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La prevalencia del mito del diablo

El infierno de Dante y los aquelarres

La concepción moderna del reino infernal se debe en gran parte a la obra “La divina comedia”, de Dante Aligheri, que reúne lo mejor de los inframundos paganos (averno, hades, tártaro, sheol…) y otorga al maligno un sitio digno de su enorme bajeza. Dante nos lega un infierno con niveles de acceso que ha inspirado muchos videojuegos modernos.

La consolidación de los engaños de la mitología diabólica al final de la edad media, sustentada en las confesiones dictadas por el terror a las torturas, dejó sembrada la semilla del diablo. El poder de la sugestión es enorme y la ignorancia siempre es un riesgo. El celo con el que algunos se tomaron estas trolas, trajo aquelarres donde se llegaron a hacer sacrificios de verdad.

La variedad de las sectas satánicas modernas

Algunos han hecho suyo el lema del gran factótum Aleister Crowley (1875-1947), “haz lo que te de la gana”, y viven el satanismo como una liberación de las restricciones de la moral tradicional. La propia peripecia vital de Crowley prueba que este lema es poco apropiado como norma moral para una comunidad con más de una persona, y quizás por eso sus seguidores lo suelen complementar con otras cosas que Crowley no dijo, cómo “mientras no hagas daño a nadie”, o “yo sigo el camino de mi corazón”, mezclando así conceptos budistas, hinduistas y de un mundo en el que el mito del diablo ha calado hondo, el de la contracultura: porno, drogas, rock. El heavy metal por ejemplo abusa hasta el hartazgo del infierno y del diablo en sus letras y en su parafernalia, y curiosamente en muchos casos lo hace de forma inadvertida para sus seguidores.

El diablo ha sido caracterizado en muchas películas

Otros se centran más en el aspecto del conocimiento y se ven a sí mismos como un paganismo ilustrado y “chachi”, frente al engaño de las grandes religiones abrahámicas. Los grupos masónicos, por ejemplo, rinden culto a un supuesto gran arquitecto, émulo del demiurgo platónico, al que los intelectuales cristianos identifican con Lucifer.

Luciferinos o no, y ceremoniales en mayor o menor grado, parece que estos grupos se centraron hace tiempo en la formación de congregaciones cerradas e invisibles, orientadas al control de los puestos claves de la estructura social a través de redes de captación y promoción muy eficaces.

Las sectas satánicas de corte criminal

Por último están los que se toman en serio el culto al diablo imaginario que salió de las hogueras medievales y viven su satanismo como una imagen especular y grotesca del cristianismo, adornada con rituales burlescos ¿Misa blanca con vino tinto? Misa negra con sangre de rana ¿Amor y misericordia? Perversidad y tortura ¿Castidad y contención? Lujuria y depravación.

Este panorama es campo abonado para mamarrachos y genera cultos desaforados y macabros, de cuya existencia nos percatamos cuando la policía los desarticula. Algunos dicen que estas asociaciones de malhechores por la sangre y los sacrificios no están gestionados precisamente por donnadies, sino que conectan con algunas de aquellas redes de influencia secretas y podrían ser responsables de la desaparición de personas. En fin, que aunque el diablo no exista, los morugos que controlan estos tinglados dan bastante miedo.

De la secta a la religión

Regular, malo o directamente criminal, el satanismo moderno nos da al menos un claro ejemplo del modelo organizativo de las sectas, estadio embrionario de toda religión. El grupo se reúne primero en torno al culto a la personalidad de un iluminado, y se convierte luego en polo de atracción de una nube de zánganos ambiciosos, que ocupan los puestos clericales intermedios donde se puede haraganear viviendo del cuento. A la trampa de esta red se atrae con zalamerías a infelices necesitados de atención a los que les será arrebatado todo: identidad, libertad, salud, y ahorros.

La asombrosa panoplia de embustes y rituales supuestamente mágicos que han desarrollado los cultos satánicos es otra prueba de la falacia intrínseca de todos los inventos religiosos del hombre, que a cambio de una patética tranquilidad espiritual, lastran el racionalismo y el progreso y sirven sobre todo al el individuo mezquino que vive del control clerical de las mentes ajenas.

Tres vistas clásicas del todo esto te daré si me adoras
Todo esto te daré si me adoras. No, no, y no.

Dualismo teológico Dios-Diablo

Pero hay que mantener la cabeza fría para al menos hacer una reflexión sobre un importante matiz teológico del satanismo típico. El creyente en Satán es necesariamente creyente en Dios. Ya explicamos en el artículo anterior de esta serie que el creyente en Dios necesita a Satán para endosarle el mal y dormir más tranquilo.

Y de igual manera los creyentes en Satán necesitan a Dios para poder tener algo de lo que burlarse. Buscarán iglesias consagradas para rendir culto con las cortinas echadas y las cruces boca abajo. Engatusarán a curas ordenados para que oficien vestidos de horteras y aparentarán ser los feligreses más píos y los miembros más respetables de su comunidad ¿Habéis leído el estremecedor relato de Nathaniel Hawthorne titulado “Young Goodman Brown”?

Esta confusa mezcla de intereses divino-diabólicos no es nueva. A quien tenga dudas al respecto, le recomiendo la lectura del comienzo del libro de Job, en el que se ve como ambos, Dios y Satán, coluden en divino diálogo para arruinarle la vida al pobre Job.

El diablo en el mundo de hoy y de mañana

El diablo es casi el único mito terrorífico vigente con el que aún muchos hombres y mujeres de una pieza se desasosiegan, y las imágenes de la niña de “El Exorcista”, insultando con voz cazallera al pobre padre Karras y vomitándole el potingue verde en el traje, conservan su fuerza intacta. Y todavía hoy, aunque sabemos de epilepsia, esquizofrenia, anticuerpos y ventriloquía, el Vaticano da credibilidad a estas patrañas y atiende casos de posesiones infernales con sus exorcistas de plantilla.

Con su sincrética retahíla de nombres míticos tomados de todas las tradiciones, Belcebú, Satanás, Lucifer, Leviatán, Mefistófeles, Belial, Mastema, Semyaz, la superchería del diablo es a los mayores lo que el coco a los niños; un genial artificio de control mental a través del miedo. Sus imágenes moldeadas por la tradición a lo largo de dos mil años se han cultivado y adaptado como un guante a nuestros terrores inconscientes, personales e íntimos. El diablo vino para quedarse.

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