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El zombi: violencia gratuita en el entretenimiento

Orígenes del género zombi

El trío clásico de monstruos del terror: Drácula, Frankenstein y el licántropo, formó tradicionalmente algo así como un club exclusivo al que no podían acceder otros engendros de menos empaque: espectros pantanosos, híbridos escamosos, eslabones perdidos de tipo antropomórfico, momias faraónicas, o incluso el malísimo Mr. Hyde, arreando garrotazos a los parlamentarios de modales harto refinados. Pero entre los años 1930 y 1960, apareció una nueva criatura de ficción dramática con gran potencial terrorífico: el zombi o cadáver reciente reanimado. En las primeras cintas que protagonizó: “White zombie (1932)”; “La rebelión de los zombis (1936)”; “Yo anduve con un zombi (1949)”; “zombis en Broadway (1945)”, el zombi no tenía su perfil actual de traspellado(1) caníbal, sino el de un sujeto caribeño dizque muerto, quizás solo catatónico, hechizado por vudú o quizás intoxicado con una infusión de datura o estramonio. Es posible detectar algunas referencias clásicas en la idea del zombi, quizás en el mito de Osiris, rey de los muertos del Egipto faraónico y muerto viviente, o al menos una especie de frankenstein él mismo, después de que la pobre Isis rebuscara los cachos y los uniera de nuevo en un conjuro. Nuestro poeta hispano romano Lucano, nos cuenta también en su Bellum Civile, sobre una hechicera llamada Ericton, a la que se dice que Pompeyo consultó en cierta ocasión, y que era capaz de hacer que un muerto recuperase la vida insuflándole un “virus lunar” (2). Algunos incluso podrían pensar que la criatura Frankenstein tiene algo osírico, y por tanto zómbico, en su estructura, y quizás Mary Shelley tenía en la cabeza el mito de Osiris cuando pergeñó su novela sobre el nuevo Prometeo en aquel caserón suizo junto al lago. Osiris y Frankenstein, en cualquier caso, no son zombis, pues no tienen la carencia que caracteriza al zombi moderno: la conciencia.

George A. Romero y la redefinición del género

Digamos, en fin, que el zombi de las primeras películas del género solía ser un resucitado mediante el vudú y que, lejos de tener voluntad propia y hambre canina como los zombis de hoy, estaba dominado por la voluntad de algún controlador maligno, al que normalmente interpretaba el inefable Bela Lugosi, que lo usaba como trabajador esclavo a destajo, como asesino implacable, o como soldado, con la ventaja adicional de que no protesta, cumple con los horarios, no cobra salario y no hay que darlo de alta en la seguridad social. Pero en 1968 la cosa zombi adquirió nuevos tintes cuando se estrenó la película “La noche de los muertos vivientes” del director George A. Romero; un film que desubicaba a los zombis de su habitual arraigo caribeño y los desproveía de su carácter de peones dominados por el amo a través del vudú o las drogas de sumisión química. Los zombis de Romero estaban bien muertos, con encefalograma plano, y su resurrección no tenía nada de sobrenatural, sino que era el daño colateral de cierta tecnología de radiación. Reanimados por los rayos y desprovistos de cualquier otro instinto o pensamiento, los zombis romerales callejeaban con una idea fija: comerse a todo humano con el que toparan. Romero ha dicho que se inspiró en la novela Soy leyenda (1954), de Richard Matheson (1926-2013), en la que el último humano tiene que salvar al planeta de una epidemia de vampiros. Quizás Romero pensó que no era elegante que los resucitados, con ese aspecto de andrajo y podredumbre, anduvieran chupando sangre, y por eso los puso a devorar carne, pero tomó prestada del mito vampírico algunas ideas, como la del contagio por mordedura, y la forma oficial de ejecutarlos, que en vez del tradicional método transilvánico de la estaca en el corazón, fue el expeditivo y muy propio de aquellos lares, tiro en la tapa de los sesos. Está visto que cada cultura desarrolla sus mitos de acuerdo a los medios materiales de los que dispone.

