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Ideas sobre la vida extraterrestre

Mundos habitados en el universo creciente

Cuando en 1610 Galileo Galilei (1564-1642) observó las fases de Venus al telescopio, comprendimos que los planetas eran algo más que puntos de luz errantes. Además, la presencia de cuatro satélites en Júpiter demostraba que no todos los astros giraban en torno a la Tierra. Por análisis espectral, el padre Angelo Secchi (1818-1878) descubrió en 1850 que el sol era solo una estrella más de entre las muchas que poblaban la noche y en 1920 Edwin Hubble(1859-1953) pudo apreciar que la Vía Láctea era sólo una galaxia más entre billones.

En el nuevo universo inabarcable, que exiliaba a las divinidades detrás del “big bang”, el hombre se quedaba sólo, mirando desconcertado al cielo desde la corteza del tercer planeta de una estrella común, en una galaxia corriente de una zona típica del universo. Esta imagen del cosmos infinito (o casi), con incontables mundos habitados estaba ya presente en la mente de muchos autores antiguos con una visión “heliocentrista”, desde el taoísmo chino hasta el epicureísmo griego y sus influencias. Se atribuye al epicúreo Metrodoro de Lámpsaco (331-277 a.C.) la siguiente frase lapidaria: “considerar la Tierra como el único mundo poblado en el espacio sin límites es una tontería tan imperdonable como afirmar que en un inmenso campo sembrado, puede brotar sólo una espiga”. Esta doctrina epicúrea se ve hoy como algo desmesurada, ya que cualquier astro (luna, sol, estrella, planeta) podía ser candidato a albergar vida.

Infografía que ilustra las diversas ideas históricas sobre la existencia y forma de la vida extraterrestre

Heliocentrismo recalcitrante

Los siglos fueron pasando y el geocentrismo de Claudio Ptolomeo (100-170 d.C.) imperó hasta la llegada de Nicolás Copérnico (1473-1543), pero la idea de vida extraterrestre encontró siempre defensores entre los “heliocentristas” recalcitrantes: Lucrecio (99-55 a.C.) “De rerum natura”, Nicolás de Cusa (1401-1464) “La docta ignorancia (1440)” y Giordano Bruno (1548-1600) “Sobre el infinito universo y los mundos (1584)”. Con la revolución científica del siglo XVII, comenzó la exploración literaria de la vida en otros mundos. Cyrano de Bergerac (1619-1655) fantaseó sobre seres lunares y solares. El “Micromegas (1752)” de Voltaire (1694-1778), describió a unos supuestos “saturnianos”, más grandes que nosotros en la misma proporción que Saturno a la Tierra.

Bernard de la Fontenelle (1657-1757) publicó en 1686 “Conversaciones acerca de la pluralidad de los mundos”, imaginando moradores modelados por el entorno de cada planeta: pequeños y de temperamento inflamado en Mercurio, morenos y festivos en Venus. Los jupiterinos eran solitarios y los saturninos fríos. Se colaban ya algunos destellos de racionalidad: si la Luna no tiene atmósfera, como aparenta, entonces tampoco tiene vida. Christian Huygens (1629-1695), gran astrónomo y matemático holandés, dudó sobre las posibilidades de que un Marte varias veces más frío que la Tierra pueda albergar vida, y la descartó en el horno del sol. Escritores como Mijail Lomonosov (1711-1765), científicos como William Herschel (1738-1822), presidentes de los USA como John Adams (1735-1826) y en definitiva casi todo el mundo culto creía hasta mediados del siglo XIX que los otros planetas debían estar poblados.

Alegoría sobre múltiples formas de vida extraterrestre obtenidas de relatos, películas y obras de arte

Angelo Secchi: fe y vida extraterrestre

La lógica imaginativa de los tiempos y hasta la fe cristiana apuntalaban la idea, pues se interpretaba que todo en la creación tenía un propósito y, por ejemplo, una Luna inhabitada era un desperdicio difícil de encajar en el plan divino. Al mismo padre Angelo Secchi antes citado se atribuye la siguiente frase referida a los planetas: “Tiene que haber en esos mundos, criaturas capaces de honrar y adorar a Dios“. La obra de Camille Flammarion (1842-1925) “La pluralidad de los mundos habitados (1862)” representa quizás la cima de este espíritu.

En septiembre de 1835 y a raíz de unas observaciones del astrónomo inglés Sir John Herschel (1792-1871) corrió el rumor, que incluso se publicó en prensa, de que había usado un nuevo y potente telescopio que le había permitido ver bisontes, unicornios azules, y hombres y mujeres alados sobre la Luna. El rumor perduró hasta que llegaron los años locos del cinematógrafo con los divertidos selenitas saltarines de la cinta de Georges Melies (1861-1938) “Un viaje a la Luna”, adaptación del relato del gran visionario francés de la ciencia ficción, Julio Verne (1828-1905).

Pero a finales del siglo XIX las evidencias astronómicas empezaron a frenar esta avalancha de conclusiones precipitadas y movieron a reflexionar sobre las condiciones que soportan la vida (agua, temperatura, nutrientes) y su ausencia en la luna, el sol y los grandes planetas gaseosos. Giovanni Schiaparelli (1835-1910) y Percival Lowell (1855-1916) fueron los primeros en elaborar hipótesis sensatas sobre la eventualidad de vida en Marte, basadas en su apreciación de formas lineales que interpretaron como canales. La suposición era errada, pero la lógica era aplastante: canales, agua, vida.

Carl Sagan y la vida en Venus y Marte

Las posibilidades de vida extraterrestre se redujeron a Venus y Marte, pero se empezó a desatar la fantasía literaria sobre los habitantes de esos mundos. Edgar Rice Burroughs (1875-1950) creó al héroe John Carter y su serie de novelas sobre Marte, cuyo éxito rotundo en el género “pulp” le animó a idear también una serie de novelas sobre Venus.

Hasta bien entrados los años 1960 se mantuvieron unas expectativas altas sobre la probabilidad de vida en nuestros dos planetas vecinos y el mismísimo Carl Sagan (1934-1996) analizó los datos con los que se contaba en la época como favorables para la vida en Venus. Pero a finales de esta década empezaron a llegar las primeras sondas soviéticas y descubrieron que Venus era un infierno con temperaturas y presiones que funden el metal. Marte también fue observado de cerca por las sondas de la NASA, que mostraron un lugar inhóspito, seco, casi desprovisto de atmósfera y plagado de cráteres.

Hoy las posibilidades de encontrar vida en algún lugar del sistema solar, aparte de nuestra querida tierra, son ínfimas pero los nuevos instrumentos de observación permiten examinar las atmósferas de los recién descubiertos planetas extrasolares en busca de condiciones favorables a la vida: agua, nitrógeno, carbono. Pero hay una pregunta de mucho mayor alcance que la de ¿hay vida en otros mundos?, que ni Epicuro, ni Cyrano, ni Voltaire se habían hecho: ¿Ha sido nuestro planeta visitado por algún tipo de esta supuesta vida extraterrestre? La responderemos en el próximo artículo.

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