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El ministerio del tiempo

El ministerio del tiempo: un fenómeno transmedia

En 2015 Televisión Española emitió una serie de ciencia ficción de producción propia, titulada “El ministerio del tiempo”. Ya desde el primer capítulo se apreció que tanto la ambición del proyecto, como la confianza en el producto eran grandes, pues después de cada episodio se emitía el “tras las cámaras” y todo iba acompañado de una formidable estrategia de ruido en la caja de resonancia de las redes sociales. ¡Apenas empezando y ya con miles de seguidores en facebook! También la crítica de lo audiovisual se levantaba casi antes de acostarse y se deshacía en elogios, congratulándose por el fin de lo que se daba a entender como un retraso secular y anómalo en las producciones españolas de ciencia ficción, comparado con el mundo anglosajón, claro, y particularmente en ese campo tan querido de los viajes en el tiempo: “ya era hora”, “necesitábamos algo así”. La estrategia transmedia de la promoción a través de facebook, twitter, instagram, foros de historia, whatsup, etc, ha funcionado muy bien, aunque, como pasa tantas veces en estas cosas de las redes sociales, nunca llega uno a saber cuanto ruido es “blanco” y cuanto es “falso”, es decir artificial, generado (entiéndase pagado) a base de animadores de foros, “comunity managers” y “trolls” buenos.

Las reglas del viaje en el tiempo

La idea de partida no es mala. La presidencia de gobierno de España tiene un departamento secreto llamado Ministerio del Tiempo, que controla el acceso al pasado a través de unas puertas prodigiosas cuyo secreto estaba en un libro que perteneció a un rabino judío del siglo XV, libro que el rabino cedió a las autoridades en la época de la expulsión de 1492 a cambio de protección. Hasta aquí, bien. Al fin y al cabo, es norma de la ficción que uno se vea obligado a hacer aquello que decía Cervantes: “la suspensión del entendimiento”, o en términos matemáticos: a aceptar los axiomas en base a los cuales se construirá todo el sólido edificio de la teoría, por muy extravagantes que sean.

Conviene conocer el resto de las reglas. Cuando Julián pregunta incrédulo al director general si es que de verdad existen los viajes en el tiempo, éste le contesta que no, que lo que existen son las puertas del tiempo. Y cuando le pregunta si se puede viajar al futuro, le replica que tampoco, que: “el tiempo es el que es”. Cien años después de la teoría de la relatividad, la serie se aproxima a la idea de tiempo de una forma a la que podríamos llamar intuitiva o quizás “Hgwelliana”, por lo de la máquina del tiempo de H.G. Wells. O sea: el tiempo no tiene nada que ver con el espacio. El presente es el frente de avance de la hélice del tiempo auténtico. El futuro no existe, pero el pasado sí y además es accesible, ya sea mediante una máquina o mediante una puerta. Esas idas al pasado permiten cambiar cosas que, en virtud de la ley de causa y efecto, repercuten en toda la secuencia temporal subsiguiente hasta el presente auténtico que, primera inconsistencia, ya no es el mismo presente que era en la partida. Algo ha tenido que pasar con la línea temporal de partida: ¿se ha desvanecido? ¿Existe como universo alternativo en otra dimensión inaccesible?

Composición figurada del Madrid del futuro remoto entrando por la carretera de Burgos
¡Qué no! ¡Que en esta época no se puede entrar a Madrid por la A1!

El comando del tiempo

El problema que la serie nos pide que aceptemos como conflicto principal y motor del argumento es que hay por ahí ciertos personajes perversos que conocen la existencia de esas puertas y matan el aburrimiento usándolas para cambiar el pasado. Y ahí es donde entra el ministerio, que va reclutando agentes por el presente y el pasado (recordemos que el futuro no existe) y los va enviando en misión especial para solucionar esos intentos de reescribir la historia. Al principio parece que el criterio de selección es buscar gente desesperada, como son los casos de Julián, o de Irene; o gente desahuciada, como el pobre soldado de tercios, Alonso. Pero luego vemos que también se buscan “cerebros”, como Amelia, que son necesarios para liderar a estos equipos que, de otra manera, irían caminito del desastre con su impulsividad y falta de reflexión.

Resbalones temporales

El visionado de la serie, pese al sorprendente entusiasmo masivo de fans y críticos, se hace difícil después del primer capítulo. Los guiones se saltan desde el minuto 1 las reglas del juego temporal que ellos mismos han establecido. Hay agentes del tiempo contratados en cada época, es decir, contemporáneos que saben que hay un futuro y que interactúan con él. El ejemplo más llamativo es el director general del ministerio en la época de Isabel II que, en su presente, frente de avance de un tiempo auténtico que aún no debería tener futuro, puesto que el guion ha establecido que “el tiempo es el que es”, despacha amigablemente con su homólogo de 2015, donde se supone que también el tiempo debería ser el que es. Por otro lado vemos que ciertos cambios en el pasado, han quedado en naderías en la línea del presente, como una “tablet” dibujada en un cartel del desdibujado Dalí. Y vemos también que las continuas excursiones no autorizadas que los personajes hacen al pasado por motivos emocionales se diluyen si dejar influencia en nada, como si fueran el vaho de la respiración en un espejo. Otras veces, personajes que parece que deberían tener más información aparecen ignorantes. El propio Franco, como jefe de estado, debería estar informado de la existencia del ministerio y sin embargo, en el episodio que protagoniza, el pobre no sabe nada.