Ilustración figurada sobre el fenómeno audiovisual zombi
Los zombis moviéndose por un marco de ruinas clásico que antaño fue un mundo de individuos libres y conscientes. Ahora ya no.

Romero defendía su creación con poses intelectuales y aseguraba que tras la fachada terrorífica y repugnante, su propuesta contenía una crítica social y política a los Estados Unidos de los años 1960-70. La fachada del mundo ideal con los frigoríficos a reventar y un coche por familia tenía un fondo de consumismo desbocado, matrimonios en descomposición, competición desmedida por el estatus en el curro y expansionismo militarista en apoyo del petrodólar, lo que permitía drenar en beneficio propio los recursos de otros sin que apenas se notara el truco. La película fue un gran éxito de taquilla, lo que llevó al director a lo largo de su dilatada carrera a perpetrar muchas nuevas entregas, cada cual más asquerosa y obscena que la anterior. Y es verdad que hay que reconocerle a Romero, que el zombi es un monstruo muy apropiado para caricaturizar ciertos aspectos de nuestra sociedad de hoy: el consumo desmedido, el encefalograma plano, el abuso de unos contra otros y la indiferencia de los que lo contemplan esperando que, si no hacen mucho ruido, nunca les pase a ellos, la despersonalización y pérdida de la conciencia del individuo-ciudadano, la estultificación y la glorificación de la masa comedora-compradora que “siempre quiere más” y que se conduce por los instintos primarios que la publicidad moderna explota hasta la hez mientras dice que no hace publicidad subliminal: el sexo y la supervivencia. Contra todo pronóstico, el impresentable zombi ha desbancado al elegante Drácula, al robusto Frankenstein, al tío del garrote Jekyll y al lobuno licántropo, y es hoy el monstruo alfa del club del terror, y como el terror es el género rey, el zombi es ahora el rey tonto de la cultura pop.

Michael Jackson y la salida de la marginalidad

Sin embargo el zombi romerales no terminó de salir de la marginalidad de la contracultura más arrastrada, condenado al fondo de lo más cutre de las series B y Z de los cines de barrio, hasta que el rey de los ídolos del pop, Michael Jackson, lo incluyó como figurante del grupo de ballet de estilo stacatto que lo acompañaba en su video superventas Thriller y finalmente se caracterizó el mismo como muerto viviente, mientras Vincent Price se partía el pecho a base de carcajada malvada en el fondo sonoro del vidrioclis. Esa fue la vía definitiva de aceptación del zombi en la cultura popular, o sea, la cultura juvenil, es decir, la única cultura que queda, al menos de las que tienen derecho a subvenciones estatales. Y no nos equivoquemos, la gran aportación cultural del pobre Michael Jackson, q.e.p.d., a nuestra civilización no es su legado musical, sino más bien la normalización del zombi o como diríamos ahora en plan políticamente correcto: la visibilización del zombi. El Rey del Pop le dio la alternativa al zombi para que se convirtiera en rey del terror. A partir de ahí, el nuevo monstruo caníbal se ha apoderado del cine, de la literatura y del videojuego, y ha madurado hasta un punto que ninguna otra criatura oscura había alcanzado. Pese a su lentitud y torpeza habituales, el zombi crea terror por su característica presentación en masa y por una voracidad que ni Carpanta en Nochebuena, aspectos ante los cuales al pobre y asustado humano solo le queda la huida.

