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Joaquín de Fiore y el milenarismo

Milenarismo y caos escatológico medieval

La inmediatez apocalíptica, tan firmemente establecida en el Nuevo Testamento por el mismo Jesús, en Marcos 9.1 (En verdad os digo: hay algunos de los que están aquí que no probarán la muerte sin ver antes el Reino de Dios, venido ya con poder) que, por si no estaba claro, insiste en 13.30 (No desaparecerá esta generación sin que todo esto se realice); reforzada por Pablo en 1 Tes. 5 (Cuando el Señor vuelva, muchos de nosotros todavía estaremos vivos); reiterada por Juan, en 1 Juan 2.18 (Hijitos, estamos viviendo los últimos días); y adornada por en el abracadabrante Libro de la Revelación, que entonces todos atribuían también a San Juan Evangelista; esta inmediatez apocalíptica fue siempre un quebradero de cabeza para las jerarquías eclesiásticas, pues pese a tratarse de un punto clave en la doctrina cristiana original, se retrasaba inexplicablemente.

Fenómenos típicamente medievales como el culto a las reliquias, o el desarrollo de una imaginativa escatología intermedia (teoría del purgatorio), solo son entendibles desde la óptica de un individuo que, desamparado y falto de orientación por parte de sus líderes espirituales, se agarraba a cualquier cosa que pudiera colocarlo en una mejor posición de cara al juicio final. Una explicación medianamente coherente era mejor que la desesperación de no saber por qué Jesús no volvía, como había dejado repetidamente escrito en las Sagradas Escrituras.

Infografía sobre la obra milenarista de Joachim de Fiore

La solución que San Agustín (354-430) propuso para este galimatías, era que la plenitud de los tiempos ya se había alcanzado con la fundación de la Iglesia, y que por tanto, el Reino de los mil años ya estaba descontando siglos desde el año cero de nuestra era. Esta explicación dejaba las cosas en un estado de suspensión, que sirvió bien al aparato eclesial durante siglos. Si tenemos en cuenta que además, Agustín postulaba la indecencia moral, de que la vida era un pequeño infierno que había que sufrir como mejor se pudiera, para concentrarse en ganar la salvación eterna, entenderemos mejor el ambiente pesimista que dominó la cristiandad durante la edad media.

La eclosión del milenarismo

La explicación agustiniana no había dejado satisfecho a todo el mundo, pero aunque se diera por buena, la llegada del año 1000 suponía el final del Reino de los mil años, y por tanto era lógico pensar en que el juicio final estaba al caer. Pronto  la gente empezó a ver indicios y signos del fin por todas partes: cualquier epidemia o guerra abría el periodo de tribulaciones, el rey que la declaraba era el anticristo, y en ese plan. Empezaron a surgir grupos pro-apocalípticos que tomaron un carácter anticlerical (y anti establishment en general) y adoptaron prácticas violentas como el robo, la rapiña y la violación, y comportamientos de histeria religiosa, como la autoflagelación, por ejemplo los espíritus libres. A veces los líderes de estos grupos formaban turbas populares, a las que todo les importaba un pimiento, pues proponían que el mundo ya había entrado en tiempo de descuento, y que su comportamiento abyecto, anticipaba e incluso facilitaba la segunda venida de Jesús. Fue una época de gran inestabilidad social en amplias zonas de Europa, que no terminó hasta la represión de las grandes revueltas campesinas del siglo XIV.

La iglesia no podía dejar de admitir su parte de responsabilidad en este caos milenarista ¿Acaso no había dicho su fundador, Jesús, que volvería pronto? ¿No lo habían confirmado sus conocidos Pedro y Juan? ¿No lo había corroborado su discípulo post-mortem Pablo, asegurando que lo haría cuando algunos de sus coetáneos aún estuvieran vivos? ¿No había sido esta doctrina de inmediatez apocalíptica el punto clave de la conversión a la fe de pueblos enteros, como el germánico? Y si además se tenía en cuenta la precariedad de la existencia medieval, sarpullida de hambrunas, pestes y guerras, ¿A que leches estaba esperando Jesús para retornar, e inaugurar la nueva y feliz era, donde todas estas miserias terminaran?

Alegoría de la vivencia monacal en preparación del próximo apocalipsis

El abate Joaquín de Fiore

Joaquín de Fiore (1132-1202) fue un joven de buena familia, hijo de un notario de la corte normanda de Palermo (Reino de Sicilia). Tras realizar un viaje a Tierra Santa, se despertó su interés por la religión, e ingresó en el monasterio benedictino de Corazzo, en Calabria. A raíz de una estancia cerca de Roma en 1183, y mientras se alojaba en el monasterio de Casamari, Joaquín, en la mejor tradición de los profetas apocalípticos, recibió una serie de visiones sobre el fin de los tiempos, que recogió en sus escritos posteriores.

