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Desarrollo y consolidación del mito del diablo

Cruzadas y cátaros: crece el mito del diablo

El fenómeno de las cruzadas facilitó el contacto con algunas corrientes místicas y espirituales de la antigüedad que no habían desaparecido del todo en Oriente, entre ellas la del neoplatonismo cristianizado con posos de gnosticismo, que separaba lo espiritual-bueno de lo material-malo, y distinguía entre el dios creador-bueno y el dios hacedor-malo (a imagen del demiurgo platónico). Esto alimentó el mito del diablo.

Una buena muestra de estas tendencias era la herejía cátara, albigense, o de los “buenos cristianos” que a mediados del siglo XII ya se había extendido por gran parte de Europa, proponiendo una forma de vida basada en la citada dualidad alma-cuerpo, espíritu-materia, dios-satán. Los cátaros practicaban un ascetismo vital y una pureza espiritual, claramente incompatibles con la suntuosidad terrenal del acomodado poder católico. Además se resistían a aceptar la autoridad de Roma y en sus comunidades las mujeres contaban igual que los hombres, lo que sin duda sacaba de quicio a la “nomenklatura” en San Pedro.

El cisma parecía inevitable y la iglesia reaccionó (Papa Lucio III, año 1184) creando la Santa Inquisición, para perseguir y exterminar a los cátaros hasta su completa aniquilación. La Inquisición fue un éxito rotundo y con despiadada crueldad y eficacia ejemplar borró del mapa a los cátaros. Especialmente infame fue el caso de la ciudad francesa de Beziers, en la que el perezoso legado papal, Arnaud de Amary, ante el fastidio que suponía investigar, interrogar y dilucidar quién era cátaro y quién no, optó por una matanza indiscriminada con la excusa:

“Matadlos a todos, que el Señor ya sabrá reconocer a los suyos”.

Desarrollo y consolidación del mito del diablo: alegoría del aquelarre

Fe, Inquisición y terror

La puesta en marcha de la Inquisición y el largo y penoso proceso del genocidio cátaro, supuso la formalización de este nuevo estilo de persecución de la herejía y ayudó a la configuración de un cuerpo de personal eclesial con vocación para el acoso que, con el inestimable apoyo de la autoridad civil, se volcó en cuerpo y alma en la ejecución de las tareas de tortura y masacre.

La bula fundacional de la Inquisición, combinada con la superstición y la ignorancia eran una invitación a la denuncia falsa. Valga como ejemplo este extracto:

 “Cualquier arzobispo u obispo, por sí o por su archidiácono o por otras personas honestas e idóneas, una o dos veces al año, inspeccione las parroquias en las que se sospeche que habitan herejes; y allí obligue a tres o más varones de buena fama, o si pareciese necesario a toda la vecindad, a que bajo juramento indiquen al obispo o al archidiácono si conocen allí herejes, o a algunos que celebren reuniones ocultas o se aparten de la vida, las costumbres o el trato común de los fieles”

Brujas, cabras y gatos negros

Exterminado el catarismo urbano, la inercia del movimiento, la excusa de acabar también con los cátaros rústicos y la necesidad de mantener ocupado al nuevo cuerpo ejecutor, llevó a los tribunales inquisitoriales a la espesura de las zonas rurales, donde se toparon con un panorama desconcertante. Allí existían restos más que evidentes de los viejos cultos paganos, e incluso de cultos a la fertilidad (en sentido amplio: tierras, ganado, mujeres) cuya antigüedad se perdía en la noche de los tiempos.

Debió de ser sorprendente para los clérigos, donceles en teoría, oír que las mujeres jóvenes se desnudaban y bailaban a la luz de la luna, mientras los hombres brindaban con vino nuevo y después copulaban con ellas bajo las instrucciones de una vieja comadrona, que presidía la orgía junto a un macho cabrío. La escolástica y el cilicio no incluían lecciones sobre los favores de la diosa Venus, ni sobre los honores que los varones rendían a Baco, ni sobre la necesidad de que el dios Pan (o Capricornio-Saturno en tradiciones aún más remotas) estuviera presente, todo ello con el fin único de lograr la fertilidad.

No. Lo que para los aldeanos era una celebración festiva y un canto a la vida, para los frailes era un desenfreno lúbrico imperdonable y una obra del maligno. Las confesiones bajo tortura convergieron rápidamente a los tópicos rutinarios: diablo con patas de cabra y cuernos, gatos negros, escobas y orgías a la luz de la luna. El diablo ambicioso pero inexperto del Nuevo Testamento salió de la cruzada albigense como maligno todopoderoso, cuyos adoradores en la Tierra efectuaban rituales y tomaban los símbolos heredados de los antiguos cultos a la fertilidad a través del tamiz del miedo a las torturas.

Una idea utilitaria del infierno

Con la llegada del Renacimiento, muchos intelectuales y artistas cristianos se hicieron conscientes de la desvergüenza y la falsedad de estas patrañas. Pero como la salvación postrera del alma seguía siendo el valor  por excelencia en la vida del individuo, la mayoría no dudó en poner su creatividad al servicio de la amalgama de jerarquías eclesiásticas, económicas y políticas que los patrocinaban y ofrecer todo tipo de detalles tremendistas, al pintar los horrores de un lugar en el que parece que habían estado: fuego, azufre, alimañas, hervores, auto canibalismo, aplastamiento perpetuo.

Y es que entre la élite cristiana, la mentira del infierno se consideró durante mucho tiempo como un eficaz elemento disuasorio contra el pecado y por extensión contra el delito en general. Ahora bien, esto no tenía por qué extenderse a las clases cultas. Martín Lutero (1483-1546), el fundador de la fe protestante, proponía hablar del diablo solamente con personas de fe sencilla, lo cual muestra el concepto claramente utilitario que todas las ramas cristianas tenían del mito del diablo, a modo de teoría de la doble verdad.

Crueldad teológica para el mito del diablo

La teología de Santo Tomás de Aquino (1224-1274), inspiradora en tantos campos del saber, es también la responsable del máximo refinamiento en la concepción amedrentadora y cruel del infierno. Según Tomás, no sólo los condenados al infierno sufren lo indecible, sino que uno de los disfrutes que ofrece el cielo a los salvados es precisamente la contemplación de estos sufrimientos.

Esta concepción tomista del cielo como lugar en el que los teóricamente buenos disfrutan mediante el voyeurismo sádico necesita, sin duda, una urgente revisión teológica, o lo que sea.

Pero la leyenda del diablo, al que hemos visto nacer de la imaginación, crecer con el miedo y consolidarse gracias a la utilidad práctica para el poder, se ha convertido hoy en un mito prevalente, cuya importancia en la época moderna analizaremos en el próximo artículo de la serie. No te lo pierdas.

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Comments

This post currently has 2 responses

  • Puede ser que existieran esas ceremonias paganas, pero los aquelarres con brujas de verdad, que se reunían en los bosques y que hacían sacrificios, los hubo. No hay más que consultar los archivos de los procesos. Y por algo dicen en Galicia: yo no creo en las meigas, pero haberlas, haylas.

    • De acuerdo, Rodi. Pero una cosa es que existieran personas que se reunían por la noche para cometer sandeces y maldades pensando que existe el diablo, y otra muy distinta es que este ser sobrenatural exista. Una cosa es que en el Yucatán los sacerdotes aztecas le sacaran el corazón a un infeliz cada mañana para hacer que saliera el sol, y otra muy distinta que el sol necesite esas crueldades para salir, que afortunadamente parece que no las necesita.

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