El zombi y la violencia gratuita en el entretenimiento from Eloy Caballero García

Entretenimiento, violencia y obscenidad

Aparte del cambio completo del propósito del zombi, que pasa de ser una especie de robot o matón del controlador caribeño, a una masa informe cuyo único objetivo es deglutir carne humana, una de las características que diferenciaba a los muertos vivientes de Romero de los inocentes zombis de Lugosi, Karloff y compañía, era la violencia sanguinolienta y la obscenidad del canibalismo que este director decidió mostrar en pantalla de forma, nunca mejor dicho, descarnada. El recurso a este tipo de efectos especiales truculentos en la ficción es siempre una muestra de falta de imaginación, por mucho que los de Troma intentasen presumir de creatividad e intelectualidad canallesca merecedora de un premio en Cannes. Es la fuerza de los desposeídos de la contracultura, que con el tiempo termina corrompiendo más a la ya de por sí corrupta, por definición y por subvención, cultura oficial. Romero habla de crítica a la sociedad y al gobierno, y seguramente algunos espectadores de aquellos tiempos vieron esas imágenes como rompedoras y se les removió la conciencia con la incomodidad y la molestia que generaban. Pero yo pienso que son un elemento completamente accesorio que, más que otra cosa, solo dan fe de las limitaciones del narrador y por encima de cualquier intento pedante de lectura profunda, lo que causan en el espectador no es reflexión sesuda, sino miedo, trauma y asco.

Esquema sobre la influencia del genero zombi en la violencia gratuita en productos audiovisuales
El género zombi: nacimiento, desarrollo y gratuidad de la violencia en el entretenimiento audiovisual

Sin embargo, hoy en día la violencia, la sangre y la brutalidad se han apoderado hasta tal punto de la ficción narrativa visual, que tras medio siglo tragando estas imágenes obscenas, nuestro umbral de tolerancia está por las nubes y cada vez es más difícil estimularlo. Hammer, Troma y las películas de zombis de Romero han tenido mucho que ver en este estado de cosas que va progresivamente empeorando mientras presumimos de que ya no hay censura y lo disculpamos todo pensando que así tiene que ser para que haya verdadera libertad de expresión. Gracias a Romero, a Hammer, a Troma, a Tarantino y a sus imitadores, la antigua serie B de los cines, el gore, la casquería, es hoy parte de la serie única, y los guiones tampoco son mucho mejores. Hoy ya es posible no solo la aberración de matar gente en los videojuegos, sino la inhumanidad de descuartizarlos. La mayor parte de los videojuegos de adultos mejoran la resolución en pantalla con cada entrega. Sí, pero también invitan al usuario a elaboradas estrategias de venganza, asesinato, maldad, cálculo y agresión al prójimo. Y no solo lo hacen los mayores de edad, sino también los niños, porque como el Call of Duty está en casa y como los padres están muy liados con el trabajo, pues ancha es Castilla. Y mientras tanto, todavía hay expertos que dicen que hoy el mundo es menos violento que nunca y que eso es gracias a que el aumento de violencia en el entretenimiento nos sirve de vía de escape para los peores instintos. ¿De verdad? Pues entonces que nos metan más casquería todavía en Deguoquindiez y en Juegos de monos. Si nuestro mundo de agresiones militares constantes, terrorismo indiscriminado y manipulado en los medios, agotamiento de recursos, polución del planeta, envenenamiento del aire, desaparición de personas y satanismo ideológico rampante es el mundo menos violento de la historia, entonces: ¿cómo será un mundo violento de verdad? Pero caminemos o no hacia la perdición de las almas de las nuevas generaciones, yo quería hablar del zombi, y el caso es que tras extenderse con éxito por todos los rincones del orbe, la plaga de los zombis ha contaminado ya todas las variedades del negocio del entretenimiento y hoy se les ve tanto en los dibujos animados dirigidos al segmento del público infantil, como en las películas para adolescentes: Mi novio es un zombi, las películas para niños: Tim Burton y su perro zombi, las canciones: Mi novia es una zombi, como incluso en el negocio del merchandising, hasta el punto de que una de las muñecas de la colección Monster High, dirigida a niñas de alrededor de diez años, es, como no, una zombi. No me puedo imaginar, en mi infancia de los años 80, un geyperman zombi.