Enterado de las capacidades visionarias del joven monje, el papa Lucio III lo mando llamar en 1184, para que le ayudara a interpretar una profecía de la Sibila que lo tenía intrigado. Durante los siguientes años, Joaquín se convirtió en algo parecido al consultor papal y real en materias escatológicas, y comenzó a desarrollar su sistema profético, basado en un nuevo y revolucionario método de interpretación de las Sagradas Escrituras. Volvió a Calabria en 1190, donde fundó el monasterio de Fiore, del que se convirtió en abate, y se puso manos a la obra a trabajar en su gran proyecto vital, que dejó reflejado en tres libros: Liber Apocalipsis, Liber Concordiae y Liber Psalterii Decem Cordarum.

Joaquín de Fiore y el milenarismo

Si la Biblia es la palabra de Dios, y por tanto una verdad indiscutible, pensaba Joaquín con excelente criterio; y aproximadamente una quinta parte del total es profecía, está claro que Dios ha querido dar información sobre el futuro a los hombres, solo que, por el motivo que sea, ha decidido darla de forma encriptada, y por tanto necesita descifrado e interpretación. Basándose en sus visiones romanas, en sus lecturas bíblicas y en sus conocimientos sobre mitología pagana y astronomía, Joaquín introdujo el uso de la numerología y la simbología bíblica, suponiendo, otra vez con lógica aplastante, que si el número 3, el 12 y el cordero, aparecen tan a menudo en la Biblia, no era simple casualidad.

Así, Joaquín concibió un mundo diseñado por el Creador de acuerdo a un plan divino en tres etapas que, conforme a sus cálculos del tiempo transcurrido, basados en el intervalo en generaciones entre Abraham y Jesús, y aplicando un criterio de simetría o concordancia, combinado con unos periodos de solape entre eras que él llamaba “de incubación”, culminaría en el año 1260, fecha en la que por fin Jesús volvería por segunda vez y empezaría el Reino de los mil años. El candidato para el papel de anticristo, o rey secular que iba a destruir la iglesia cristiana, era el caudillo sarraceno Saladino (1138-1193). Joaquín se convirtió así en la primera figura que, desde dentro de la máquina eclesial, desbordó el concepto agustiniano del milenio de la Iglesia, y se asomó por encima del caos escatológico neotestamentario, para legar a la posteridad el método de profecía apocalíptica, que luego han repetido hasta la saciedad sabios como Pico della Mirandola o Isaac Newton, profetas como Nostradamus, iluminados reformistas como Savonarola y Hus, y sectas cristiano-apocalípticas como los adventistas, los testigos y Family Radio, la emisora de radio de Harold Camping, en el año 2011.

Pero además de impresionar a los eruditos de varias generaciones por su belleza y simetría, el sistema joaquinista contenía una peligrosa carga oculta de tipo ideológico, que inspiró la aparición de algunas de las numerosas sectas apocalípticas mencionadas, ya en su tiempo. Entre ellas, hay que destacar la de los Fraticelli (hermanitos), o franciscanos espirituales, que veían a Francisco de Asís (1181-1226)  como el ángel del séptimo sello del Apocalipsis, y heraldo de la tercera era. Por eso el joaquinismo fue solemnemente condenado por el papa Alejandro IV en 1256, y refutado formalmente en la Summa Theologica de Tomás de Aquino (1224-1274). Huelga decir que Jesús no apareció en 1260, ni tampoco en 1290, como los Fraticelli se apresuraron a rectificar raudos, asegurando que Joaquín había cometido un pequeño error de cálculo, al no haber estimado bien la duración de una generación. Aquellos años fueron testigos del lamentable espectáculo de grandes comitivas de autoflagelantes, que esperaban con su actitud mortificadora, por un lado animar al diletante de Jesús a retornar, y por otro hacer méritos para su propia salvación postrera. Los franciscanos espirituales fueron gradualmente purgados de la Iglesia, pero el joaquinismo sigue vivo como ideología y como método profético.

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Comments

This post currently has 6 responses

  • El minelarismo…… que decía Fernando Arrabal borracho como un botijillo de tintorro con patas. Que risa, ese si que es un personaje bíblico!

  • […] Todo parecían ser símbolos que anunciaban la aparición de Jesús entre las nubes y el estruendo de las trompetas divinas: la muerte trágica de este emperador, el terremoto que destrozaba aquella ciudad, la epidemia que diezmaba esa población, la sequía que malograba las cosechas… Pero el lento transcurrir de los años, las décadas y los siglos sin que Cristo regresara fue poco a poco dejando en los padres de la iglesia un fondo de desconcierto con el que, desde el punto de vista de una fe sincera, cada vez iba siendo más difícil convivir en buena lid. El monje calabrés Joaquin de Fiore (1132-1202) es el primer personaje importante que, en vez de buscar signos o heraldos, da por buena la hipótesis de la información cifrada y se vuelca en cuerpo y alma en el estudio de las escrituras. En esa época de la edad media tardía en la que el esoterismo y la magia no se han separado todavía del auténtico saber, Joaquín es el primer no indocumentado que se atreve a dar una fecha concreta del fin del mundo para…. […]

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