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Herman Melville y Moby Dick

Moby Dick vive en el corazón del mar

Ahora que se estrena en España la película En el corazón del mar, es un buen momento para publicar mis viejas notas sobre Herman Melville y Moby Dick. No me extrañaría que cuando Hemigway recomendaba a los aspirantes a escritores que se mezclaran estrechamente con la vida, estuviera pensando en Herman Melville. El niño de buena familia venida a menos se convirtió primero en joven marinero y luego alcanzó el éxito novelando las aventuras de sus viajes. Pero fracasó en el proyecto de su vida, Moby Dick, la ballena, novela que fue recibida con indiferencia y frialdad por la misma crítica que había elogiado sus anteriores obras de temática marinera. Solo después de muchos años de la muerte de su autor, Moby Dick se rehabilitó como lo que es: una auténtica obra maestra de la literatura. ¿Por qué? Por la ironía y el humor del profundo y trágico del relato de Ismael, por la maestría narrativa, por las conexiones que el autor establece entre con las vicisitudes de la vida corriente y los mitos y leyendas clásicos y bíblicos, por las sublimes descripciones de los cetáceos, de la vida del barco ballenero y de las técnicas de caza. Pero, ¡cuidado!: Moby Dick no es solo una gran novela juvenil de aventuras, sino una alegoría cargada de lenguaje simbólico y significados ocultos que, de acuerdo a una cierta interpretación, contiene una crítica total a la sociedad de su tiempo, sociedad que, multiplicada por mil, es más o menos la nuestra.

Composición inspirada en la novela Moby Dick, de Herman Melville
Antes de actuar vengativamente contra la naturaleza, Ajab se debería haber hecho aconsejar por el sagrado femenino de su conciencia.

La humanidad, los Estados Unidos y la tripulación

El barco ballenero, de nombre Pequod, es un perfecto ejemplo de máquina jerárquica bien organizada, desde los empresarios armadores, pasando por el capitán, los oficiales, los arponeros y hasta Panecillo, el camarero de Ajab y último mono de la tripulación. El lector es testigo de la preparación del Pequod para la travesía y en apariencia todo parece responder al patrón de empresa industrial concienzudamente preparada y orientada a la explotación del preciado recurso natural, que era el aceite de cachalote. Pero en el momento en el que el barco zarpa de Nantucket, Massachussets, el lector ya nota que nada es lo que parece en ese viaje. La tripulación es una colección internacional de razas y credos que habitualmente se ha interpretado como una representación del mundo, pero si tenemos en cuenta que son exactamente treinta, que según Chris Hedges, era el número de estados de la Unión en 1851, y que además el nombre del barco “Pequod” es el de una tribu nativa de Massachussets que fue exterminada por una alianza de puritanos y sus aliados indios, es mucho más probable, como dice Hedges, que Melville quisiera representar a su propio país, los Estados Unidos, que mientras se encaminaba a una guerra civil, se estaba constituyendo como lo que el autor dice que es la tripulación: “una delegación federada de todas las islas del mar y de todas las partes de universo”.

El poder financiero: los armadores

Los armadores, Bildad y Peleg, son cuáqueros: blancos anglosajones y protestantes. Pero debajo de su superficie de cristianismo impoluto son mezquinos y venales hasta la hez y tratan a las personas como mercancías, no dudando en explotarlos hasta el límite de la enfermedad a cambio de participaciones insignificantes en las empresas, mientras los asustan con admoniciones sobre el infierno, como si ellos ya lo hubieran visto. Tanto estos redomados hipócritas, como el capitán Ajab, como los oficiales Starbuck, Stubb y Flask, son hombres blancos y cristianos que ocupan las posiciones de poder y prestigio. El resto son “mestizos, renegados, parias y salvajes” que se tienen que hacer las labores más penosas por un sueldo de supervivencia: la esclavitud del salario.

La autoridad del capitán Ajab: sociópata y sicópata

El capitán Ajab, líder del grupo, es un usurpador mentalmente desequilibrado que se mueve por razones personales de venganza y da claras muestras de maldad calculada, pues siendo consciente de que lo podrían deponer justamente, mide sus locuras y promete sobornos para evitar el motín. Su obsesión lo ha llevado a un estado de personalidad disociada: “¡que Dios te proteja, viejo! Tus pensamientos han creado en ti otro ser”. Pero incluso en su locura, Ajab ha tenido la lucidez necesaria para diseccionar claramente el alma del hombre moderno, y se ha dado cuenta de que: solo está hecha de avaricia. El hombre siempre quiere dinero, aunque el precio de algunos sea un poco más alto. ¿Es raro entonces que Ajab tenga una concepción meramente instrumental de las personas? “Para su objetivo necesitaba instrumentos, y de todos los que se usan bajo los cielos, ninguno hay tan propenso a estropearse como los hombres”. El lunático capitán tiene hasta su guardia personal de arponeros ocultos que solo aparecen cuando se avista a Moby Dick. Ajab lleva el nombre de un cruel rey bíblico; es un fanático obsesionado con la venganza; es un señalado por su cicatriz; es un resucitado que pasó sus tres días con tres noches “como muerto”. Incluso el profeta Elías aparece en la novela para anunciar a este indeseable Mesías como heraldo de la tragedia.

