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Giordano Bruno y el arte de la memoria

El riesgo de opinar sobre teología

En febrero de 2000 se cumplieron 400 años de la muerte de Giordano Bruno, quemado vivo en Roma en 1600 por mantener ciertas opiniones teológicas algo heterodoxas. Muchos pensaron que el entonces papa y ahora santo, Juan Pablo II, que acababa de pedir perdón por el abuso y la humillación infringidos a Galileo en 1633, iba a aprovechar también para disculparse por lo que, en términos modernos, se podría llamar un ajusticiamiento mediante asesinato ritual. Sin embargo, el papa, lejos de cualquier actitud humilde, y por mediación de los cardenales Angelo Solano y Paul Poupard, tras lamentar los crueles métodos de castigo de la época, que aclaró que imponía la autoridad secular, denegó el perdón a Bruno, alegando que “se había desviado demasiado de la doctrina cristiana”. De las órdenes de tortura que dictaba la Inquisición, el proto-santo Juan Pablo no dijo ni una palabra.

Esta actitud asaz rencorosa hacia la víctima y harto comprensiva con los verdugos, resulta chocante en el guía espiritual de una religión que presume de ser precisamente “la del perdón”, pero también nos despierta la curiosidad por saber quién fue realmente aquel Giordano Bruno y cuáles fueron esas supuestas desviaciones de la doctrina de la Iglesia que le hicieron merecedor de un resentimiento tan católicamente santo.

Composición figurada inspirada en la estancia de Giordano Bruno en San Doménico

Filipo Bruno, súbdito del rey de España

Giordano Bruno nació en Nola, Italia, en el año 1548 y fue bautizado con el nombre de Filippo, en honor al rey Felipe II de Habsburgo —sí, sí, Felipe II de España, el prudente— del que, como todo napolitano de la época, era súbdito. Su padre trabajaba como caballero mercenario para el ejército del rey y eso permitió a su familia de clase media situarse bien en la sociedad napolitana y costear al niño una exquisita educación con los frailes dominicos. Completado el seminario a la edad de 24 años, Filippo ingresó en la facultad de teología de San Doménico, la misma en la que se había formado el gran Tomás de Aquino, y un destino solo al alcance de las familias pudientes. Desde el principio, el joven Bruno destacó por su inteligencia extraordinaria y presta, por sus asombrosas dotes memorísticas y por su facilidad para los idiomas. Pronto dominaba el latín, el griego y el hebreo.

En 1569, Filipo fue enviado a Roma para hacer una demostración ante el papa Pio V, al que recitó de memoria y en hebreo, el Salmo 86, hacia adelante y hacia atrás. El interés de Bruno por el hebreo no era casual. La suya era todavía una época de gran influencia de misticismo cabalístico y el hebreo se consideraba la primera lengua de la humanidad. Era una época de gran presencia judía en Italia, y muchos eran descendientes directos de los judíos españoles expulsados en 1492, tanto que a los judíos se les solía llamar simplemente, españoles, y no precisamente en el tono insultante con el hoy usan este gentilicio algunos españoles independentistas vascos y catalanes.

Giordano Bruno y el arte de la memoria

Su primer campo de interés fue el de las técnicas memorísticas, campo en el que bebía de fuentes medievales como Sacrobosco, Ramón Llull o el mismo Tomás de Aquino, y renacentistas, como Nicolás de Cusa y Marsilio Ficino. Bruno llegó a mejorar notablemente estas técnicas, basadas en el establecimiento de vínculos entre imágenes e ideas. Desde el Ars Magna de Ramón Llull, y dado que se aceptaba que la memoria era una facultad del alma y que, en palabras de Ficino, “el alma solo entiende de fantasmas”, o sea, solo entiende el lenguaje de las imágenes (fantásticas), se concluía que las imágenes impresionaban la memoria de forma mucho más eficaz que las palabras, por lo que la asociación entre ambas podía facilitar la memorización de ideas o de textos largos y complejos. El acceso posterior a la información memorizada se hacía mediante la evocación de las imágenes, que se ordenaban mentalmente según métodos de arquitectura de memoria y se enlazaban con la idea, la frase o el texto almacenado a través de un sistema de vínculos narrativos. Es la misma técnica que usábamos de pequeños para aprendernos las dinastías con las habitaciones de la casa, pero en esquemas más complicados y con personajes mitológicos, símbolos astrológicos u objetos imaginarios que se combinan en ruedas concéntricas de varios niveles.

Aunque no está claro hasta qué punto Bruno desarrolló las técnicas memorísticas y cuan eficaces eran realmente, se sabe que sentía verdadera pasión por el asunto. Por eso se interesó por recuperar las formas antiguas de la retórica griega y romana, basadas igualmente en técnicas de memoria artificial, y parece que, en lo que se refiere al sistema de vínculos entre la imagen y la idea representada, llegó a mejorarlas apreciablemente. Esta preocupación Bruniana por pulir el arte de la memoria respondía a dos objetivos últimos que hoy bien podríamos calificar como uno computacional y otro mágico. Filipo creía que aumentando la capacidad de la memoria, se estaba en mejores condiciones para comprender la complejidad total de la creación, lo cual resultaba en un mundo mejor organizado, y por tanto más fácil de comprender (computación) y también de controlar o, si llegaba el caso, de manipular (magia natural).

Infografía: Giordano Bruno, influencias y obra

Viajando por un mundo infinito

Su segundo campo de interés temprano fue el de la astronomía, en el que rápidamente se convirtió en un experto, particularmente en los aspectos prácticos del tratado de Sacrobosco titulado De Spherae, el mismo libro que Galileo elogiaría unas décadas más tarde por su precisión. Bruno estuvo también muy influenciado por las rompedoras ideas de Nicolás de Cusa que, mucho antes que Copérnico, se oponía al todavía vigente sistema geocéntrico, y escribía sobre viajes guiados por un querubín a través de “un millar de mundos”.

Con esta pasión por el conocimiento y con las peculiaridades de su carácter respondón, sabihondo e intelectualmente petulante, Fray Filippo adoptó el nombre de Giordano en honor a un antiguo prior del convento y se ordenó sacerdote, tras lo cual cantó su primera misa en 1572. Cierto es que su visión del cristianismo nunca encajó bien en la ortodoxia católica, pues ya siendo un joven estudiante había creado conflictos en San Doménico, al retirar de su celda todas las imágenes de santos, por considerarlas paganas, y dejar solamente una cruz monda y lironda, algo sospechosamente reformista.

Una peligrosa mezcla de ingenio y vanidad

Pero lo que gradualmente iba a revelarse como letal para la integridad de Bruno era su combinación de ingenio punzante, incontinencia verbal y vanidad intelectual, combinación que lo llevó a la perdición. Ya en sus tiempos de mozalbete en el seminario, fue denunciado a la Inquisición por hacer chanza de otro novicio que leía extasiado “Los siete gozos de la Virgen“; y recién empezado su doctorado, su defensa apasionada de la capacidad intelectual de los herejes, le granjeó la animadversión visceral del fraile que le enseñaba filosofía.

Aunque hacían falta dos denuncias para que la Inquisición incoara un proceso por herejía, Bruno debió de pensar que esa no era buena forma de empezar el sacerdocio y, enterado de que el responsable de los dominicos en Nápoles, también herido en cierta ocasión por alguno de sus habituales desplantes, había mostrado interés por la denuncia, decidió colgar la sotana, poner tierra de por medio y ampliar sus horizontes culturales, sin sospechar que allí comenzaba una existencia vagabunda que lo acompañaría durante el resto de su vida.

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