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Imágenes de Marte. Ciencia, literatura y superstición sobre el planeta rojo

Demasiados cráteres en las primeras imágenes de Marte

El 14 de julio de 1965, después de un viaje de 8 meses, la sonda espacial Mariner 4 se convirtió en el primer objeto fabricado por el hombre en acercarse a Marte. En un vuelo de paso sobre el planeta rojo, la cámara de esta sonda hizo las primeras y ansiadas fotografías cercanas jamás tomadas de otro cuerpo del sistema solar, aparte de la Luna. Las imágenes de Marte, sin embargo, distaban mucho de lo que los científicos y el público en general esperaban. El paisaje marciano desde la perspectiva de unos 14.000 kilómetros de altura del Mariner 4 no mostraba más que vistas borrosas de un lugar yermo, desolado y plagado de cráteres, muy parecido a la Luna.

La decepción que provocó esta serie de primeros planos llevó a los astrónomos a concluir que quizás habían elegido el lugar equivocado. Algunos llevaban años trabajando con los grandes telescopios de los años 1960 y la imagen de un Marte lunar simplemente no cuadraba con sus expectativas. Así pues, para la siguiente serie de sondas Mariner, se seleccionaron las zonas a observar con un criterio mucho más cuidadoso, fijando como objetivos aquellas áreas que, según los telescopios, tenían un aspecto más cambiante a lo largo del año marciano. Las sondas Mariner 6 y 7 repitieron el viaje en 1969, pero salvo algunas diferencias de tonalidades, Marte seguía presentando una apariencia selenita que contrarió de nuevo a la comunidad científica. Pero ¿por qué estaban los científicos decepcionados? ¿Cuáles eran las expectativas que los astrónomos e investigadores tenían sobre Marte en 1965? Podemos decir que entonces existían dos concepciones sobre el planeta Marte a las que denominaremos el Marte literario-popular y el Marte científico.

Infografía sobre el avance en nuestro conocimiento sobre Marte

Marte popular y literario

Marte ha sido siempre el primer lugar de referencia cuando se habla de vida en otros mundos. Desde que el perfeccionamiento de la óptica de los telescopios hizo posible apreciar su disco rojo anaranjado y comprobar que se producían cambios, algunos tan sugerentes como la aparición de hielo en los casquetes polares, Marte se convirtió en la proyección de ese sueño humano de comprobar que no estamos solos en el universo.

El astrónomo y divulgador Camille Flammarion (1842-1925) especuló en 1865 en su obra “Los mundos reales y los mundos imaginarios” sobre las ideas de otros teóricos de su tiempo respecto a un Marte con mares, nieves y continentes poblados por vegetales de tono rojizo y con seres vivos que él suponía debían ser muy similares a nosotros; llegando a imaginarse astrónomos marcianos esperando con ansiedad las conjunciones con la Tierra para observar cuidadosamente a su gran vecino cósmico. El lenguaje figurado usado por Flammarion ha llevado a muchos a pensar que daba por supuesta la existencia de habitantes en Marte, pero se trata solo de una figura retórica e igualmente habla de los habitantes de Mercurio, de Venus o de la estrella Sirio.

“Pour un habitant de Mars, la Terre est une etoile du matin e du soir, qui s’eloigne jusquo’a 48º du soleil.” Pag. 54.

Casi todos hemos leído o visto alguna versión para el cine del relato de H.G. Wells (1866-1946) “La guerra de los mundos” en el que la Tierra sufre una invasión marciana. Menos conocido quizás es el episodio protagonizado por Orson Welles (1915-1985), que en una dramatización de este relato emitida por radio en el programa The Mercury Theater, llegó a atemorizar a una parte de la población estadounidense, que tomó el relato como verídico.

En 1917 Edgar Rice Borroughs (1875-1950) publicó su novela “Una princesa de Marte”, protagonizada por el héroe John Carter, que abre toda una serie de relatos centrados en este planeta (al que los marcianos denominan Barsoom) y que pinta Marte como un mundo de tipo medieval y guerrero, en el que tecnología y magia conviven en armonía en medio de un mundo nuevo con su propia flora y fauna autóctona. Una gran serie de novelas para los que gusten del genero “Pulp”.