Infografía sobre las inconsistencias temporales de El ministerio del tiempo de TVE

Anécdotas históricas

La excusa de viajar al pasado presenta oportunidades inmejorables para darnos a conocer algunos personajes de nuestra historia. Y la serie no lo desaprovecha. Empezamos con Lope de Vega, el citado Franco, Isabel de Castilla, Torquemada, el Empecinado, Dalí, Lorca, Buñuel…Pero en general los guiones los tratan de forma muy superficial y anecdótica. Es verdad que debe de ser todo un reto hacer un retrato digno de alguien en 45 minutos, pero me ha sorprendido que el mejor construido es el anónimo autor del Lazarillo. Lo de ese Velázquez sin acento sevillano y obsesionado con la fama de Picasso no encaja. Lorca se reduce a, en palabras de Buñuel: un “maricón”, y en las suyas propias: “un hombre con sueños premonitorios al que le gustan los hombres, pero que odia los afeminamientos”. “Bien. Me parece bien”, responde Julián aportando la postura de tolerancia y normalidad ante los gustos sexuales de Lorca en la que, para mí, es la mejor escena de toda la serie: ese primer plano de las caras de ambos en el que Lorca le pregunta “¿Tú vienes del futuro?”.

La televisión como pastor

Está muy bien el orgullo patriótico de serie española, pero reducir a los personajes de nuestra historia a la mínima expresión de un matiz de su personalidad y no esforzarse en sintetizar lo que realmente fue su vida y cuál fue su aportación a nuestra cultura, puede verse como desinformación, más aún si consideramos que la serie se emite desde un medio público y generalista, del que digo yo que cabría esperar más que la simple anécdota.

La serie es diversa en la orientación sexual de varios personajes protagonistas y secundarios. Lorca y Julián nos introducen a la normalidad gay en uno de los capítulos, y el personaje de Irene, del que se pone buen cuidado en mostrarnos abundantes primeros planos de culo y abdominales perfectos en varios episodios (enhorabuena a CGC, si como parece son suyos), nos introduce a la normalidad lesbiana, que es la que habitualmente vemos reflejada en la convivencia diaria de pareja, con legaña, bostezo y besitos en la cama. La agente Irene mezcla trabajo y placer y no duda en abordar casi a cualquier muchacha de cualquier época con la que, por razones profesionales, se tiene que encontrar. Julián es “hetero” y tolerante, pero es un amargado que pasa del vinagre con el mundo (yo creo que Rodolfo Sancho se ha pasado de vinagre en su personaje), a la ingenua candidez con su mujer fallecida. La única ocasión en la que lo vemos disponerse a practicar sexo con otra mujer, es de forma seca y desprovista de amor. Nada de besitos, tía, solo silencio ceñudo y: “ponte mirando a Oriente”. Que quede claro que, como Julián, yo también le diría: “Bien. Me parece bien”, al Lorca que se confesaba gay. Pero al tratarse de una serie de la televisión pública para espectadores a partir de 12 años, sospecho que se está usando la ficción televisiva como medio de transmisión de ideas normalizadoras, o sea como medio de adoctrinamiento. Seguro que muchos dirán que hacía falta, pero yo desconfío de una sociedad pastoreada por la televisión, aunque sea en el aspecto de la actitud hacia la diversidad sexual. Una sociedad así deriva en élites adoctrinadoras e individuos dóciles. Los mismos individuos dóciles que antes no aceptaban esos comportamientos porque las élites de antaño los desaprobaban blandiendo algún libro sagrado, ahora los aceptan porque la tele les dice que son normales.

En fin, aunque yo me ponga tremendo, la serie ha sido un exitazo y estaremos atentos a la segunda temporada para comentarlo por aquí. Mientras tanto, os dejo con un análisis de la simbología del logo de la serie.

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Comments

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  • Hay mucho beso lésbico, asunto gay, y mucho culo y abdomen de Irene (CGC). Pero eso lo han hecho porque saben que el morbo engancha al público. No hay que darle más vueltas ni buscarle tres pies al gato, ni desinformación ni ingeniería social ni nada. Es una serie de entretenimiento que tiene trucos que funcionan para sujetar a la gente en frente de la pantalla. Eso es la televisión. Todo el mundo debería saberlo a estas alturas y no esperar que lo culturicen o lo instruyan, solo que lo entretengan y lo distraigan, que ya está bien.

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