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El ministerio del tiempo (Temporada 2)

Segunda temporada de El ministerio del tiempo

Ya expliqué en el anterior artículo “ministérico” cuales eran, en mi opinión, las incongruencias temporales más llamativas que contenía la primera temporada de la serie de televisión El ministerio del tiempo. Parto de la base de que el público aficionado al género de la ciencia ficción y más concretamente al subgénero de los viajes en el tiempo, no se conforma con cualquier cosa y no lleva bien que le den gato por liebre, especialmente en lo que se refiere a la coherencia argumental. De hecho, desde que Igor Novikov expresara su conjetura y Stephen Hawking la suya, que no son más que reformulaciones del principio de causalidad, casi todos los guiones de este tipo se han preocupado por no faltarles mucho al respeto: Terminator, Primer, Los cronocrímenes, Déjà vu, Interstellar. En efecto, ya desde H.G. Wells, el gran caballo de batalla de este subgénero ha sido siempre el principio de causalidad, realidad robusta del universo macroscópico que ningún experimento ni resquicio teórico ha sido capaz de contradecir, salvando las dudas que, a nivel subatómico, sembró el descubrimiento del entrelazamiento cuántico. El principio de causalidad o de causa y efecto se representa muy bien a través de la paradoja del abuelo y dice, por muy obvio que suene, que en nuestra realidad la causa siempre precede a sus efectos. Si tú eres el efecto de tu abuelo, que es tu causa, o al menos una de las necesarias, el principio de causalidad asegura que si tú estás aquí, entonces nadie puede viajar al pasado y matar a tu abuelo antes de que engendrase a tu padre porque se generaría una paradoja incompatible con la realidad.

Versiones del tiempo: eternalismo y presentismo

El concepto de “tiempo” que cuenta hoy con un nivel de aceptación científica más amplio es el que nos brinda la teoría de la relatividad de Einstein, que propone un universo-bloque en el que todo el espacio y todo el tiempo están ahí “permanentemente” en forma de tejido completo de la realidad. Los objetos que están dentro del tejido tienen extensión y duración y ambas cualidades están al mismo nivel significante en lo que respecta a su existencia. El tiempo eternalista o einsteniano no “pasa” sino que “es” una coordenada más del continuo que solo tiene sentido de forma local y relativa a otros eventos, y que incluso se estira y se encoge dependiendo de la masa local, pero que quizás por razones evolutivas (causalidad + experiencia) a nosotros nos parece percibir que sí “pasa”, y solo de esa manera somos capaces de darle sentido a lo que apreciamos de él, que son sucesiones de eventos relacionadas por el principio de causalidad. Este concepto se puede llamar eternalismo, en contraposición con la visión opuesta, que es el presentismo y según la cual el único tiempo que existe es el presente, que se materializa y desmaterializa continuamente, o sea que “pasa” o “transcurre”, mientras que el pasado solo queda en la memoria y el futuro no existe más que en la imaginación. Los presentistas alegan que el eternalismo no es compatible con el libre albedrío y por tanto mantienen que no debe de ser correcto. Es evidente que el tiempo relativista tiene una componente anti-intuitiva importante que siempre le generará un gran rechazo. Y sin embargo la experimentación confirma el concepto espacio-temporal de la relatividad hasta el enésimo decimal, lo cual apunta a que nuestra intuición, como en tantas otras cosas, bien podría estarnos engañando también respecto al tiempo.

