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El cosmos del Quijote

La ciencia: una verdad maravillosa

Uno es, pues, el cielo, el espacio inmenso, el seno, el continente universal, la región etérea a través de la cual discurre y se mueve todo. Allí, innumerables estrellas, astros, globos, soles y tierras se perciben con los sentidos, y otros infinitos se infieren con la razón.
GIORDANO BRUNO (1548-1600)

Si pudiéramos elaborar una encuesta entre todos los lectores del Quijote, a través de los siglos y en las diferentes culturas y lenguas a las que ha sido traducido, y preguntáramos sobre los temas tratados en la novela, seguramente solo una pequeña parte marcaría la ciencia como uno de ellos. El propio prólogo del primer libro ya parece descartarla cuando, a través del diálogo del autor y su anónimo amigo, establece que se trata de: una invectiva contra los libros de caballerías, que busca deshacer la autoridad que en el mundo y en el vulgo tienen. Después el autor insiste y deja bien claro al lector, que en su diatriba contra: la mal fundada máquina de los caballerescos libros, no cabe esperar contenidos: de los que se acuerde Aristóteles, o que caigan debajo de: las puntualidades de la verdad, de las observaciones de la astrología o de las medidas geométricas.

Ciencia, magia y religión en el Quijote: Mecánica Celeste from Eloy Caballero

No hay duda de que la novela cumple sobradamente su objetivo satírico principal. Cervantes desmonta el andamiaje de la máquina con una estrategia que ridiculiza todas las convenciones del género. Pero su ataque contra los caballerescos libros, que no hay que olvidar que eran la literatura de evasión de los españoles de su época, no excluye las materias de las que se acuerda Aristóteles. Al contrario. La novela presenta una sorprendente abundancia, casi una exuberancia, de temas científicos. Y hay buenas razones para ello. La principal: que el personaje protagonista tiene una avidez cultural insaciable, y en su recién adoptado oficio de caballero andante, se siente obligado a saber de todo, a conocer todas las ciencias, cuya verdad maravillosa no quiere ver contaminada por despropósitos pseudocientíficos como la astrología judiciaria. En sus discursos y charlas con su escudero y los otros personajes, en las heridas de sus encontronazos, en los detalles de sus viajes, en las estancias en ventas y castillos, incluso en la propia narrativa del autor, podemos ilustrarnos sobre las teorías cosmológicas clásicas; aprendemos zoología renacentista; conocemos la botica y la medicina de la época; vemos como contaba de cabeza un labrador analfabeto; nos asombramos con la complicación del sistema monetario; calculamos el coste de la vida; somos testigos de la decadencia del latín y nos horrorizamos ante los discutibles usos y costumbres en la gestión de la república.

El cosmos del Quijote

Cuando don Quijote se echa a la llanura manchega en el verano de 1604, en busca de entuertos que desfacer, el mundo limitado de base aristotélica, que había dominado la Edad Media y el Renacimiento, se estaba ensanchando por dos causas confluyentes. Por un lado, la geografía, o conocimiento de la Tierra, se modificaba a marchas forzadas, debido a los grandes viajes de exploración, como el descubrimiento de América y la vuelta al mundo de Magallanes y Elcano, que rompían de forma eficaz viejos conceptos sobre los límites naturales del orbe, y sobre las condiciones de habitabilidad de sus hemisferios. Por otro lado, la cosmología, o conocimiento del universo, se convulsionaba también por culpa de las nuevas ideas astronómicas que se estaban difundiendo a finales del siglo XVI, y que tenían su origen en la poca exactitud de los modelos cosmológicos antiguos y su falta de concordancia con las, cada vez más precisas, observaciones reales.

La teoría heliocéntrica de Nicolás Copérnico (1473-1543) tenía por entonces más de medio siglo de existencia , y aunque su difusión había sido más bien escasa, la transformación conceptual que implicaban sus postulados, había hecho reaccionar a la comunidad científica de forma diversa. Es cierto que Copérnico había contado con algunos apoyos, pero el astrónomo de mayor prestigio durante el final del siglo XVI, Tycho Brahe (1546-1601), había rechazado vehementemente sus ideas y, como buen sabio renacentista, quizás herido en su ego, había propuesto como alternativa un tercer sistema cosmológico de cuño propio, que se hallaba a medio camino entre el ptolemaico o geocéntrico y el copernicano o heliocéntrico. En este sistema, denominado tyconiano, la Tierra estaba en el centro del universo y a su alrededor giraban la Luna y el sol, que a su vez era el centro de giro del resto de los planetas.

Cervantes no era un hombre de ciencia, y por tanto, es de esperar que no estuviera al tanto de lo último en moda astronómica. Pero su amplia cultura incluía también una gran curiosidad por las ideas sobre el universo, como queda abundantemente reflejado en el libro. Tanto el mismo don Quijote, hidalgo leído y culto, como el resto de personajes, cada uno a su nivel, nos transmiten entre idas, venidas y batacazos, muchos rasgos de esa concepción geocéntrica del mundo; un mundo acotado que tiene las características físicas expuestas en el citado Almagesto: la Tierra es una esfera fija en el centro del universo; maquinaria colosal compuesta de otras esferas que giran incesante a su alrededor. Desde el centro hacia afuera, el mundo se organiza por niveles, que también tienen forma esférica: agua, aire, fuego; después la Luna, que marca el límite del mundo cambiante, y luego los astros errantes: Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno, los cuales, arrastrados por sus grandes esferas planetarias, revuelven también sobre otras esferas menores llamadas epiciclos. Más lejos aún está la esfera de las estrellas fijas, y detrás de ella, se encuentran las regiones celestes propiamente dichas, aquellas en las que moran las criaturas angélicas y quizás el propio Creador.


NOTA: Este artículo ha sido extraído de mi libro: Ciencia, magia y religión en el Quijote, publicado en formato papel y en e-libro, y que puedes adquirir desde este enlace:

Ciencia, magia y religión en el Quijote, por Eloy Caballero
Ciencia, magia y religión en el Quijote, por Eloy Caballero

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