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Juan de Patmos y el libro de la Revelación

¿Quién era Juan de Patmos?

El aplastamiento de la gran revuelta del año 66 d.C. y la destrucción del templo de Jerusalén por parte de las tropas romanas, provocó la gran diáspora judía. Los zelotes y sicarios, como instigadores de la rebelión, sufrieron el grueso de las bajas en el sitio y la masacre posterior, pero también había judíos pertenecientes a otras sectas, como por ejemplo los seguidores de Santiago, el hermano de Jesús y líder en Jerusalén de los judíos “jesusitas”.

Las consecuencias de la revuelta y su dramático final son bien conocidas por la historia: el estado judío destruido (en su forma de estado clientelar del imperio romano), el pueblo hebreo masacrado por cientos de miles (hay quien dice que más de un millón fueron aniquilados) y los supervivientes dispersados y obligados a buscarse la vida lejos de una Jerusalén en escombros.

Entre estos exiliados forzosos había mucho personal de un cierto nivel cultural, gente que había desarrollado labores de escriba o copista en el templo y que ahora tenían que procurarse ingresos de formas alternativas y lejos de su tierra natal. Probablemente no erraríamos mucho si encajamos en este perfil a Juan, el autor del rocambolesco Libro de la Revelación, incluido en las sagradas escrituras cristianas.

Alegoría de las visiones apocalípticas de Juan de Patmos

El fecundo género apocalíptico

La simbología numérica, el barroquismo y el tono gore del texto han traído de cabeza siempre a las jerarquías cristianas, cuya actitud ante el escrito ha oscilado entre el pudor y el arrojo. Finalmente el texto se aceptó como canónico, aunque algunos, como los ortodoxos, lo consideran en el fondo un espantajo y se abstienen prudentemente de usarlo en su bella liturgia cantada.

El Apocalipsis no es un libro único con información divina sobre escatología y el fin de los tiempos, sino una muestra más del género apocalíptico (apocalipsis=revelación) que algún autor cristiano de la diáspora judía escribió en las postrimerías del siglo I en la isla de Patmos, por entonces el destino al que los infames romanos enviaban a ciertos prisioneros a penar en las minas.

Dentro de este género apocalíptico se pueden citar muchos textos apócrifos de estructura similar. Ya los propios evangelios son bastante apocalípticos en el sentido de alimentar la expectativa de un inminente segundo retorno de Jesús en el que se pone fin al triste teatro del mundo. El mismo Pablo insiste tercamente en que “cuando el señor vuelva muchos de nosotros estaremos vivos” y “estamos viviendo los últimos días hijitos”.

Podríamos citar como escritos apócrifos de este género el apocalipsis de Pedro (“Cerca de esta llama hay un hoyo grande y muy profundo…que se traga a las mujeres hasta el cuello y son castigadas con gran dolor”), El apocalipsis de Pablo (“Señor, no hace ni un año que maté esta alma y derramé su sangre en el suelo, y cometí el pecado de la fornicación”), el apocalipsis de Tomás (“habrá un terremoto en toda la Tierra…y los espíritus regresarán a sus cuerpos”)…y así una lista inacabable de escritos que no escribió Pedro, ni Pablo, ni Tomás, como tampoco el evangelista Juan escribió su Libro de la Revelación, y parece, ay!, que como el resto de los evangelistas, ni siquiera es autor de su propio evangelio. Era común entre los autores de la época atribuir los escritos a figuras de autoridad, preferiblemente que hubieran estado en contacto con Jesús.

El sueño psicotrópico del profeta

La inspiración profética de Juan de Patmos no debió de ser muy diferente de la del resto de compadres del augurio, o sea enmarcada en un estado alterado de conciencia logrado a base de drogas, alcohol, hambre, privaciones, sueños o situaciones límite.

La sala de la pitonisa del oráculo de Delfos estaba sobre los humos de una falla volcánica que emitía gases alucinógenos. La malnutrición severa autoimpuesta inspiraba los sueños del profeta Daniel. Las sibilas ya tomaban sus infusiones psicodélicas con pastas a las 5. El colgado que le dijo a Alejandro en Siwa que era divino, se había atiborrado de cerveza y pan mohoso y quería quitarse de encima a aquel presuntuoso macedonio cuanto antes. Los chamanes todavía se agarran al peyote y la ayahuasca para viajar a sus mundos astrales. Las brujas untaban el palo de la escoba con un emplasto de mandrágora y beleño que se metían por… y el resto buscaba el trance como fuera, habiendo quienes incluso eran capaces de auto inducirlo.

Los dioses nunca se han distinguido por su disposición al contacto, y ha sido siempre el pobre humano el que ha tenido que forzar el viaje  arriesgando su salud para obtener el mensaje.

Juan Apocalipta

Este Juan “Apocalipta”, al que distinguiremos así del Juan Evangelista, se “colocaba” en Patmos y recibía unos mensajes llenos de símbolos y numerología que muchos a lo largo de la historia han tomado en su literalidad como profecías reales del fin del mundo.

En el año 1200 Joachim de Fiore llenó el norte de Italia de cofradías de auto flagelantes que anunciaban el fin del mundo. En 1700 Isaac Newton se echó la manta a la cabeza después de fundar la física moderna y se encerró en su laboratorio alquímico a reinterpretar el Libro de la Revelación para obtener la fecha del día del juicio. William Miller calculó la segunda venida para 1844 y provocó el gran chasco adventista. CharlesTaze Russel fundó la Atalaya de los Testigos de Jehová profetizando el fin para 1914. Harold camping hizo sus propios cálculos y obtuvo marzo de 2011 y luego noviembre. La lista aburre.

Pero nada de esto nos debe alejar del probable perfil real de Juan Apocalipta, un escriba cristiano-judío deportado después de la diáspora que recaló en Patmos y escribió su abracadabrante “Libro de la Revelación”, seguramente bajo el influjo de desconocidas sustancias psicotrópicas, un entrañable colgado que no llegó a ver cómo, de entre los cientos de extravagantes textos apocalípticos, solo su obra loca se colocaría como último capítulo del libro más leído de todos los tiempos.

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