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George Orwell y 1984: Temas principales, parecidos razonables y futuro indeseable

1984: miedo e ignorancia

Junto al Quijote, 1984 es una de las novelas más impactantes de mi experiencia lectora y, si hacemos caso a la opinión general de crítica y público, también lo es del fondo bibliográfico de la especie humana. Hay mucha gente que ha leído el Quijote y no ha comprendido su mensaje fundamental, el más importante, según mi opinión, claro, de los muchos que incluye, a saber: el mundo se estropea cuando falta el amor al prójimo y solo se puede arreglar como resultado del agregado de los arreglos individuales por propia voluntad de cada una de las personas que lo componen. Ese “arreglo” consiste en la transformación quijotesca personal e intransferible, o sea, el compromiso con la defensa de la verdad y de la ley natural: principio de no agresión y corolario de defensa, con fuerza proporcionada, ante la violencia y la agresión. Pues bien, 1984 se podría considerar como la cara opuesta al Quijote, la novela que nos cuenta cuál será el destino del mundo si el miedo reina y si las personas no se “arreglan” y no se comprometen con esos principios de la verdad y la ley natural. Si el ideal del Quijote extrapolado nos lleva a un mundo de individuos libres, valientes y con ganas de aprender, que se conocen y se gobiernan a sí mismos y que están dispuestos a defender la verdad y la ley natural allá donde se necesite, 1984 nos lleva a un mundo de esclavos dominado por el miedo y la ignorancia, donde reina el caos y la tortura, todo ello en el marco de un totalitarismo perfecto, en el que papá Estado, o sea el partido INGSOC, controla hasta la última brizna del último pensamiento del último mono del sistema.

Dicen que George Orwell, seudónimo de Eric Blair, se inspiró en el estalinismo de la Unión Soviética de los años 1940 para describirnos cómo es una sociedad gobernada por el miedo; un miedo que en su mundo de ficción se ha instalado como principio rector de todas las relaciones humanas, no solo desde el gobierno hacia la población, sino de la propia población hacia ella misma: maridos contra mujeres, hijos contra padres, amigos contra amigos, bueno, la verdad es que en 1984 ya no hay amigos, quiero decir camaradas contra camaradas. En definitiva, y recurriendo a la definición apofática, que siempre suele ser más eficaz, se trata de una sociedad en la que ha desaparecido cualquier trazo, rastro, muestra o chispa de amor: paterno-filial, fraternal, romántico, amistad, comunitario, lo que sea. Y con el amor, ha desaparecido todo lo que habitualmente lo acompaña: la verdad, la sabiduría, el gozo. El partido tolera la prostitución, pero persigue las relaciones basadas en el afecto o en el erotismo, y deniega cualquier permiso de matrimonio si sospecha que hay enamoramiento detrás. Es una sociedad de camaradas nominales que, aunque no lo admitan, saben que viven en y para el miedo, en y para el odio, en y para la tortura. 1984 es una sociedad de muertos vivientes, de máquinas humanas sin emociones; es una sociedad zombie.

Vista figurada del Londres de Orwell en 1984
El Ministerio de la Verdad era una enorme estructura piramidal de cemento armado blanco y reluciente que se elevaba unos 300 metros en el aire…

1984: caos y esclavitud

Los individuos de 1984 tienen miedo personalmente, y el agregado de estas personas no podía ser otro que una sociedad con miedo colectivo: una sociedad esclavizada y caótica. El pico de la pirámide gobernante lo ocupa el Gran Hermano y bajo él está el Partido Interior. Desde esos niveles se ha instaurado un sistema de control totalitario perfecto, pues además del terrorismo, que organiza el propio gobierno en forma de ataques de falsa bandera, es la misma sociedad la que se auto controla, purgando cualquier mínima disidencia en cuanto la detecta. Los hijos se arrebatan a las familias bien pronto, y son entrenados como espías para que aprendan la delación desde la cuna. Así, crecen entre juegos, conferencias, duchas frías, canciones y consignas, para llegar a la juventud desprovistos de cualquier atisbo de sentimiento natural. Desconocen completamente lo que es el cariño y llegan a adultos con perfiles de psicópatas. El partido es como una secta que les proporciona el falso sentido de pertenencia e identidad que ni padres ni amigos les han dado. La intimidad y la privacidad han desaparecido, pues no solo todo el mundo delata a todo el mundo, sino que el Partido ha instalado telepantallas y micrófonos en todas las estancias, en todas las calles, incluso en el campo, de forma que cualquier gesto o ademán menor que suponga una muestra de desacople con lo que se supone que debe ser un buen ciudadano, cualquier muestra de heterodoxia o de desacuerdo, es localizada y neutralizada por la policía del pensamiento. La mayor de las herejías es el sentido común. El terror del ciudadano medio es tal que lo que más teme es hablar en sueños, pues contra esa expresión inconsciente no hay disimulo ni autocensura que valga. Por supuesto, 1984 es una sociedad materialista donde la gente también tiene miedo de sí misma, de su auténtico ser espiritual, que todos niegan que exista. “Nada hubo antes del hombre y nada quedará después de su paso”, dice O’Brien, representante del Partido Interior, los que copan el vértice de la pirámide.