En 1923 el escritor soviético Alexei Tolstoy (1883-1945), publicó su novela “Aelita, una princesa de Marte”, que algunos han interpretado como la respuesta de la propaganda comunista a las novelas de Borroughs y que inspiró la entrañable película muda de estilo expresionista “Aelita”, en la que tres soviéticos llegan a Marte y reproducen allí la revolución bolchevique contra la clase dominante.

Los años iniciales de la cohetería fueron ricos en fantasías del género llamado ópera espacial, en el que muchos de los protagonistas vivían aventuras en el planeta rojo, mientras que en los años de la guerra fría eran más habituales las fantasías sobre una invasión extraterrestre, y en concreto abundaron las adaptaciones del relato antes citado de H.G.Wells.

En la época moderna y a nivel literario hay que destacar dos grandes referencias: la serie de relatos “The Martian Chronicles”, del recientemente fallecido Ray Bradbury (1920-2012), que abunda en la hipótesis de una civilización decadente a la que la conquista humana pone fin, y la trilogía “Marte Rojo, Marte Verde, Marte Azul”, de Kim Stanley Robinson (1952), que desde una óptica de ciencia ficción “dura” (sin recurrir al elemento sobrenatural y con visos de verosimilitud en un futuro próximo) recorre el camino desde el hipotético primer viaje tripulado, hasta el proceso de autodeterminación política que pasa por sucesivas revoluciones de los colonos marcianos y sus descendientes y que se acompaña con una terraformación galopante. Entrevista con Kim Stanley Robinson.

Marte científico en 1960

En 1956 se produjo una de las mejores aproximaciones entre la Tierra y Marte, situándose ambos astros a solo unos 55,7 millones de kilómetros. En esas condiciones Marte se puede ver en el cielo nocturno como un disco de 25,1” (segundos) de arco. Todavía con la era espacial en sus etapas iniciales (el Sputnik se iba a lanzar el año siguiente), lo mejor a lo que se podía aspirar en 1956 era que esta mínima distancia se combinara con las condiciones atmosféricas idóneas para desvelar por fin el misterio de los canales marcianos a través del, en aquella época, todopoderoso telescopio del Monte Palomar, que con un espejo de 4,80 metros, era cuatro veces más grande que cualquier telescopio de su tiempo.

Canales

Otra ocasión similar en 1877 es la que había llevado al astrónomo italiano Giovanni Schiaparelli (1835-1910), con un instrumental de calidad muy inferior al de Monte Palomar, a elucubrar sobre unos hipotéticos “canali” (que en italiano, como en español, no implica que sean obras artificiales), llegando a decir:

 “El hecho de que aparentemente parecen estar trazados con una geometría perfecta, casi de regla y compás, ha llevado a algunos a especular con la existencia de seres humanos inteligentes habitando el planeta Marte. No seré yo el que se oponga a esta idea, que no me parece descartable.”

La siguiente nueva aproximación de Marte en 1894 llegó con el observatorio de Percival Lowell (1855-1916) ya preparado en Flagstaff (Arizona). Lowell dedicó su vida al estudio de Marte y se dedicó en cuerpo y alma hasta su muerte en 1916 a desentrañar el enigma de los “canali”, que quizás por una inapropiada traducción el interpretó como “channels” (canal artificial en inglés).

Allí donde Schiaparelli se mostraba taciturno e impreciso, Lowell era rotundo, y en 1909 llegó a elaborar un mapa detallado con una intrincada red de canales, simples y dobles, que cubría todo el planeta, declarando en cierta ocasión:

“Tenemos pruebas concluyentes de que Marte está habitado”

Lowell usaba unos argumentos simples y elegantes para la época. Marte para él, era claramente un planeta moribundo que una vez había sido cuna de una avanzada civilización. La desertización había obligado a la raza marciana a construir esas enormes infraestructuras hidráulicas de aprovechamiento de un agua escasa, que ya solo se encontraba en los polos. Desde allí, la transportaban a las latitudes medias en las que el cultivo era posible mediante su gigantesca red de canales y gracias a sus no menos mastodónticas bombas impulsoras.

Percival Lowell había detallado sus teorías al máximo, y tenía explicaciones preparadas para todas las particularidades que podían observarse en su época. Por el año 1909, la máxima resolución que un telescopio podía lograr al enfocar a Marte era de unos 18 kilómetros, y por eso pensaba que lo que se observaba desde la Tierra no era el trazado de los canales, sino de la vegetación existente en las bandas longitudinales adyacentes que se irrigaban con su agua.