El triunfo del zombi viene a demostrar que en este mundo nuestro de prevalencia de lo audiovisual, no hay horror, por muy lúgubre que se pinte, que no sea capaz de hacer la transición que va desde lo innombrable hasta el peluche que decora el dormitorio de los peques. Pero el zombi no es más que otro síntoma de la enfermedad que se extiende por el planeta cual lamparón de aceite por solapa: el miedo. Tenemos miedo a perder el trabajo, miedo al divorcio, miedo a que nos atraquen, miedo al terrorismo, miedo a la guerra, y por supuesto, tenemos miedo a la muerte, que es el fondo y resumen de todos los demás miedos. Parte por planificación deliberada de los que llevan el negocio del entretenimiento, parte por nuestro aplauso como consumidores ante la presentación de estas inmundicias narrativas, el sistema se auto optimiza y nos da más de lo mismo. No hay ninguna gran mente pensante conspirando para que los chicles CHAS estén en todas las gasolineras de España. Se trata de un proceso de auto optimización: el productor propone su idea, la publicidad la vende con engaños y el consumidor “asustado” (amenazado en su instinto de supervivencia) la acepta y la compra, o sea, consiente. Contratazo CHAS-GASOLINERAS y santas pascuas. A partir de ahí: más y más, el círculo virtuoso. Lo mismo está pasando con ese producto de consumo llamado entretenimiento audiovisual. Compramos y aceptamos el miedo, la violencia y la crueldad que nos ofrecen, que ya se empiezan a tomar como parte habitual del paisaje humano. Si funciona con películas, dibujos animados y videojuegos, se apuntan después los fabricantes de cartas, de juguetes, de chicles. Los productos infantiles se han llenado de demonios, asesinos, torturadores, vampiros, dragones, calaveras, esclavos, símbolos mágicos, sepulcros; Lovecraft alucinaría si levantara la cabeza… El mal ahora mola y el dinero del mercadeo no entiende de moral. Decimos: ¡qué le vamos a hacer! ¡El ser humano es así! ¡Golpea primero! El miedo siempre funciona como estrategia de control, por eso lo usan los matones de colegio de pequeños, los matones de la mafia de adultos, y los matones de la guerra a todas horas. Si se acepta el miedo por instinto de supervivencia, el mundo termina siempre siendo un infierno de esclavitud en manos de los brutos, infierno que se prolongará hasta que haya un nuevo rearme moral de la sociedad, un recuerdo y reaceptación de los principios de la ley natural, o sea no agredir nunca y defenderse de las agresiones siempre. Da igual que haya mentes conspiradoras detrás. Nosotros podemos cortar esta dialéctica rechazando este tipo de productos. El simple hecho de no consumirlos los haría desaparecer en unas semanas. No es obligatorio ver estas basuras. Los vemos porque queremos.

Si este es el mundo menos violento posible, ¿cómo puede ser que una encuesta en el diario El Mundo en 2016, revele que en España, entre el 58% y el 65% del personal justifica la tortura en ciertas situaciones, en concreto, para un islamista que conoce los detalles de un próximo atentado? ¡Ese 58% se convierte en un 65% entre el personal con edades comprendidas entre los 18 y los 29 años! ¿Hay alguien ahí? ¿Y quién iba a aplicar esa tortura? ¿Un ciudadano elegido por sorteo? ¿O lo delegaríamos en un cuerpo especial de funcionarios torturadores con acceso a través de oposición? Si consideramos que España, con sus particularidades, puede considerarse un país típico de Occidente: ¿Significa eso que Occidente considera, mayoritariamente, que la tortura está justificada en ciertas situaciones? ¿Significa eso que más de la mitad de nuestros congéneres ignoran la ley natural más básica: no hacer daño nunca, y nunca es nunca, a otro ser humano, sea islamista o no? Aceptamos que si otros torturan, entonces nosotros también, ¡golpea primero!, sin darnos cuenta de que precisamente el hecho de no aceptar eso es lo que nos haría buenos y morales. Golpea primero significa: agrede, que así empezarás con ventaja. Pero tenemos miedo, mucho miedo y la línea que distingue el bien y el mal se nos hace borrosa, relativa, y lo único que entendemos es el instinto primario por antonomasia: la supervivencia a toda costa. Estas cifras de la encuesta de El Mundo del año 2016 son peores que otras antiguas que se pueden consultar en internet, lo cual me lleva a pensar que el miedo se extiende por el planeta del Nuevo Orden Mundial a base de terrorismo, guerras, noticias manipuladas y entretenimiento macabro, y que lo hace con más intensidad entre las nuevas generaciones, las que más sufren las indecencias del entretenimiento moderno en forma de películas y videojuegos en los que se puede masacrar gente, matar zombis, invadir países, e incluso ponerse en el lugar de un psicópata para descuartizar al personal. Todo muy edificante. ¡Así son las cosas! En pocos años tendremos una población perfectamente comprensiva con la tortura y absolutamente ignorante de la ley natural: no hagas a los demás lo que no te gusta que te hagan a ti. En estas condiciones el campo está sembrado para que los próximos torturados no sean ya supuestos islamistas, sino nosotros mismos, en nuestro propio país, por los propios funcionarios que mantenemos con nuestros impuestos, y por vete tú a saber que razón peregrina. Ya hay países de Occidente donde son legales la detención preventiva y el interrogatorio mejorado.