 

Guerra perpetua contra enemigo invisible

La ignorancia y la mentira son el cimiento que permite la extensión y el mantenimiento del sistema de 1984, basado en el miedo continuo y universal. El Gran Hermano proporciona un enemigo perpetuo, Goldstein, que justifica un estado de guerra perpetua. La guerra requiere un ejército, y la guerra perpetua un ejército sobre dimensionado, que así se auto explica como ente necesario y como principal consumidor de los recursos que generan otros, la mayoría, los sirvientes, los oprimidos, los que creen que esto es ley de vida y aún dan gracias porque al menos ese gobierno-ejército les protege del malísimo Goldstein, y sirve también para justificar la existencia de jerarquías fuertes entre los individuos, ya que si no existieran estas jerarquías la organización defensiva sería un caos y el enemigo Goldstein se los comería en un pispás. La guerra sirve también para eliminar el exceso de producción proveniente del progreso, pues la ciencia, que en 1984 está completamente sometida al poder, trabaja, en primer lugar, para la guerra, en segundo lugar para la guerra y en el resto de los lugares también. La ciencia sirve solo a la guerra. El ciudadano atrapado en esta red de mentiras fabricadas, no tiene opción ante un órdago que además el sistema hace explícito cuando alguien pide aclaraciones sobre aspectos dudosos. En lugar de dar esas aclaraciones se amenaza: o estás con nosotros o estás con ellos. La mentalidad nosotros/ellos nunca debe faltar en un sistema de control mental que se precie.

Fomento de la ignorancia

Sin embargo, la auténtica realidad, que Julia sospecha con buena intuición femenina, es que no hay ningún enemigo exterior, Goldstein es un puñetero cuento. Es el propio gobierno del Partido Interior el que atenta contra la población con bombas que estallan en mitad de las zonas residenciales y autogiros que eliminan a su propia gente de forma selectiva. Así se mantiene el estado de terror, se justifica la guerra, y se consiente la existencia de la plutocracia criminal del Partido Interior, que con estas excusas acapara los recursos materiales, se aprovecha de la riqueza que genera la clase media, y disfruta de privilegios exclusivos que colman sus aspiraciones terrenas: buen vino, buenas viandas… Para fomentar la ignorancia y el desconocimiento entre la gente, el gobierno aprovecha el sustrato de miedo que genera ese terror de falsa bandera y manipula constantemente la información sobre el pasado. Para ello fuerza el cambio de los recuerdos a través de la tortura, caza y destruye libros y modifica los registros pretéritos en soporte papel, que es a lo que se dedica Winston. Pero además de actuar hacia el pasado, el gobierno fomenta la ignorancia futura empobreciendo artificialmente el lenguaje. Lo que no se puede expresar, no existe. El individuo no necesita calificar algo con toda la variedad que permite la riqueza expresiva del idioma: aceptable, mejorable, suficiente, criticable, bueno, excelente, malo, pésimo. Basta la dualidad bueno/nobueno. El resultado es ignorancia y miedo a la amenaza mortal permanente: el archienemigo. Ese miedo se transforma en odio a través de la teatralización regular a la que se llama “los dos minutos del odio”. La propaganda de los medios de masas, que están totalmente controlados por el Partido, y los atentados regulares, también organizados por el Partido como ataques de falsa bandera, refuerzan y mantienen el miedo y lo proyectan como odio al enemigo, justificando el estado de guerra permanente. El gobierno tiene poderes para detener en secreto a cualquier ciudadano, en cualquier momento, y no existe derecho a un abogado, ni a un juicio. La gente, simplemente, es vaporizada, y nadie pregunta por ellos, ni aunque sean familiares, pues eso ya podría considerarse como un signo de disidencia.

