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Giordano Bruno: el intelectual errante

Giordano Bruno: la leyenda del intelectual itinerante

En el artículo anterior de esta serie hemos visto como Giordano Bruno, joven nolano de agudo ingenio, educado en los dominicos de Nápoles, con dominio de las lenguas clásicas y muy interesado en las artes de la memoria, se vio obligado a abandonar Nápoles en 1576, después de haber sido ordenado sacerdote, y debido a una denuncia al Santo Oficio relativa a su opinión positiva sobre la capacidad intelectual de los herejes. Giordano no sospechaba que allí se iniciaba una existencia itinerante que lo acompañaría el resto de su vida. Se dirigió primero al norte de Italia y estuvo brevemente en Venecia, Padua y Génova. Desde allí pasó a Lyon y luego a Ginebra, por entonces ya feudo del calvinismo. Era el año 1577 y un Bruno en plenitud de facultades intelectuales, y con cierta notoriedad entre la comunidad de frailes católicos, buscaba un puesto vacante en la universidad para enseñar astronomía, teología o quizás su misterioso arte de la memoria. Mientras tanto, se ganaba el sustento dando clases particulares a algún noble.

Pero el destino de Giordano Bruno: el intelectual errante, era no encontrar el reposo y pronto se vio obligado a abandonar Ginebra cuando, tras escribir una crítica contra un profesor de teología llamado Antoine de La Faye, fue encarcelado, obligado a retractarse, su escrito fue quemado en público y él mismo fue excomulgado del calvinismo y obligado a convertirse si quería vivir en Ginebra. Bruno huyó a Francia. Pasó otra vez por Lyon y llegó después a Toulouse, donde después de ganar una oposición de profesor de filosofía, explicó durante dos años el texto “Sobre el alma” de Aristóteles (384-322 a.C.). Pero en 1581, asustado por las guerras civiles religiosas que asolaban media Francia, huyó al más tolerante París, donde consiguió ser recibido en audiencia por el rey Enrique III, el cuál quedó tan impresionado con el arte de la memoria del nolano que lo nombró Lector Real. Por entonces la fama de las trifulcas intelectuales de Bruno y de sus supuestas hazañas memorísticas ya había dado la vuelta al continente y el provincial de los dominicos de Nápoles, que sin duda le guardaba un amargo rencor por los desplantes del pasado, había conseguido apartarlo del sacerdocio y excomulgarlo también del catolicismo, aunque fuera “in absentia”.

Composición gráfica inspirada en la vida errante del sacerdote católico Giordano Bruno

Petulante, prepotente, sabihondo

Está bien documentado que Bruno, con un aire de evidente superioridad intelectual, no se cohibía de vituperar, no solo al principal de los dominicos de Nápoles, sino a casi todo el que osaba llevarle la contraria en un debate, incluidos todos los eruditos de su tiempo, a los que llamaba usualmente “asnos”. Para él, las cátedras de las universidades de su tiempo estaban dominadas por la “asnalidad” de unos engreídos que se limitaban a leer las lecciones en voz alta sin explicarlas. Su propuesta era la de un acercamiento didáctico distinto y en sus lecciones usaba un estilo efusivo que adornaba con ejemplos que dejaban cautivados a sus oyentes. Pero aunque prepotente y petulante, Bruno parecía sobre todo disfrutar de esas provocaciones y siempre tuvo claro que las mayores tonterías con las que se podía enredar el ser humano eran las estériles disputas religiosas: Le repugnaba que los eclesiásticos se arrogaran derechos de interpretación exclusivos, por ejemplo, sobre la lectura de textos sagrados. En marzo de 1583, convencido de que tras el decepcionante final del Concilio de Trento (1545-1563), Francia se encaminaría hacia una vuelta inquisitorial a las esencias del tipo español, Bruno huyó a Inglaterra.

