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El nacimiento del mito del diablo

El mito del diablo y el territorio infernal

El mito del diablo sigue hoy presente en las vidas de muchos creyentes de las religiones abrahámicas: judaísmo, cristianismo e islam. En nuestros días, estas personas de fe sincera conciben al diablo como ser supremo de segundo nivel y gobernante maligno de un territorio, a la vez metafórico y físico, que es el infierno. Su misión principal, en el régimen normal de la vida, sería lograr la condenación del mayor número posible de almas, a las que después disfrutaría torturando durante toda la eternidad. Adicionalmente el diablo tiene una misión especial como anticristo y heraldo del apocalipsis en el momento del fin de los tiempos.

Es obvio que no todo el mundo, ni siquiera entre las personas de fe auténtica, comparte estas ideas. Pero incluso el segmento más devoto de la población, tiene que comprender que esto no siempre fue así; que hubo un tiempo en el que, en la imaginación de la gente, no existía el diablo, ni el infierno; y por tanto es lícito preguntarse: ¿Cuál es el origen de este mito?

Politeísmo, monoteísmo y el problema del bien y el mal

El fenómeno religioso está presente ya desde los primeros testimonios de la civilización. Los cultos arcaicos buscaban ganarse el favor de las entidades sobrenaturales, a las que atribuían la seguridad, la salud y las buenas cosechas.

Los ritos propiciatorios estaban basados en supersticiones, pero no dejaban de ser intentos de evitar el mal, que con su presencia, planteaba un problema de difícil solución, ya que: si todo se había efectuado de forma correcta: ¿cómo es que llegaban desastres, enfermedades y guerras?

En el marco del politeísmo, los dioses no eran enteramente buenos o malos y muchos ritos propiciatorios que para nuestros ancestros eran normales, hoy se tendrían por fechorías (sacrificio animal y humano, ingesta de sangre, castración, mutilación). Desde la óptica arcaica, el problema del mal se solía achacar a un rito mal ejecutado, o a la simple mala disposición de la deidad responsable. El triunfo del monoteísmo marcó un cambio, pues el dios único era un autócrata que debía estar libre de cualquier sospecha de maldad. Por eso se terminó configurando un esquema dualista, que asignaba el mal a otro ser supremo de menor entidad. El monoteísmo es en realidad un duoteísmo asimétrico.

Infografía sobre el nacimiento y desarrollo del mito y la figura del diablo

La lectura del Antiguo Testamento revela cómo el diablo se va formando, al asumir progresivamente los roles de los personajes malignos de las Escrituras: Lucifer, el ángel rebelde en Isaías 14.12; Satán, un espíritu normalmente malvado que aparece en varios pasajes (1Crónicas 21.1; Job y varios más). También se suele identificar al diablo con la serpiente del jardín del Edén, aunque la lectura bíblica se refiere simplemente a la “serpiente”, o quizás al “culebro”, como algunos estudiosos dicen que figura en el hebreo original (nâchâsh-נחשׁ).

Los primeros trabajos del diablo

El Satán veterotestamentario permanece fundamentalmente inactivo (Job 2.1 a 2.7), con algunas menciones sueltas e insignificantes en Salmos y Zacarías. Pero en el Nuevo Testamento, Satán ya está plenamente identificado con el diablo y muestra una actitud mucho más laboriosa, tanto en los evangelios, como en las cartas apostólicas, como en el Libro de la Revelación. Por ejemplo, en Mateo 4.1 a 4.11, Satán aparece como una figura poderosa, que tienta a Jesús infructuosamente con zalamerías y engaños.

En las cartas de Juan (1 Juan 2.18; 2.22; 4.3 y 2 Juan 1.7) se introduce la figura del anticristo. Y finalmente en el salvaje Libro de la Revelación, o Apocalipsis de San Juan, se habla de la bestia marcada con el 666 (Revelación 13.18), y de cómo será derrotada en la gran batalla final (Revelación 19.20), y aclara (!) que el dragón (la bestia), la serpiente, el diablo y Satán son la misma cosa (Revelación 20.2)

Alegoría de la gran tentación del diablo a Jesús: si me adoras todo esto te daré

El infierno como espacio de existencia cierta

En el marco bíblico, el infierno, o incluso el inframundo, no tiene existencia conceptual hasta bien avanzado el Antiguo Testamento. Las primeras referencias a una posible vida de ultratumba mencionan el simple descenso a la tumba (Génesis 37.35; 1Reyes 2.6; 1Reyes 2.9), o la estancia en el seno de Abraham.

Posteriormente, siempre dentro del ámbito judío, surge el concepto de Sheol, como lugar de destino de las almas de los muertos, sin distinción de buenos o malos. Esta idea se refina con el paso del tiempo en los escritos bíblicos, y da lugar a la Gehenna, como fase intermedia en la que las almas malvadas, deben purificarse en el fuego durante un tiempo (un año), antes de poder entrar definitivamente en el Sheol. Hay que esperar al Nuevo Testamento, para escuchar las amenazas de Jesús sobre la Gehenna, pero no ya como estación de tránsito hacia el Sheol, sino como lugar opuesto al Reino de los Cielos; un lugar en el que no se efectúa una simple purificación por fuego, sino que se recibe una tortura, con llanto y crujir de dientes, y en el que sobre todo, el periodo de estancia no es un año, sino toda la eternidad.

Una mención confusa en las cartas de Pedro, concretamente en 1 Pedro 3:18-20; 4:6 y el credo de los apóstoles aprobado en el concilio de Nicea (325 d.C.), asientan la noción de que Jesús hizo una turné por los infiernos durante los tres días que siguieron a su muerte, y dan así empaque a la noción del infierno como polo opuesto al cielo, y como lugar de existencia cierta que Jesús había visitado físicamente.

Satán queda en segundo plano

El principal problema para el cristianismo, ya como religión oficial y única del imperio romano, fue el de las herejías, derivadas de las asombrosas imprecisiones teológicas de las Sagradas Escrituras. El cristianismo se tuvo que emplear a fondo a base de mandobles, somantas y hoguera para librarse de arrianos, nestorianos, priscilianos y muchos otros, y dejar una fe católica única y esplendorosa.

Hasta el final de la edad media, Satán quedó relegado a un segundo plano y aunque tenemos los testimonios patéticos de algunos anacoretas, a los que siempre andaba tentando con los pecados carnales, se puede decir que el diablo nunca fue, ni mucho menos, el problema central del cristianismo hasta llegada la época de las cruzadas.

Sin embargo, cuando los cruzados comenzaron a regresar de Tierra Santa, se produjeron algunos cambios, que hicieron que el diablo se convirtiera en una figura de importancia clave en el desarrollo del cristianismo medieval. Lo contaremos en el próximo artículo sobre el mito del diablo.

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Comments

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  • Gracias. Quedan todavía dos artículos más sobre el mito del diablo que espero sean tan interesantes. Yo creo que si, pues una vez comprendido su origen, es imprescindible analizar su consolidación y su prevalencia en nuestro mundo actual.

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