Ilustración figurativa sobre los riesgos del exceso de protección
¿Puede el exceso de protección tornarse perjudicial para el ser humano? Según propone Orwell en 1984, sí.

El sistema aplasta al individuo con la tortura

La lectura de 1984 se hace trabajosa conforme avanzan los capítulos, y llega un momento en el que solo se aguanta porque se va intuyendo la rebelión del protagonista, de Winston Smith. Pese a la virtual perfección del sistema de control del Partido, todavía queda algo de humano en muchos individuos, algo que les hace intuir que las cosas no están bien, que no siempre fueron así y que no tienen porque ser siempre así. Ese algo es a lo que el autor se refiere como “la protesta muda de la carne y los huesos”. Como en Farenheit 451, un viejo intelectual será la clave, y aquí también la trampa, que incite a Winston a la rebelión. Ya habíamos visto que su humanidad no estaba destruida del todo, pues, signo conspicuo de debilidad, se compadeció de una joven que había sufrido heridas en el brazo tras un bombardeo: Winston mostró un destello de amor. Winston aún tiene corazón y le dice algo impensable a la muchacha: “¿Te has hecho daño?”, algo que le confirma que ya se ha rebelado y que, al conectar con su humanidad, está andando hacia su perdición. Pero su revuelta final no puede ser más inocente. Solo consiste en vivir su amor por esa muchacha, que en secreto le ha pasado un mensaje todavía mucho más revolucionario: “Te quiero”. Winston quiere vivir ese amor en el espacio, aparentemente seguro, que les proporciona un cuartucho alquilado, sin telepantalla ni micrófonos. Su amor será breve: una trampa preparada por el sistema, al que personifica O’Brien, que nos enseñará que la perfección del totalitarismo deriva de la aceptación consentida por parte de la masa de los principios básicos del miedo y la mentira. Pero para aquellos que se rebelan y para muchos otros que no, el sistema tiene preparada la guinda de la tortura. La tortura es la marca de la casa del totalitarismo y es la mejor prueba del poder del sistema sobre el individuo. La tortura ahuyenta pensamientos de disidencia y es capaz de tornar la mentira en verdad consentida. Cuando Winston ya ha sufrido indecibles tormentos, empieza a dudar sobre si dos y dos son cinco, pues algo en lo que todo el mundo está de acuerdo, aunque sea solo por el miedo al dolor, debe de ser verdad ¿No dicen los espiritualistas que el pensamiento es lo que da forma a la realidad? La tortura asegura y certifica la opresión omnímoda del gobierno, la muerte de la libertad, pues de otra forma: ¿Cómo podría estar el gobierno seguro de que el individuo está haciendo algo solo porque a él le gusta? No basta con la obediencia al: “haz lo que te digo”. La tortura permite saber al opresor que el torturado hace lo que se le impone por miedo al poder del torturador, y por tanto permite afirmar el poder del sistema sobre el individuo más allá de toda duda.

 

1984: Colusión de criminales

A través del miedo se consigue que la gente crea lo que haga falta. Dos y dos ya no son cuatro, ni cinco, sino lo que el sistema diga, aunque sea lo contrario a lo que decía ayer. El miedo individual y el miedo grupal agregado, generan el relativismo total de la sociedad, no ya solo de los valores, sino hasta de las certezas aritméticas. Eso tiene un nombre: “negroblanco”, y responde al proceso llamado “doblepensar”; un proceso por el que, al hacer que el individuo entre en pánico, se consigue el control completo de la mente a nivel inconsciente, de forma que alguien así sometido puede sostener sinceramente una opinión y su contraria como perfectamente válidas. Se hace lo que sea, se dice lo que sea, se piensa lo que sea para sobrevivir. Orwell pinta una sociedad que ha logrado eliminar cualquier rastro de cariño en las relaciones entre la gente y que, con el apoyo del sistema de vigilancia total, ignorancia, guerra, propaganda, miedo y tortura, junto a la eliminación de la disidencia, es, en realidad, un infierno en vida. La mentira es la reina en un mundo en el que el ministerio de la paz se ocupa de la guerra, el ministerio de la verdad se ocupa de la propaganda y el ministerio del amor se encarga del control social por el miedo. 1984 es una sociedad infernal donde reina un orden maléfico que resulta del caos sembrado por el propio poder para autopreservarse en un golpe de estado continuo. Ordo ab caos. En los individuos no queda ni rastro de lo que todavía hoy entendemos por conciencia, y si aparece un destello la vigilancia ubicua permite al sistema neutralizarlo en poco tiempo. El gran perdedor de 1984 es lo que podemos considerar la clase media o la burguesía, que se ve oprimida desde arriba por el Partido Interior, y desde abajo por la delincuencia mafiosa. Cuando está ya detenido, Winston se sorprende de las buenas relaciones que hay entre los guardias de la cárcel, los perros del sistema, y los delincuentes comunes, las hienas del sistema. Ambos parecen compartir métodos y objetivos. De hecho, los cargos de confianza en los centros de reclusión de 1984 solo los ostentan los gangsters y los peores criminales, que forman una especie de aristocracia del lumpen. En 1984, la clase de criminales potentados del Partido y la canalla de los criminales de las mafias delincuenciales comparten objetivos y coluden en asociación de intereses, de una forma casi natural, en la explotación de la clase media, la única que a través de su trabajo (la creatividad se ha suprimido) aporta verdadera riqueza a un mundo gobernado por los parásitos de arriba, la cleptocracia, y encarcelado por los parásitos de abajo, la cleptoguardia.