Inglaterra: la gran decepción de Bruno

Inglaterra era, al menos en teoría, un territorio mucho más abierto a las heterodoxas ideas de un hombre como Bruno, que a sus 45 años llegaba a la pérfida Albión en plenitud de facultades intelectuales, con fama de dialéctico imbatible y con ganas de encontrar una cierta estabilidad que le permitiera desarrollar su pensamiento sin trabas. Pero tampoco Inglaterra le iba a ofrecer el ansiado reposo. Los propios espías de Isabel I lo habían catalogado de “profesor de filosofía de religión poco recomendable”, es decir, ni católico, ni protestante: una cosa rara en la época y para su desgracia, los intelectuales ingleses resultaron un hueso duro de roer. Durante sus famosas conferencias de Oxford, Bruno fue ridiculizado y abucheado por su excesiva gesticulación mediterránea y por su latín de acento y pronunciación a la italiana, del que nadie entendía una palabra. También lo acusaron de ser un mero plagiarista de las ideas de Marsilio Ficino y Nicolás de Cusa. Herido en su talón de Aquiles: su orgullo intelectual, Bruno intentó devolver al público inglés, al que trató de rudo y maleducado, cada brizna de desprecio recibido, guardándose de excluir de sus desaires a la soberana Isabel I, por la que siempre dijo profesar admiración. En 1885 el embajador francés en Londres, que había sido su protector en la isla, fue relevado del puesto y volvió a París con todo su séquito, incluido un Bruno que, pese a los abundantes reveses, no terminaba de aplacar sus aires de superioridad y de matizar sus desplantes olímpicos a cualquier adversario que no le bailara el agua intelectual, que inmediatamente se convertía en un “asno”.

Infografía sobre los viajes por Europa del sacerdote católico Giordano Bruno

Bruno en zona Luterana

En París, Bruno se interesó mucho por los trabajos de Fabrizio Mordente y su compás de reducción, con el que esperaba respaldar las teorías atomistas del De rerum natura, de Lucrecio. Pero tras una absurda disputa por la autoría de las ideas sobre el compás, Fabrizio pasó de ser considerado por Bruno como el “dios de los geómetras” a ser un idiota, el nuevo “asno” de la lista del nolano. Incapaz de encontrar un medio de subsistencia en París, en 1586 Bruno probó suerte en la luterana Mainz, donde no encontró trabajo, y luego en Maburgo, en cuya universidad se inscribió como “profesor de teología romana”, lo cual debió de sentar a cuerno quemado al rector, que le prohibió dar clases. El asunto terminó con un nuevo cruce de insultos y con Bruno otra vez huyendo de la ciudad para evitar males mayores y haciendo méritos para la excomunión de la única rama cristiana occidental que le faltaba: la luterana. Marchó a Wittemberg, donde el príncipe elector había establecido una política de tolerancia religiosa que, con su fama ya bien consolidada en toda Europa, le granjeó una buena acogida. En Wittemberg, Bruno dio clases de teología en la universidad y gozó de dos años de cierta estabilidad, quizás los más tranquilos de su vida adulta. Lamentablemente, en 1588 fue elegido un nuevo príncipe de fe calvinista, lo que obligó al excomulgado Bruno a huir a la Praga de Rodolfo II. Allí intentó hacer valer su condición de napolitano, y por tanto súbdito de Felipe II, para buscar la protección del embajador español, pero solo consiguió venderle un libro.

Bruno no se quedó mucho tiempo en Praga y continuó con su romería por la zona luterana. Durante casi dos años recorrió Tubinga, Helmstedt, Frankfurt y Zurich, alojándose en monasterios, pero como seglar, y arañando el sustento de algunas clases particulares impartidas a nobles locales. En 1591, incapaz de encontrar un puesto fijo, aceptó la oferta de mecenazgo de un noble veneciano llamado Giovanni Mocénigo para enseñarle su arte de la memoria. Pero iba a ser en la ciudad de los canales donde el destino estaba esperando a Bruno para pasarle cruel e injusta factura por su largo historial de enemistades y desplantes.

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