Infografía: Herman Melville y Moby Dick, simbología oculta en la novela

El sistema: la industria ballenera

Si consideramos todo lo anterior, la industria ballenera que nos describe Melville tiene una profunda interpretación simbólica. El hombre blanco y cristiano, que dice traer el progreso, ha exterminado a las tribus nativas de América y ocupa ilegítimamente su suelo, el Pequod. Después ha ordenado el sistema para monopolizar los puestos de prestigio y explota al resto de razas parias, mientras se mueve de forma obsesiva y maníaca en pos del lucro, cerrando los ojos ante la evidencia de que ese aparente y efímero progreso agotará los recursos naturales, por raros y bellos que sean, como raro y bello es un cachalote albino. La avaricia lo ciega ante el hecho de que esa explotación lo está llevando a su propia extinción: Tanto Ajab como el resto de la tripulación, a excepción de Ismael, mueren enredados con Moby Dick, el objeto de su explotación, el objeto de su obsesión. Y así el hombre morirá enredado con la naturaleza, a la que está sobre explotando.

La superioridad del hombre cristiano y blanco

En varias ocasiones, Ismael critica el sentimiento de superioridad del hombre blanco y cristiano que va a la conquista de reinos nativos, como cuando cuenta la historia del capitán de barco que, sólo con el dudoso mérito de su raza y religión de nacimiento, ya se siente superior al reyezuelo indígena que lo invita a la boda de su hija, o cuando dice que él mismo: “muestra un profundo respeto por las obligaciones religiosas de su prójimo, por raras o cómicas que le parezcan y como cristiano se niega a sentirse superior”. El conquistador blanco-cristiano, además, rapiña al conquistado, pues cuando al contramaestre Stubb se le antoja un filete de ballena, y aunque Ismael aclara que “no suelen estos salvajes pescadores vivir a expensas del país conquistado, al menos hasta que se hacen efectivos los beneficios del viaje”, el cocinero se lo prepara. Todavía en 1851, Melville nos informa en su novela de la existencia de barcos negreros.

La crítica religiosa abunda en la novela, en la que constantemente se contrapone el paganismo del arponero Queequeg, que valientemente y sin alardes salva a un muchacho caído al agua, con el permanente mercantilismo y ánimo de lucro del cristiano recontra protestante, que parece solo dispuesto a moverse si hay dinero detrás. Los cuáqueros no practican la caridad, por mucho que ese sea el nombre de la hermana del armador, sino la usura. Y cuando un cristiano bebe: ¡cuidado! La frase de Ismael es rotunda cuando no le queda más remedio que compartir cama con el pagano: “Mejor dormir con un caníbal sobrio que con un cristiano borracho”. Hay una escena de simbolismo dantesco en la que los tiburones están devorando el pobre cuerpo de la ballena cazada por su aceite, enorme y antinatural despilfarro, y a instancias de un suboficial, el cocinero negro les predica, de forma muy reformistamente cristiana, eso sí, a los tiburones y les da permiso para saciarse, “siempre que lo hagan en silencio”.

Un mundo desprovisto de cariño por la naturaleza

El elemento femenino, el sagrado femenino, es casi irreconocible en la novela. Caridad, la viejecita hermana del cuáquero armador es la femineidad débil y sometida a la visión masculina del mundo. Su aportación de cariño a través de las infusiones de gengibre para los marineros es más bien insignificante. Pero Moby Dick es la femineidad fuerte que personifica a la naturaleza entera y que, como tal, nunca se someterá al ansia explotadora de la conciencia masculina desequilibrada, pues eso implica la extinción de la vida. El Ajab tullido representa la demencia del varón que se siente castrado por esa femineidad fuerte de Moby Dick: la que lo marcó en su anterior encuentro, mostrándole las consecuencias que tiene tratar desconsideradamente al propio medio que cobija la vida.

A la luz de esta rotunda diatriba contra la sociedad de su tiempo, se vislumbran las razones por las que la crítica literaria de su país arrugó el gesto cuando Melville alumbró el proyecto de su vida. Moby Dick nos cuenta que una sociedad que ha olvidado el cariño por la naturaleza y la sobre explota, que se basa en quitarles a otros lo que les pertenece, y que trata a sus miembros de forma desigual de acuerdo a su raza o religión, es una sociedad con la conciencia desequilibrada y solo tiene un futuro posible: la extinción por agotamiento y despilfarro de los recursos. Melville tuvo dificultades económicas al final de sus días y algunas tragedias familiares llegaron a hacer que se tambaleara su equilibrio mental, pero su fibra moral nunca se rompió. Trabajó muchos años como inspector de aduanas en Nueva York y se hizo famoso por su honradez en una institución de corrupción legendaria. Gracias, Herman Melville y Moby Dick.

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