Infografía sobre dos posturas antagónicas sobre la naturaleza del tiempo
Dos posturas antagónicas sobre la naturaleza del tiempo: eternalismo y presentismo

La perspectiva existe en el espacio, donde dos o tres dimensiones fugan a una cuando se mira a lo lejos, pero no parece tener sentido hablar de perspectiva en el tiempo unidimensional. Se trata de una recta y por tanto no hay manera de apreciar puntos de fuga a lo pasado ni a lo futuro ya que como solo tenemos una dimensión, cuando miramos adelante vemos un punto, cuando miramos atrás, lo mismo, nada más que el punto o instante en el que estás. El observador solo es capaz de apreciar n-1 dimensiones del mundo en que vive. En la recta del tiempo solo ves 1-1=0, o sea solo ves el instante puntual. En nuestra realidad 3D vemos sólo un plano 2D, aunque nuestros sentidos pueden decodificar la información de la dimensión adicional o profundidad analizando datos de perspectiva y retardo. Pero además el tiempo relativista es una estructura lineal bastante particular porque no podemos mirar hacia una de sus direcciones: el futuro, o si miramos no vemos nada. En cambio no podemos evitar ver el pasado, pero solo el correspondiente a aquellas partes situadas a la distancia que su luz tarda en llegarnos. Esos eventos pretéritos que vemos, nos son ya totalmente inaccesibles según el principio de causalidad, o sea podemos observar el pasado de nuestro mundo distante, más viejo cuanto más lejos, pero solo una vez durante el instante en el que por fin nos llega su luz. Podemos ver con un telescopio lo que ocurría en Marte hace diez minutos, pero no lo que ocurría en nuestra casa. El modelo geométrico que representa esta estructura espacio-temporal es el cono de luz, que explica bien por qué, aunque existan resquicios teóricos basados en soluciones singulares a las ecuaciones de campo de Einstein, los viajes al pasado parecen ser imposibles.

La locomotora del tiempo

El ministerio del tiempo parte de un planteamiento presentista, o sea, no einsteniano. Esto ya es un aviso de que la serie no se va a ceñir a parámetros científicos, salvo en lo referente a no faltarle mucho al respeto al principio de causalidad, ya que entonces se convertiría en un desmadre. Pero no se trata de un presentismo robusto en el que, al existir solo el presente instantáneo, no tendría sentido hablar de viajes temporales, sino de un presentismo fuerte, según el cual, además del presente instantáneo también existe el pasado, que se va acumulando por adición de presentes transcurridos, si bien el presentismo no deja claro cómo y dónde se acumula ese pasado. El presentismo, en cualquiera de sus variantes, no admite la existencia del futuro, por lo que deja también sin resolver el espinoso tema de su procedencia. Observemos que estos dos tremendos misterios, la procedencia del futuro y el destino del pasado, que tanto hicieron cavilar a San Agustín, quién con su fina intuición concluyó a finales del siglo V que quizás pasado y futuro estaban en lugares ocultos, ya han quedado resueltos en la relatividad, que afirma que “el pasado está ahí, pero es causalmente inaccesible, y el futuro también está permanentemente ahí, pero no lo vemos por las constricciones que impone el principio de causalidad y quizás por algunas limitaciones de percepción de tipo evolutivo”. La dimensión temporal que han concebido los guionistas de El ministerio del tiempo es de tipo presentista fuerte, o sea tiene un frente de avance delante del cual no hay nada, al que Salvador se refiere metafóricamente como “la locomotora del tiempo” y que conforme transcurre se va acumulando en forma de pasado, es decir, como “los vagones del tiempo”. En esa locomotora es donde ocurre la rematerialización continua del presente y su paso a pretérito. Ya veremos que este planteamiento carente de futuro y con un pasado acumulativo de carga de arrastre que es accesible a través de las puertas del tiempo, da un carácter privilegiado a lo que yo llamo “frente de avance” o “presente original” y Salvador “locomotora”. Ahí es donde, por así decirlo, se corta el bacalao del tiempo.

Ilustración figurada sobre el ministerio del tiempo
¡Que no, Salvador, que no! Que esto no ha sido Lola Mendieta; que te digo que han sido los americanos.