Boceto a color de George Orwell
No me culpen a mí. Yo solo escribí una historia de ficción. Han sido ustedes los que la han transformado en un modelo de sociedad y los que la están implantando, unos por acción y otros por omisión .

La religión de 1984: satanismo ateo

Winston escucha como O’Brien justifica la tiranía: “El Partido, INGSOC, tiene que llevar las riendas porque los hombres de la masa son criaturas débiles y cobardes que no pueden soportar la libertad, ni encararse con la verdad, por eso deben ser domeñados y engañados sistemáticamente por otros hombres más fuertes que ellos. La humanidad solo puede escoger entre la libertad y la felicidad, y para la gran masa era preferible la felicidad. El Partido es el eterno guardián de los débiles, una secta dedicada a hacer el mal para lograr el bien, sacrificando su propia felicidad a la de los demás.” Y también O’Brien le da a Winston la definición de la tiranía perfecta: “El totalitarismo perfecto no contempla al poder y a la tortura como medios para acaparar recursos o riquezas, sino como fines en sí mismos.” El Partido INGSOC ha establecido algo así como una modalidad de luciferianismo oscuro, de satanismo ateo: materialismo, individualismo, solipsismo, miedo, teatralización del odio, relativismo, elitismo… todo esto en un lugar siniestro en el que todo el mundo está asustado, sospecha del resto y hace lo que sea por sobrevivir. “El poder es poder sobre otros hombres” dice O’Brien, aclarando bien que el satanismo es ateo, y añade, “El poder es Dios y nosotros somos sus sacerdotes. Fuera del hombre no hay nada y cuando éste desaparezca no habrá nada”. Efectivamente, el ateísmo se complementa con la pretensión de ese grupo de mamones sacerdotes de elevarse a la categoría de dioses: secuestran, matan, torturan y roban recursos cuando y donde les place. “Antes el mundo buscaba el amor y la justicia”, continúa diciendo el despreciable hierofante del poder, “pero 1984 es: un mundo de miedo, de ración y de tormento, un mundo de pisotear y ser pisoteado, un mundo cada vez más despiadado en el que el dolor crece. El futuro será una bota pisoteando un rostro humano.”

