche sobre un fondo de árboles, esta desaparece”. Solo le faltó decir: “y chin-pun”.

Comments

This post currently has 2 responses

  • No he visto esta película, sólo con el trailer me di cuenta que el único atractivo es ver a Scarlett Johansson y Morgan Freeman.
    Has visto una peli que se llama “Sin límites” de Bradley Cooper, es entretenida. el argumento gira entorno a una droga que te hace ser más inteligente.
    Es solo una recomendación y a mi personalmente me gustó.
    Saludos

    • La vi hace tiempo y también me pareció buena. Recuerdo que una amiga del protagonista que también había tomado la droga, decía que había leído El universo elegante y lo había entendido todo. Gracias, Raúl.

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