Presentismo y autoconsistencia temporal

Ya dije que todas las fábulas sobre viajes en el tiempo se centran en hacer compatible la intervención en el pasado con el principio de causalidad, porque sin el enigma de la paradoja del abuelo la única posibilidad del relato de viajes en el tiempo es la crónica histórica. La cuestión es: ¿qué pasa con el presente original si alguien va al pasado y enreda? Las soluciones clásicas de Wells, Bradbury, Asimov, Heinlein, King y la panda, siempre se han basado en usar el ingenio para plantear una salida ocurrente en el marco de un respeto más o menos escrupuloso al principio de causalidad. Se da por sentado que un cambio en el pasado altera de forma causal toda la estructura temporal subsiguiente y desemboca en una nueva realidad presente que es congruente con la cadena causal modificada. La forma en la que esa realidad alterada se refleja y transmite su cadena de causas al presente varía con el autor, y de acuerdo a ella se pueden deducir, aproximadamente, dos grandes concepciones sobre la estructura de la dimensión temporal presentista en el relato fantástico. Supongamos, entonces, que de alguna manera alguien logra superar la imposibilidad de viajar al pasado y hace una intervención que provoca conflictos de causalidad hacia el futuro y veamos en qué formas se puede restablecer la consistencia en un marco temporal de tipo presentista.

La primera forma de dar autoconsistencia temporal al presentismo es la de considerar que la intervención en el pasado provoca un desdoblamiento de la línea temporal. Aparece así una nueva historia cronológica en la que, desde el momento de la intervención, el universo comienza una marcha independiente y congruente con las nuevas causas, mientras que la antigua línea sigue existiendo y avanzando a su compás, aunque en dimensiones espacio-temporales ya completamente separadas de las nuevas y con una ventaja cronológica igual a la distancia del salto temporal que provocó el desdoblamiento. La gran pega de esta solución es que derrocha recursos a mansalva, pues supone nada menos que la creación de nuevos universos cada vez que el viajero temporal cometa un desliz y además plantea el problema de a cuál de los universos alternativos volver si uno quiere regresar al presente. Se supone, claro, que el viajero querría volver al momento de la nueva línea histórica que sea equivalente al del presente que dejó, y ver en qué ha devenido su intervención, pues para eso provocó el cambio. Pero resulta que no puede volver a ese presente, ya que la línea recién abierta está dimensionalmente separada y cronológicamente retranqueada respecto a la de partida, pues se ha empezado a construir a su propio ritmo, del que ni siquiera podemos asegurar que sea igual al de la línea de partida. Para el viajero temporal debe ser desasosegante pensar que en algún bloque dimensional aparte sigue vigente, y ya inaccesible en el futuro remoto, el mundo que abandonó, un mundo encanallado en el que va a pasar precisamente lo que él no quería que pasara, aquello por lo cual emprendió su travesía temporal.

La segunda forma de lograr la autoconsistencia temporal en un marco presentista fuerte es, a primera vista, menos derrochadora, aunque las complicaciones causales que implica son endiabladas. Ahora supondremos que la línea temporal no se desdobla, sino que simplemente se modifica tras la intervención. Si optáramos por la solución más radical y dado que la línea temporal es unidimensional, se podría incluso pensar que se rompe con la intervención. En ese caso, y dado que el futuro no existe, y por tanto la línea no está anclada en el porvenir, el segmento quedaría suelto y hay que suponer que simplemente se desvanecería de la existencia. Pero como esto no permitiría el juego del relato temporal, se suele admitir que la línea no se rompe, sino que se deforma para adaptarse a las nuevas consecuencias causales de la intervención. Surge entonces el segundo problema, que viene al considerar cómo se transmite esa nueva influencia causal a lo largo de un segmento temporal lleno ya de eventos que no han dejado de existir. La respuesta lógica sería que se transmite a la velocidad habitual del transcurso del tiempo, pero como el frente de avance del presente tampoco ha dejado de transcurrir, la respuesta es que entonces esas nuevas consecuencias nunca alcanzarían a la locomotora de un universo que seguiría adelante tal cual, sea lo que sea lo que hayamos enredado en el pasado. Esta hipótesis tampoco permite la fábula temporal clásica y podría aceptarse, si acaso, que lo que se genera es una nueva historia cronológica que se coloca en lo que en mi libro yo llamo “en serie” respecto a la primera, o sea usando las mismas dimensiones espaciales y transcurriendo por el mismo corredor temporal, pero retrasada en la medida del salto temporal que la originó. Si la transmisión es instantánea tampoco nos sirve de nada, puesto que una vez hecho el cambio todo el presente sería causalmente congruente con las nuevas condiciones y entonces nadie, salvo el malvado viajero, debería haberse enterado. Tampoco tenemos relato. La única posibilidad que permite un relato tradicional de viajes en el tiempo es admitir que la intervención en el pasado provoca una transmisión causal algo diferida que actualiza, mutatis mutandi y al trantrán que interese, todo el segmento temporal que va desde la intervención hasta el frente de avance del presente. Los problemas que plantea esta otra hipótesis no son menos graves, ni menos trabajosos, pues significan la reactualización completa de todo un segmento temporal del cosmos. El ritmo de propagación causal o trantrán que decía yo antes, será tal que permita la reacción de las patrullas de vigilancia temporal del presente original.