Esas ideas, que habían inspirado a Borroughs en 1917 para concebir su Barsoom, estaban todavía vivas en 1956, no solo en la imaginación popular, sino en el debate científico de alto nivel. Sin embargo, los conocimientos sobre Marte en general estaban ya mucho más avanzados que en la época de Lowell. Las observaciones en infrarrojos y ultravioleta, por ejemplo, aportaban muchos datos adicionales sobre la atmósfera marciana y su composición.

Atmósfera y temperatura

Mediante análisis espectrográfico de la luz reflejada por Marte, se sabía en 1956 que su atmósfera no tenía apenas trazas de oxígeno libre y que el único gas abundante era el dióxido de carbono. Sin embargo todavía se asumía erróneamente y por analogía a lo que pasa en la Tierra, que el nitrógeno debía de estar presente en grandes cantidades. También se estimaba una densidad atmosférica de 1/15 de la terrestre, mientras que hoy sabemos que es sólo una centésima parte.

Mediante el estudio de la luz polarizada, ya se sabía también en aquellos años que los desiertos marcianos estaban cubiertos con cenizas volcánicas del mismo tipo que las que cubren la Luna y que el silicio era un componente destacado en la arena de esos desiertos.

Un factor clave para especular sobre las posibilidades de vida en Marte era la temperatura de su superficie. Con los datos disponibles en 1956 se habían hecho estimaciones que iban en la buena dirección en cuanto a calcular una temperatura media global bastante más baja que la terrestre (60° C menos), pero erraban de nuevo en cuanto a las posibles variaciones. Se estimaba que en el mediodía de verano de las zonas ecuatoriales la temperatura podría llegar a los 90° C.

Hoy en día, aunque todavía no se ha sondeado térmicamente todo el planeta, tenemos una buena estimación de la temperatura media superficial de Marte, que ronda los -55° C, y sabemos que la temperatura en general puede variar según la zona, la época y la distancia al sol, desde un mínimo de -110° C hasta un máximo de 20° C. Eso si, con una atmósfera tan tenue, es posible que mientras haya 20ºC en el lado soleado de un peñasco, el lado en sombra esté a -50° C.

Lowell también había creído que los casquetes polares de Marte estaban formados por nieve y hielo de agua, y todavía en 1956 se pensaba que estaba en lo cierto, aunque se asumía que se trataba de casquetes de muy poco espesor (entre 2 y 20 centímetros). La ausencia de cuerpos de agua líquida y de vapor de agua en la atmósfera se achacaba a la acertada visión “lowelliana” de Marte como desierto en progresivo avance. Hoy sabemos que toda la dinámica de hielos en Marte es debida no a hielo de agua, sino fundamentalmente a escarcha de dióxido de carbono.

Agua en Marte

Si se aceptaba la presencia de agua en Marte, concretamente en los polos, surgía el problema de explicar que ocurría con esa agua en verano. Un fenómeno observado al telescopio era el progresivo cambio de color con la latitud. Flammarion lo había atribuido años ha, en una visión ciertamente poética, a la caída de las hojas rojas en el otoño marciano, mientras que Lowell lo había achacado al desarrollo gradual de la vegetación, conforme la humedad iba descendiendo desde el polo al ecuador. También este punto de vista “lowellinano” era ampliamente aceptado entre la comunidad científica puesto que se pensaba que ese cambio de tonalidad al avanzar el verano, podía ser similar al que se observa en la luz reflejada por ciertas grandes extensiones de musgo y líquenes en la Tierra, las únicas plantas cuya existencia (fabricando oxígeno por fotosíntesis) se estimaba compatible con la atmósfera marciana, fría, tenue y desprovista de oxígeno.

Topografía

Respecto a la geografía y topografía marcianas, en 1960 se pensaba en un lugar que pese a tener algunas montañas y valles, era de superficie bastante uniforme y regular, con accidentes que no superarían quizás los 1000 metros de altitud. Esta idea se mantuvo hasta que en 1971 la sonda Mariner 9, la primera que se colocó en órbita marciana, observó los picos de los volcanes gigantes de Tharsis emergiendo por encima de una tormenta de polvo global.

Ahora sabemos que hay elevaciones en Marte, como el Olympus Mons que son tres veces más grandes que el monte Everest, y desfiladeros como el Valles Marineris que harían palidecer al espectacular cañón del Colorado. Las fotos del Mariner 9 permitieron por fin elaborar un mapa de Marte que desplazó para siempre a las viejas cartografías de Lowell y sus canales.