1984: se supone que era solo una ficción

Hasta hace poco el ejemplo recurrente para buscar puntos de comparación para la fábula de Orwell eran las dictaduras comunistas de la extinta Unión Soviética, o de la Corea del Norte de la dinastía de los Kim Yong. Pero en nuestro mundo presente de Occidente post 11-S pasan cosas sospechosamente parecidas a las de 1984. Los atentados terroristas se han transformado ya, no en actos, sino en verdaderos “acontecimientos” mediáticos regulares que resultan en la siembra generalizada del pánico, con modus operandi parecido aunque con matices, y que vienen acompañados siempre de una gran confusión informativa inicial. Los medios de masas ya no analizan ni siguen las noticias, ya no se piden reconstrucciones de los hechos, no se exigen autopsias, no se difunden imágenes, más que las justas para dar verosimilitud, que nunca certezas, a la versión oficial. Los aspectos confusos solo se analizan en blogs independientes, muchos de los cuales son también disidencia controlada y siembran todavía más confusión mezclando terrorismo con ovnis y brujas, lo que sirve para catalogarlos, a ellos y a todos los investigadores independientes, como chiflados, y si no, como gente intolerable que desvía la atención del verdadero enemigo. Y si aparecen dudas, como suele pasar si uno mira en conciencia, por ejemplo: ¿por qué durante el 11-S cayó también el edificio 7? ¿Dónde están los restos del avión que se estrelló en el pentágono? ¿Por qué el 11-S, el 7-J y el Bataclán coincidieron con simulacros? Ninguna de estas dudas se analizará en los medios de masas porque se disuelven rápidamente con el enfoque en el siguiente atentado que siempre está al caer. Desde el 11-S, cada nuevo “acontecimiento terrorista” sirve para impulsar leyes que recortan libertades civiles: 11-S, Patriot’s Act; 11-M, refuerzo de autoridad de la UE; 7-J una especie de Patriot’s Act en Gran Bretaña; Bruselas 2016, nuevas leyes aeroportuarias, más poderes policiales; Charlie Hebdo, Bataclán y Niza, ley marcial en Francia y nuevas agresiones contra ¡Siria! Ola de atentados en Alemania: control de internet, control de la venta de armas, permisos para que el ejército patrulle las calles y registre y detenga civiles a discreción y a punta de fusil de asalto, es decir, ley marcial de facto, o sea, estado de guerra perpetua, aplicación directa de leyes militares o cuasi militares, limitaciones al derecho de reunión, juicios por tribunales militares, torturas en instalaciones militares secretas…

Esquema sobre los atentados del Nuevo Orden Mundial
Esquema que muestra algunas pautas o patrones comunes a los grandes atentados del Nuevo Orden Mundial: coincidencia con simulacros, justificación de leyes restrictivas y guerra, explicaciones oficiales llenas de sombras…

Como en 1984, todo ello viene acompañado de una neolengua propia: al secuestro gubernamental se le llama detención preventiva, a la agresión militar justificada con mentiras, guerra preventiva, a la tortura gubernamental, interrogatorio mejorado, a la ley marcial, estado de emergencia. Como los autogiros de 1984, los drones de Usa y el Reino Unido, a las órdenes de sus premieres, y coreados por sus parlamentos, liquidan sospechosos sin juicio en Siria, Pakistán o Yemen, y colateralmente liquidan también civiles inocentes de forma indiscriminada. No lo digo yo. Lo dice Amnistía Internacional, que se supone que sabe de esto. Como la tortura de 1984, Obama reconoció que su gobierno ha torturado a gente; se arrepiente por lo bajini pero ni él ni su sucesor, al que las aguadillas le parecen poco, hacen propósito de enmienda, ni la comunidad internacional levanta mucho la voz para recordarles que existen leyes específicas y universales contra la tortura, ni parece existir en este mundo un nuevo juez Garzón que persiga a estos nuevos Pinochets. Al contrario, una encuesta reciente en España revela que la mayoría, hasta un 65% en la franja de entre los 18 y los 30 años, da por buena la tortura, lo que nos da una idea del grado de avance en lo que se refiere a la implantación gradual, fehaciente, consentida e incluso aplaudida por las masas, del sistema de 1984. Como el enemigo perpetuo de 1984, un supuesto terrorismo islamista, personificado primero en Al Qaeda y ahora en el Estado Islámico, criaturas ambas que importantes dirigentes occidentales, entre ellas toda una señora Clinton y todo un señor Donald Trump que ahora es presidente de su nación, señalan como creadas, criadas y manutenidas, ya sea por acción o por omisión, en régimen completo o de media pensión, por su propio país, atenta ya casi en días alternos, con bombas, pistolas, camiones y coches, y con activistas que se radicalizan por contagio, como si les hubiera mordido un zombie, o casi por inspiración divina, de la noche a la mañana y que, antes de suicidarse, dejan siempre pruebas ridículas e inequívocas de su filiación: banderas del Estado Islámico en el apartamento, llamadas a emergencias para hacer confesiones de adhesión inquebrantable en medio de un tiroteo, tarjetas de identidad dejadas por descuido en el asiento del camión, un pasaporte entre los escombros pulverizados del 11S, una cinta de video autoincriminatoria en una papelera junto a la mezquita de la M30, o un ordenador en una papelera cercana al piso franco de Bruselas que contiene, como no, una confesión. Como en 1984, sospechamos en muchos casos la colusión entre los niveles gubernamentales y los delincuenciales, la sospechamos en casos como el de JFK y la vemos confirmada, sin ir más lejos con los GAL en España. Como en 1984, la guerra perpetua contra el archienemigo, que el presidente Bush declaró solemnemente tras el 11-S: a “war on terror”, ha resultado, con la excusa de la gran pantomima de la Primavera Árabe, en agresiones militares múltiples e injustificadas contra países de Oriente Medio y en la desestabilización y el desmembramiento total de los que, de entre ellos, eran los más estables, ricos y religiosamente más moderados o incluso laicos: Iraq, Libia, Siria. Como en 198. Gracias a los testimonios de Assange y Snowden, sabemos que estamos inmersos en un sistema de control total: cámaras de vigilancia callejera, cámaras y micrófonos pinchados en móviles y ordenadores, y más aún en la inminente internet de las cosas, pinchazo de serie en las gafas de Google, pinchazos en las cámaras en los coches, cesión secreta de datos de emails por parte de las corporaciones de internet a las agencias de espionaje usanas, uso de las embajadas para espionaje industrial, puertas traseras en todo el software, y cesión obligada de datos obtenidos por espionaje integral de toda la actividad en Windows 10, facebook, Pokemon Go…