Composición figurada sobre una escena de viajes en el tiempo
¡Muchacha! Bájate ya del dinosaurio que tenemos que volver al presente, que diga, al futuro de este pasado. ¡Jesús que lío!

Todo esto se puede admitir en las condiciones a las que Cervantes se refería como “suspensión temporal del entendimiento”, o sea, la licencia narrativa por la que el público autoriza al autor a saltarse los parámetros de la realidad para poder contar su historia debidamente. Y como consecuencia de ese mutatis mutandi la audiencia verá fotos que cambian, personas que desaparecen o aparecen y otras muchas “trampas” narrativas que habrá que tolerar para mantener, aunque sea apuntalada, esa coherencia causal. Otro inconveniente monumental de esta hipótesis se refiere al ya mencionado carácter privilegiado del frente de avance del tiempo, del presente original, o de la “locomotora”, que pese a ser el punto clave de la línea, sin embargo puede sufrir estas modificaciones inesperadas e instantáneas, incluso cambiar radicalmente, por acciones que ocurren en los vagones del tiempo. Y aquí es donde hay que hacer la salvedad que corresponde a la licencia más grande de todas ¿ya lo habéis adivinado? Claro. Es lo que yo antes llamaba trantrán de la transmisión causal hacia el futuro. Si se hacen cambios en el pasado y se quiere que esos cambios alcancen al presente original, que nunca se detuvo, es necesario que la transmisión causal no sea solo instantánea, sino incluso más rápida que el propio tiempo original. Por eso antes dije lo de “al trantrán que interese” y ahora añado que el mutatis mutandi es también circunscriptum, pues cambia solo lo que interese. Este es, en fin, el marco en el que se mueven los guiones de El ministerio del tiempo, y aunque una conversación entre Pacino y Alonso en no sé qué episodio de esta segunda temporada ha introducido la duda sobre la posible existencia de futuros alternativos, por ahora esto sigue negándose cada dos por tres, normalmente por boca de Salvador, que siempre sale con aquello de la locomotora y de que: “el tiempo es el que es” y sanseacabó. En cualquier caso, y este marco de suspensión del entendimiento que yo también, faltaría más, admito para el relato, y con el cariño que le he cogido ya a la serie, mi propósito era examinar las nuevas incongruencias de la segunda temporada de El ministerio del tiempo. Aquí están.

¿El pasado es intrínsecamente inestable?