Siempre queremos más: ahora necrofila, revenants y esbirros de los zombis

El negocio del entretenimiento empezó a lanzar miedo y comprobó que, con el tiempo y una caña, el público lo aceptaba de buen grado. El negocio del poder y el control de los recursos comprendió que el miedo del entretenimiento resonaba con el miedo que ellos también necesitan sembrar para tenernos asustados. Esas propuestas de miedo se van aumentando y refinando, combinando la ficción visual con la noticia real, la película con el telediario, cada vez más. Degollamientos, canibalismo, ultraje, profanación ya no aparecen solo en Juego de monos, sino en el noticiario de la noche, con el locutor-loro que repite lo que le dice el teletipo con tono neutral y cara de póquer. Y no parece haber nada que pueda parar esta tendencia, ni la decencia, ni incluso las propias leyes del país. Como dice ahora un anuncio de un canal de televisión, “lo que caracteriza al ser humano es que siempre quiere más”. Y por eso el zombi ya empieza a sabernos a poco. Está dando síntomas de agotamiento. El próximo paso adelante en la evolución de nuestro gusto por el entretenimiento macabro es una serie que viene, cómo no, de allende los mares, en la que nos tenemos que mostrar comprensivos y hasta reirle las gracias a un tipo que le consigue carne humana a su amada, que es una zombi. Ignorancia, confusión y apatía. Es una reedición de la insólita maldad “Déjame entrar”, pero en vez de vampiros, zombis. Estas asquerosidades persiguen que el ser humano llegue a “entender” que hay otros seres semihumanos que viven de vampirizarlo, y que encima no tienen que trabajar porque siempre hay mendrugos que están dispuestos a servirles la sangre y la carne. Eso sí, hay que reconocer que los vampiros siempre van marcando tendencia. Y ojo, la última vuelta de tuerca necrófila que ya estamos aceptando como entretenimiento de calidad es la moda de los revenants, los revenidos, los que vuelven al pueblo muchos años después de su deceso, algo desorientados, y bastante cambiados. q.d.n.p.c.

Notas

(1)Muerto de hambre

(2)Las brujas y su mundo. Julio Caro Baroja

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  • Este apunte lo he sacado de la revista Muy Salud, año 2015, número 4. Wade Davis, que es un afamado antropólogo, informó de muertos saliendo de sus tumbas en Haití. Parece que se debía a la toma de tetrodotoxina, la neurotoxina letal que se extrae del pez globo. Por lo visto, esta sustancia impide la contracción muscular y la transmisión de impulsos por el sistema nervioso, total que da al vivo apariencia de muerto y cuando se pasan los efectos, se produce la “resurrección”. Este puede ser el origen científico de tantas leyendas de este tipo en aquella isla.

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