El nuevo Marte de 1971

Frente a la imaginación desbordada de Schiaparelli, Lowell y otros astrónomos y la imprecisión de las vistas de los telescopios terrestres de antaño, el Mariner 9 nos mostró los rasgos físicos reales de un mundo ignoto y lleno de sorpresas inesperadas. En los años siguientes, los módulos de aterrizaje, los vehículos exploradores y los orbitadores que han investigado Marte desde los primeros Viking (1975) hasta el día de hoy, nos han revelado evidencias de un pasado geológico rico en agua y repleto de episodios de naturaleza catastrófica y a escala titánica: gigantescas inundaciones, colosales volcanes, inmensas fallas y grietas, descomunales cráteres por choque con meteoritos, avalanchas, corrimientos de tierras, tormentas de arena, tornados. Un día en Marte, por las sondas Viking.

Marte eterno: sin canales y ¿sin vida?

“Canali” y “Channels”

Percival Lowell siempre tuvo sus detractores, astrónomos que dónde él veía claros trazos rectos, no apreciaban más que series de puntos. Algunos de estos “anti-canalistas” (que curiosamente tendían a ser europeos, por contraste con los pro-canalistas, mayoritariamente americanos) decían con mucha razón que el telescopio de Lowell no tenía el poder de resolución necesario para distinguir canales dobles, aunque hubieran existido, y que esto demostraba que Lowell estaba dejando que su fantasía volara demasiado lejos. Finalmente, los anti-canalistas estaban en lo cierto. Percival Lowell se había dejado llevar por su imaginación y los supuestos canales no eran más que una interpretación demasiado voluntariosa de diversos accidentes geográficos y cambios de luminosidad.

Vida en Marte

En 1957 todavía había un gran número de científicos con opinión favorable respecto a la existencia más que probable de algún tipo de vida en Marte e incluso hasta la llegada de las sondas Viking; lo cual, repasando los párrafos anteriores no es tan insensato a la luz de los conocimientos de la época. Aclaremos en cualquier caso que a nivel científico se pensaba en un tipo de vida muy elemental y como mucho vegetal, nunca animal.

Hoy sabemos que la existencia de un pasado con agua en Marte es más que  probable, a la vista de las abrumadoras pruebas que la geología marciana, estudiada in situ por robots exploradores y en órbita por cámaras de alta resolución, nos presenta por doquier: estratos sedimentarios, viejos lechos de cursos de agua, torrenteras. Las apuestas por la existencia de vida se habían reducido mucho en los años 80 y 90 después de los chascos del Viking 1 y 2, pero con la confirmación de un pasado húmedo, todavía hay quién no pierde la esperanza, si bien se trata de una corriente muy minoritaria. Penélope Boston ha sido apelada alguna vez como la única persona que todavía piensa que hay vida en Marte.

Así pues las dos concepciones marcianas que existían hasta mediados de la década de 1970, confluían en una visión de Marte como un lugar con un pasado rico en agua y transformado progresivamente en un planeta árido, pero todavía capaz de cobijar algún tipo de vida, quizás a un nivel muy primitivo. Desde esta base segura, la imaginación popular se desbordaba con las novelas de John Carter y las películas de ciencia-ficción y la imaginación científica se mantenía prudentemente en los límites de lo que los crecientes datos le permitían especular.

Misión a Marte

Las preocupaciones científicas relativas a Marte en el año 1953 se referían a dos problemas centrales: primero la existencia de vida de algún tipo y segundo la resolución del misterio de los canales. En un artículo de la revista Popular Science de ese mismo año se proponía resolver la incógnita de una vez por todas enviando una misión a Marte compuesta por el siguiente personal de a bordo: departamento de administración (un director y dos ayudantes), departamento científico (tres meteorólogos, tres biólogos, un médico, cuatro geólogos, y 13 técnicos para asistirlos), departamento de servicios técnicos (dos operadores de radio, dos mecánicos pilotos, un experto en automatización y un cocinero).