En el episodio 12, el del ancestro de Suárez, nos quedamos pasmados al ver como el tiempo pasado se desestabiliza por sí solo. A la monja que va a cenar con Napoleón le da un telele y se muere, cuando es algo que ya había pasado en el presente original sin que la madre abadesa hubiera fenecido y eso había contribuido a que el presente original de hoy fuera precisamente el que es. Esto vuelve a ocurrir en varios episodios más, como en el de la gripe española, en el que el parto de Carmen Amaya se complica y amenaza aborto o el de Felipe II, en el que el rey decide, en contra de lo que ha sido la historia, que se va a aprovechar del ministerio del tiempo para cambiarla. En principio, se suponía que para alterar el pasado hacía falta viajar hacia atrás en el tiempo e intervenir. Para eso estaban Lola Mendieta y los americanos radioactivos. Pero estos episodios introducen el concepto de pasado intrínseca y aleatoriamente inestable. Esto no solamente es una fuente de trabajo extra para la patrulla, sino que pone en peligro la misma esencia de una realidad que se podría venir abajo en cualquier momento. ¿Qué ocurriría si en vez de un simple infarto de monja, al pasado le diera por hacer explotar al Teide? La peripecia de la monja nos confirma esta particularidad del tiempo: hubo un presente original en el que ella cenó con Napoleón y después hay pasados, que son como presentes repetidos (ya no son originales) en los que nada está garantizado, pero que siguen siendo potencialmente peligrosos para el presente original pues resulta que ejercen una influencia causal que se transmite a una velocidad que puede ser, si hace falta, mayor que la del propio transcurso del tiempo. Verdaderamente se puede decir sin miedo a equivocarse que este pasado es una carga para el futuro.

El episodio de la doncella del castillo medieval nos confirma que el pasado es una especie de presente replicado como cinta de magnetófono que no deja de hacer “replay” continuamente, y que en alguno de esos rebobinados puede incluso rayarse y sufrir alteraciones no provocadas, o sea, que parece que el tiempo pretérito tiene una inestabilidad estructural inherente, y lo que es peor, aleatoria o impredecible que contagia a toda la línea causal futura de forma súper instantánea. La pobre doncella vuelve a su tiempo, que, dado que ella ya sabe que hay un futuro delante, ya no puede ser presente original, sino replicado, sabiendo que, para que la historia no cambie, ella misma debe terminar tirándose de cabeza por la almena y parece que el guion asume que lo hará. No es el fatalismo temporal de H.G. Wells, pero casi. Sin embargo a mí me parece muy arriesgado dar por hecho que alguien se va a inmolar por el beneficio de una línea temporal que tiene una inestabilidad tan impredecible y caprichosa.

El ministerio del tiempo presentismo y consistencia temporal from Eloy Caballero García

¿El futuro no existe?

Regresar al presente desde un pasado tan inestable lo complica todo sobremanera. ¿Quién garantiza que al volver no nos vamos a encontrar otra cosa distinta a la esperada por alguna inestabilidad aleatoria ocurrida entre medias? Y mucho habría que decir sobre si ese regreso al presente no es, en realidad, un regreso al futuro, algo imposible en una interpretación del guion a rajatabla. Pero no se puede discutir que el presente no se detiene, por tanto los viajeros nunca regresan al instante de partida, sino a su futuro. Además, el presente es, en términos relativos, el futuro del pasado. Por cualquiera de estos dos motivos, se puede afirmar que se viaja muchas veces a ese futuro. La patrulla temporal lo hace todo el rato al retornar a casa. Al contemplar esta posibilidad, el guion no tiene más remedio que admitir también que alguien del pasado, que en realidad hemos visto que es un presente en estado de replay, pueda viajar al futuro de forma accidental, o quizás intencionada, al atravesar una puerta. Lo que ya se entiende menos es que incluso en el presente replicado, digo, en el pasado, haya consciencia de que existe el presente original, digo, el futuro, ya que entonces: ¿cómo puede un habitante de esta dimensión temporal saber que la vida que está viviendo es el presente original que no tiene futuro y no un presente replicado que sí lo tiene? Esta es una dificultad argumental muy seria ante la que hay que hacer la vista gorda.