Esquema sobre la sociedad controlada de 1984
El gráfico explica cómo el sistema de 1984 “impone” la felicidad: terrorismo de falsa bandera en el interior y guerra perpetua en el exterior

Olvida la libertad; firma aquí y serás feliz

Al omitir la demanda de explicaciones por las enormes dudas que generan los “acontecimientos terroristas”, al mirar para otro lado mientras los drones de Occidente asesinan en Oriente, al respaldar la tortura por razón de Estado (mañana podría ser un conocido tuyo), al aceptar la ley marcial dentro y la agresión militar permanente fuera, al resignarnos al sistema de control total de las corporaciones de internet y los servicios de espionaje, al hacer dejación, en definitiva, de nuestros deberes de ciudadanos libres, concedemos y consentimos que el miedo vaya apoderándose del mundo y anticipamos que pasado mañana, o incluso hoy por la noche, seamos ya nosotros mismos los que van a ser objetivos de drones, víctimas de torturas, bajas colaterales de acontecimientos terroristas en el aeropuerto de nuestra ciudad o prisioneros de una guerra que se nos impone desde fuera. Todas las libertades que costaron bien caras a nuestros padres y tatarabuelos y que nosotros hemos heredado de balde, las estamos cediendo a espuertas a cambio de una seguridad, o como diría O’Brien, a cambio de una felicidad que cada vez es más precaria y que a este paso, pronto se reducirá al plato de lentejas a medio día, y al capítulo de “Muertos bibientes” por la noche. La historia es un ejemplo claro de que libertad y seguridad van siempre juntas. No se puede tener una sin la otra. La oferta que nos hace el sistema actual con cada nuevo atentado: “renuncia a esta parcela de libertad y te garantizo la seguridad”, es una mentira con patas, un verdadero chantaje que se negocia en estado de estupor y miedo y que solo vale hasta el siguiente atentado. Decía Franklin, creo, que de esto parece que sabía algo, que el que cede su libertad a cambio de seguridad, no se merece la una ni la otra y termina perdiendo ambas.

En fin, amigos, si alguien está apreciando parecidos razonables entre 1984 y la forma en la que se está desordenando nuestro mundo del siglo XXI, haría bien en volver a leer esta novela inspirada, profunda, desasosegante y cortante como un cuchillo herrumbroso y mellado. Pero daos prisa, porque en papel cada día se encuentra menos y también los Kindle tienen puertas traseras. Amazon borró miles de copias de 1984 en formato ebook que sus clientes habían pagado religiosamente y que, por tanto, les pertenecían legalmente. Cuando se airearon algunas quejas, el gigante respondió que no lo volvería a hacer, salvo que se lo pidiera el gobierno. Y después, volved a leer el Quijote, porque me temo que viene una época en la que los que conserven el corazón intacto, y me gustaría estar entre ellos, tendrán que irse yendo a las ruinas de la cuadra del pueblo, a desenterrar la lanza y el escudo del tatarabuelo y encomendarse a su Dulcinea imaginaria o real. Nos van a dar más palos que  a Sancho en Barataria. Pero: ¡y lo bien que nos lo vamos a pasar! Se buscan: Quijotes. Razón: el mundo que te rodea. Método: no agredir y no tolerar la agresión ni a ti ni a tus hermanos, sean cristianos o moros. Quijotismo no es buenismo, es ley natural: ama a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo.

 

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