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Giordano Bruno y el mundo-alma que lo llena todo

Giordano Bruno no encuentra reposo

En los artículos anteriores sobre Giordano Bruno, hemos visto como el joven sacerdote dominico de gran inteligencia tuvo que abandonar Italia debido a una denuncia por herejía, y hemos seguido su ajetreado periplo por una Europa en la que, al tiempo que su fama de intelectual se extendía, su difícil carácter le iba granjeando enemigos allá por donde pasaba y obstaculizaba su sueño de encontrar un lugar tranquilo en el que desarrollar sus ideas. Excomulgado por protestantes y católicos e inhabilitado para ejercer como sacerdote, en 1591 Bruno terminó aceptando la oferta de mecenazgo de un noble veneciano apellidado Mocénigo. En Venecia, Giordano intentó en primer lugar reconciliarse con la Iglesia católica. Entró en contacto con su antigua orden, los dominicos y también con los jesuitas, a los que planteó la escritura de un libro de teología con el que esperaba lograr el perdón del papa. Bruno era un portento que incluso en medio de aquella vida itinerante, había encontrado tiempo para escribir múltiples obras filosóficas, como “Del infinito universo y los mundos”, pero ya estaba agotado de tanto peregrinaje y había decidido que, al fin y al cabo, y vistas las malas experiencias en múltiples ciudades europeas, quizás el lugar ideal para lograr un puesto estable de profesor era la católica Roma.

Composición alegórica y atemporal sobre la ejecución de Giordano Bruno en la hoguera

Traicionado por su protector

Pero en mayo de 1592 su mecenas veneciano empezó a impacientarse ya que, por un lado no estaba aprendiendo nada del arte de la memoria que Bruno había prometido enseñarle y por otro, sospechaba que el nolano prestaba demasiadas atenciones a la señora de la casa. En lugar de simplemente despedirlo, y aconsejado por su confesor, Mocénigo escribió una denuncia que llevó a Bruno a las mazmorras de la Inquisición Veneciana, cuya tolerancia e independencia respecto a Roma resultaron ser menores de lo que se sospechaba. Por desgracia, el Santo Oficio de la Serenísima atendió una demanda de la mucho más severa Inquisición Romana y en la ciudad eterna se incorporó a la acusación un segundo testigo: un fraile capuchino con el que Bruno había compartido celda en Venecia, al que había dedicado sus habituales desprecios e insultos y que alegaba que el de Nola había admitido sus dudas sobre la Trinidad y sobre la divinidad de Cristo.

En Roma, de poco le iban a servir a Bruno su solvencia intelectual y su contundencia dialéctica, porque todos los excesos verbales y las faltas de tacto de su vida anterior se habían convertido en odio visceral y rencor permanente en los corazones de sus antiguos oponentes, que ahora lo esperaban para pasarle factura. La prisión en la ciudad del Tíber se prolongó más de 6 años, durante los cuales los señores inquisidores, encabezados por un jesuita recién llegado a estas labores típicas de dominicos, un tal Bellarmino que ahora está en los altares, intentaron documentar bien las recalcitrantes herejías del nolano. Pero no debía de ser fácil sustentar una demanda de este tipo, basada solo en las denuncias de dos frailes sobre las supuestas palabras del encausado y hubo fases del proceso en las que parecía que la acusación no iba a llegar a buen puerto y todo se iba a zanjar con una condena menor para Bruno, cuyo destino, estando ya excomulgado e inhabilitado como sacerdote, podría haber sido la reclusión a perpetuidad en algún monasterio apartado del mundanal ruido.

Bellarmino corta el nudo gordiano

Pero el nuevo inquisidor, Bellarmino, quiso hacerse digno del puesto y, celoso quizás de la estatura intelectual de Bruno, cortó el nudo gordiano de la maraña en la que se había transformado el proceso, ordenando darle tormento al reo y planteándole una lista de ocho herejías que debía reconocer para evitar la condena a muerte. Este Bellarmino ya apuntaba maneras y ensayaría este método unos treinta años después con el pobre Galileo, al que logró intimidar e hizo abjurar de las conclusiones evidentes de toda una vida de trabajo. Pero Bruno era un hombre de carácter impredecible. En lugar de humillarse y rectificar, hipótesis que algunos eruditos dicen que sopesó durante su cautiverio romano, la prepotencia de Bellarmino provocó un cambio en su propia actitud, que se tornó desafiante: “la Inquisición“, dijo Bruno, “no tenía derecho a imponerle el dogma católico por la fuerza“. Decidido a no retractarse y sabedor de su destino, Bruno, convenientemente torturado, fue entregado a las autoridades civiles, que lo quemaron vivo en el Campo dei Fiore el 17 de febrero del año 1600. La leyenda dice que el día que le leyeron la sentencia, una semana antes de la ejecución, como conscientes de la barbaridad que estaban cometiendo, los inquisidores se mostraban indecisos, y el nolano, con gesto adusto y serio, y ya decidido a convertirse en mártir, les espetó: “Tembláis vosotros más al leer la sentencia que yo al recibirla”.

Infografía: Giordano Bruno, una vida itinerante

Dios es un mundo-alma que lo llena todo

Dialéctico imbatible, intelectual itinerante, hombre apasionado, engreído, prepotente, sabihondo y envidioso a veces, asocial (“yo no escribo para la multitud. Odio a la multitud profana y la rehuyo“), y especialmente receloso del clero, al que técnicamente pertenecía, solitario por naturaleza y solo de solemnidad en su momento de mayor necesidad, Bruno se adelantó a su tiempo al comprender la pomposa vacuidad de cualquier dogma religioso y la insensatez de las disputas de fe. Por eso es de los pocos que tiene el honor de haber sido excomulgado por protestantes y por católicos, y de haber sido calificado de “hombre de religión poco recomendable” por los anglicanos. Él concebía a dios como un ente que estaba armoniosamente en la naturaleza y le parecía ridículo pretender que este ente se hubiera reencarnado en un rabino judío a comienzos del imperio romano, con objeto de liberar a la humanidad de un supuesto pecado original, que para él no era más que una invención eclesiástica.

Con sus aciertos y errores y por encima de todo, Bruno fue poeta, astrónomo, filósofo y teólogo: un erudito que quiso encontrar una utopía inalcanzable para su tiempo: la de un lugar estable y libre de la sinrazón religiosa, un lugar donde impartir sus enseñanzas, disfrutar de sus provocaciones dialécticas y desarrollar su arte de la memoria mientras promovía en libertad su visión astronómica de un universo infinito. Giordano Bruno fue el primer habitante de la modernidad: un estudioso que, tras ser torturado por sus ideas, murió defendiéndolas en silencio en algo que hoy tiene claros visos de asesinato ritual legalizado. Es inaudito el rencor y la indignación que todavía se le profesa desde la Iglesia católica. Y es inaudito que tanto su verdugo como el papa que le negó el perdón sean santos. Apañados estamos todos si resulta que el Yahvé bíblico realmente existe y ha tolerado que ambos estén en los altares, mientras bloquea la rehabilitación para el hombre que lo concebía como “un mundo-alma que lo llena todo y está en todas partes siempre“.

Comments

This post currently has 2 responses

  • Queda claro que la iglesia no es responsable de su ejecucion. Segun esto fueron las autoridades civiles de Roma y su propia cerrazon.

    • De su ejecución no, pero de su privación de libertad durante años y de su tormento, sí. Vaya que sí. Pero en fin, todo ha de enmarcarse en su tiempo para comprenderse debidamente. Y digo comprenderse, que no implica que se acepte.

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