En efecto, ya comenté en el artículo anterior que los funcionarios de la época de Isabel II hablan con los de 2016 para sofocar la rebelión de Leyva, o sea, interactúan con un futuro que saben que existe. La red de ministerios del tiempo, entonces, puede colaborar y colabora entre las distintas épocas para mantener el presente original inalterado. Esto parece apuntar a que el pasado es, en efecto, una zona del tiempo que siempre está en “replay” y que algunos de sus habitantes son conscientes de la existencia del futuro. La congruencia demanda que esos habitantes deberían recordar haber vivido un presente original que no tenía futuro, antes de vivir el replicado que sí lo tiene. ¿Viven dos vidas temporalmente independientes los funcionarios del tiempo? ¿Viven tantas vidas como veces se rebobine el presente replicado o pasado? ¿Son solo una especie de “sosias” o “doppelgängers” los que viven esas otras vidas pasadas?

En el episodio 10, el niño que se convertirá en asesino en serie es testigo del parricidio de su padre contra su madre y, a través del armario que es puerta temporal, pasa desde 1886 a 1920, es decir, viaja desde su frente de avance presente, delante del cual no debería de haber nada si el tiempo “es el que es”, al futuro que para él no debería de existir. Está claro que cuando transcurrió el presente original del niño no existía esa puerta al futuro. Por tanto el niño que salta al porvenir es el niño “sosias” del pasado o presente replicado, no el niño original del presente original, cuya historia, en estas condiciones, queda sin contar. A Pacino le pasa lo mismo en el mismo episodio. Viaja desde 1981, lo que era su locomotora, hasta un 2016 que en teoría no debería de existir en su presente original de 1981. Lo que se propone para Pacino es una de las situaciones de Novikov: desapareció de la historia en 1981 y viajó al futuro de 2016. ¿Ciclo cerrado? Esa puerta de armario parece conectar con un momento a 35 años en el futuro, pero insisto, cuando pasó el presente original del niño o el de Pacino, la puerta no debería haber estado allí, y por tanto las historias originales del niño y de Pacino quedan sin contar. Las que se cuentan son las de sus sosias del presente replicado o pasado, que ya hemos visto que no puede tener la misma consideración que el presente original. El colmo es cuando Felipe II descubre que se puede viajar al futuro y aparece en 2106 para hacerse con el control del ministerio. Todo esto es incompatible con el presentismo fuerte y solo sería entendible si el futuro ilimitado también existe para todos y ha estado siempre ahí, sin frentes de avance y sin locomotoras, lo que nos llevaría al eternalismo relativista y nos dejaría sin relato otra vez.