Hoy ya sabemos también que una misión tripulada a Marte, por desgracia, está mucho más lejos de lo que se pensaba en 1953, y que los problemas a resolver antes de enviar seres humanos a una muerte segura son considerables. No se trata sólo de los peligros biomecánicos de un viaje de meses en ausencia de gravedad (descalcificación y debilitamiento generalizado) y sometidos a las radiaciones y cósmicas (cáncer asegurado). No se trata sólo de que siempre haya valientes o temerarios dispuestos a emprender la aventura. Se trata también de la ausencia de campo magnético en Marte, que hace a cualquier ser vivo un candidato seguro y expedito al cáncer por radiaciones solares. Se trata también de la actividad y finura del polvo marciano, capaz de atravesar las juntas de los mejores trajes y los filtros de las mejores mascarillas para depositarse en los alveolos pulmonares y desencadenar enfisemas con mayor eficacia que el peor tabaquismo crónico.

Personalmente no tengo ninguna duda de que los avances científicos y el trabajo de la razón resolverán esos desafíos y harán que un lejano día el sueño de un viaje a Marte sea posible, pero el conocimiento actual aleja esa posibilidad y revela un planeta rojo agreste e inhóspito. Antes de un vuelo tripulado a Marte ha de lograrse un retorno exitoso a la Luna, dónde hace ya cuarenta años que no vamos. Toda aquella tecnología del programa Apolo ha quedado olvidada y los técnicos e ingenieros responsables han fallecido o están jubilados. Siendo realistas hoy no queda nadie con experiencia en viajes tripulados más allá de la órbita terrestre. Han pasado dos generaciones y todo aquel avance no ha tenido continuación. También sería necesario un viaje robótico con cápsula de retorno desde Marte.

Todo esto, por contra, nos permite volvernos y mirar a nuestra querida Tierra como el único hogar seguro por muchos años; un lugar que urge cuidar seguramente mucho mejor de lo que lo estamos haciendo. Pero miremos el lado positivo. La ciencia en general y quizás el proyecto de la exploración espacial en particular, y el primer viaje tripulado a Marte en especial, es uno de los pocos sueños comunes que puede encontrar una humanidad dividida en naciones, religiones y razas. No importa cuanto se tarde, sino el hecho de estar trabajando juntos por una meta común.

Encuentro entre el Marte científico y el popular

Afortunadamente, el Marte popular de 2012 dista cada vez menos del científico y esto es debido sin duda a la progresiva mejora en la divulgación de los conocimientos y avances a través de documentales, libros y revistas, y a la mejora en la educación en general.

Gracias a internet hoy existen programas como el HiTRANSLATE, que ya hemos comentado en otros artículos de esta web (entrada Colaboraciones HiTRANSLATE Area Subliminal), y en el que muchos voluntarios “populares” ayudan a traducir los textos que los “científicos” están preparando sobre las fotos en alta definición que toma la sonda orbital HiRISE.

También hemos analizado aquí el programa “Be a Martian” (hazte marciano en Area Subliminal), en el que de nuevo se puede ayudar a nivel “popular” a catalogar y etiquetar fotos de superficie y a colocar con precisión fotos de satélite (la utilidad para conteo de cráteres sigue sin funcionar adecuadamente).

Supersticiones sobre Marte: los mercaderes del misterio y el síndrome de Percival Lowell

Dicho lo anterior, no sería justo terminar sin hacer mención a este pintoresco aspecto del planeta rojo, porque los mercaderes del misterio insisten en demandar una explicación sobre varios fenómenos marcianos inventados, entre los que destacan:

  • Una cara en Marte, esculpida a escala gigantesca en la región Sidonia.
  • Pirámides y esfinges también en Sidonia y Elysium
  • Ciudadelas y otras estructuras anómalas en Sidonia y en otras regiones
  • Grabados, estatuas, monedas y máscaras junto al sitio de “amartizaje” de la Pathfinder
  • Monumentos megalíticos por distintos sitios del planeta

Sin duda se trata de una maldición que reproduce en algunos observadores el voluntarismo excesivo de aquellos románticos astrónomos de antaño, que les llevaba a ver lo que su imaginación les sugería. Cuando se observan las imágenes en la resolución adecuada podemos comprobar que más que una cara en Marte, lo que hay es gente con mucha cara en la Tierra. En cualquier caso podemos otorgar el beneficio de la duda a los pocos inocentes que vayan de buena fe y decir que sufren “El síndrome de Percival Lowell”

En un nivel más alto de cara dura, encontramos otros enigmas de Marte que estos traficantes de arcanos suelen esgrimir con orgullo en libros, conferencias y otros eventos variopintos. Vamos a hacer una relación de las más nombradas, no sin antes aconsejar a los lectores que se abrochen los cinturones. Allá van:

  • La intervención de inteligencias extraterrestres en la extraña desaparición de las misiones soviéticas Phobos
  • La abducción y evacuación regular de los mejores científicos terrícolas a Marte, donde están trabajando en secreto para el nuevo orden mundial
  • El cumplimiento regular del servicio militar en Marte por parte de algunos soldados americanos, se supone que los mas machotes
  • La llegada a Marte de una misión conjunta de la Alemania nazi y el Japón imperial en el año 1945
  • La llegada de varias misiones tripuladas a Marte de la Unión Soviética en los años de la guerra fría
  • Una misión de…¡El Vaticano! Lanzada desde Argentina en 1952 y que llegó a Marte en sólo 3 días

En cualquier caso no podemos negar que la imaginación humana no tiene límites para lo grotesco y no deja de tener su encanto kitsch pensar en un Marte habitado por rudos militares americanos haciendo la instrucción bajo un sargento de hierro (¡Señor!¡Si, señor!), junto a científicos soviéticos reorganizando la extinta URSS en el planeta rojo, con grupos de nazis  y japoneses dirigidos por el hijo clonado del führer y conspirando para ganar la segunda guerra mundial a toro pasado, y para remate un colegio cardenalicio reunido en cónclave en las cavernas del Monte Olimpo para elegir al primer vicario de Cristo en Marte. Vale.


En caso de dificultades puedes ver el video aquí “Imágenes de Marte: Ciencia, literatura y superstición”.

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Comments

This post currently has 7 responses

  • Hay sueños maravillosos, tanto los que tienen base científica y son realizables como los que son pura fantasía e irrealizables. Lo importante es distiguir unos de otros.

    • Gracias por la contribución, Satur. Estoy de acuerdo contigo. Los sueños son el comienzo de todo. Lo que hoy es inalcanzable, no podrá llegar si los soñadores no empiezan a abrir caminos.

  • Percival Lowell, ha sido siempre estigmatizado por la comunidad astronómica como “un ricachón aficionado a la astronomía”. Esa envidia de cagatintas que obtuvieron un título formal y fracasaron como personas, la sufrió también el padre de la Arqueología Heinrich Schliemann, descubridor de Troya.
    Lo que a PL le llamaba la atención, era que aledaño a los canales se formaba una mancha que variaba de tamaño. El la interpretaba como extensa vegetación condicionada al deshielo primaveral de las capas polares
    Percival Lowell, adquirió con su propio dinero, el lugar y el telescopio. Montó un moderno observatorio, que puso en manos de un joven estudiante llamado Clide Tombaugh. Ese estudiante, descubrió en ese observatorio el planeta Plutón. Ese nombre, fue elegido porque empezaba con PL; las iniciales del mentor y ánima del proyecto Percival Lowell. Se non e vero, e ben trovato. Edgardo

    • Bravo, Edgardo. Una estupenda contribución. No conocía ese detalle de “rencor” oficial hacia el señor Lowell. He visto ese tipo de actitud muchas veces dirigida hacia gente que simplemente se dedicaban a lo que les gustaba, porque tenían dinero, como Lowell, o porque hacían sacrificios enormes. A mi me parece admirable la labor de Lowell y su contribución al conocimiento de Marte es indiscutible. Sus teorías no murieron del todo hasta bien entrados los años 1960. Me gustaría poder hacer como él, dedicar mi vida a lo que me gusta sin hacer mal a nadie, aunque otros vayan diciendo que soy un aficionado.

  • Las equivocaciones siempre estarán presentes, lo que no podemos alcanzar de manera inmediata, nuestra imaginación si lo hará amen de que se convierta en un tabú, pero afortunadamente existe la ciencia y el método científico que se han convertido en nuestros grandes aliados recordándonos que para acercamos mas a la realidad debemos ser mas objetivos y menos subjetivos.

    • Es verdad, Tobón. Pero aún así, cuando se repasa la historia y se ve con perspectiva, incluso los episodios de subjetividad son amenos y enriquecedores. Por eso me gusta pensar que todo lo que se hace con buena intención por el progreso, de una forma u otra, aunque termine en fracaso, será recordado y reivindicado por futuros historiadores y servirá para inspirar a los humanos del mañana. Gracias por tu contribución.

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