Personas desdobladas

En el eternalismo einsteniano no hay desdoble, pues una persona es toda la sucesión causal de eventos históricos que ocupa su volumen corporal. El yo de un instante es solo una sección temporal del TODO, y el mismo sentido tiene el viaje de esa sección temporal que el de una sección espacial a la altura del ombligo. Pero la estructura del presentismo fuerte requiere admitir la posibilidad del desdoblamiento personal, ya que el simple hecho de viajar al mes pasado te permite verte a ti mismo un mes antes. Es evidente que hay personas desdobladas en la serie, pues el mismo Julián del presente original aprovecha su propia ausencia pretérita para pasar un día en la cama con su antigua mujer. De acuerdo a la conjetura de Novikov, esto no es necesariamente problemático, siempre que no se enrede demasiado y que todo lo que el viajero haga sea consistente con la historia posterior. En Interstellar y en otras películas ya hemos visto como una aparición del futuro viene y te arrea la bofetada que necesitas para ir a ese futuro y volver a darte la bofetada. En el episodio de la vampira, la complicación del juego de tiempos y sosias roza el mareo cuando la vampira vieja se busca a sí misma de joven en los pasillos del ministerio de 2016 para advertirse de lo mala que se va a volver. Pero esa complicación llega a la contradicción causal con el responsable de la seguridad del ministerio, Spinola. Al igual que Alonso, Spinola está reclutado en el siglo XVII mediante un viaje temporal desde 2015, pero Irene nos recuerda que él mismo sabe cómo murió en su propio tiempo y sabe las cosas que le dijo a su hijo en su lecho de muerte. ¿Cómo se puede reclutar a alguien viajando desde hoy a su tiempo pasado, que “es el que es”, traerlo a trabajar de funcionario a un presente que es su futuro, que no se cansan de decirnos que no existe, y qué aun así muera en el pasado del que se le abdujo y él mismo sea consciente de que ha muerto? Tengamos en cuenta que no se admiten múltiples líneas temporales. ¿Cómo se compatibiliza la existencia de este Spinola con su muerte histórica en 1630? Alonso de Entrerríos también es reclutado poco antes de ser ejecutado en el siglo XVII, pero en su caso queda claro que su abducción temporal lo libra de la muerte cuando su línea causal ya estaba agotada y eso, al menos, es causalmente coherente. Spinola murió en el pasado pero sigue vivo en el futuro. Eso es causalmente incoherente. Lo mismo pasa con Velázquez. La única explicación posible es que se les hubiera rescatado también del lecho de muerte y se hubiera sustituido su cuerpo por otro, como si los del ministerio practicaran los “body change” de la CIA. Todo esto se complica aún más si consideramos que los reclutamientos desde el futuro no pueden hacerse en el presente original de los reclutados, sino necesariamente en su presente replay, lo que implica que el reclutado es un doppelgänger y hace que siempre quede perdida una parte de su historia vital original. Los reclutamientos en el pasado que tanto les gustan a Salvador y al padre de Torquemada son acciones que, de acuerdo al principio de causalidad, pueden tener serias consecuencias en el futuro. Solo son causalmente coherentes si se hacen cuando la potencialidad causal del reclutado en su presente original es cero, pero resulta que desde el presente original de los reclutadores solo se tiene acceso al presente replicado de los reclutados, por tanto esto es imposible.

Movilidad y ubicación de las puertas del tiempo

Esta es una cuestión que los fans de la serie no acabamos de tener clara. En el fondo no admite más que una opción, pero en la serie se relajan las exigencias varias veces. ¿Las puertas conectan eventos espacio-temporales fijos, o se desplazan cronológicamente (espacialmente está claro que no) conforme el tiempo transcurre? Veamos un caso práctico. Irene y Velázquez, otro pez pescado en las aguas del pasado que no debe ignorar que murió de viruela en 1660, entran por la puerta que da a 1734. Se supone que entran a un momento concreto de ese año 1734; llamémoslo día D. Cuando llevan allí un par de días se dan cuenta de que necesitan refuerzos de 2016 y los piden. Los refuerzos, que han entrado también por la puerta de 1734, llegan al día D+2, no al D, que es al que, en teoría, decían que daba esa puerta. Esto apunta a que el lazo entre las puertas es cronológicamente móvil, o sea, que lo que se mantiene fijo no es el momento al que dan las puertas sino el intervalo temporal que las separa. Si hay una puerta que enlaza hoy con el día de los fusilamientos del 3 de mayo de 1808, eso solo ocurrirá hoy. Si entramos por esa puerta mañana, ya no accederemos al 3 de mayo, sino al 4. No hay problema, pero este criterio se varía en algunos casos y además no es lo que sugiere la física relativista de los agujeros de gusano espacio-temporales.  Si se conectan dos eventos del continuo, esos dos eventos son siempre los mismos, no se mueven con el tiempo. Pero ya hemos dicho que El ministerio del tiempo no se rige por parámetros einstenianos y además, si las puertas no se movieran temporalmente, una vez que hemos ido al 2 de mayo por la mañana, por la tarde la puerta ya no estaría ahí y no habría manera de volver al presente. Es decir, este tipo de guiones demanda un tipo de conexiones temporales flexibles que se adapten a las necesidades del relato, o de lo contrario no habría tal.

Otra cosa que no queda clara es si las puertas del tiempo han estado siempre ahí o si van apareciendo puertas nuevas conforme avanza el presente. La serie parece decantarse por la aparición de puertas nuevas, que se van catalogando junto a otras que se “descubren”. Pero si surge una puerta, pongamos, desde el momento presente del 1-1-2016 al pasado 1-1-1521, es evidente que cuando 1521 era la locomotora del tiempo esa puerta no existía, puesto que no había futuro. Luego casi parece más lógico pensar que las puertas han estado siempre ahí, y que al ir avanzando el presente, van avanzando ellas, tanto su boca presente como su boca pasada. Es evidente que para compatibilizar todo esto nos tenemos que imaginar un pasado “vivo”, que se reestrena continuamente en forma de lo que hemos llamado presente replicado, de menor categoría que el presente original. Ese pasado es externamente modificable por la acción de los viajeros o internamente inestable de forma aleatoria, de modo que esas inestabilidades o alteraciones comunican su influencia causal a toda la línea temporal a una velocidad que a veces es mayor que la del propio tiempo. Pero no siempre. A veces sí, pero a veces no. Cuando Amelia se acuesta con Pacino, toda su línea vital temporal se recoloca en un tris, con borrado de fotos incluido, pero cuando Cervantes vende su manuscrito a los americanos, da tiempo a que lo traigan al presente, se pasee por Madrid para ver que El Quijote es la mejor novela del mundo futuro, regresen otra vez al pasado y el escritor quede convencido de que tiene que rehacer su gran obra. Evidentemente los guiones suelen dejar un poco de margen para que estas suposiciones sean aceptables de alguna manera. Por ejemplo, lo que ocurre con Cervantes es que los vigilantes del tiempo del siglo XVII (tiempo pasado o presente replicado no original, insisto) detectan que no ha llevado el manuscrito a la imprenta cuando lo debía de haber hecho y pasan aviso al ministerio de 2016. Si nos pusiéramos quisquillosos habría que preguntar por qué no lo arreglan los propios funcionarios de ministerio del siglo XVII, y si nos pusiéramos puntillosos habría que sostener que en cuanto Cervantes falla en la entrega, lo coherente con otros episodios sería que esa acción se transmitiera causal e instantáneamente por la línea del tiempo hasta golpear al propio presente absoluto y dejar un mundo libre de Quijotes y completamente ignorante acerca de un mediocre escritor del Siglo de Oro que nunca alcanzó la fama.

La peripecia del conspiranoico argentino que le toma la delantera a Colón nos confirma que las vacilaciones pretéritas se propagan por todo el continuo hasta llegar al nuevo presente a una velocidad mayor que la del tiempo, si hace falta. Lo curioso es que las patrullas del tiempo se pueden librar de esas repercusiones causales si el cambio les pilla “en otro tiempo (cuando se insiste en que solo hay una línea)” o “cruzando puertas (cuando se supone que el cruce es instantáneo)”. Y desde luego, lo mejor del episodio del argentino es la ilustración final de cómo el ministerio, o sea el sistema, se infiltra en el movimiento conspiranoico y lo desvirtualiza. Los más grandes informadores de teorías de la conspiración no son más que agentes provocadores, desinformadores y distractores bien pagados por el sistema para sembrar la confusión al mezclar mentiras y verdades. Ojo al dato. Esto puede ser verdad de la buena.

Habrá que permanecer atentos a la caja tonta, que parece que en 2017 nos traerá una tercera temporada de esta exitosa y entretenida, aunque a veces algo descocada, fábula temporal, que los americanos, como buenos anglosajones y alardeando de fair-play mientas piratean como descosidos, ya han copiado de muy mala manera en la infumable Timeless, con ridícula e innecesaria simbología de esa que ahora llaman masónica-iluminatti. ¡Con decir que en vez de nuestras elegantes puertas del tiempo se han inventado una máquina del tiempo con la forma del ojo de Horus, y que uno de los jefes se llama Mason! ¡Te paece qué! ¿Existirá después de todo, el futuro? Permaneced atentos.

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