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Decepciones apocalípticas II: El continuo Gran Chasco

El Gran Chasco Adventista

Las ideas de William Miller (1782-1849), antiguo granjero y capitán del ejército retirado, provocaron un cisma entre los evangelistas. Otra vez con base en el libro de Daniel, y tomando los días bíblicos como años terrestres, William se sugestiona con la aparición de un cometa en 1843 y hace sus cálculos. Hombre algo taciturno, ante la insistencia de sus seguidores finalmente expresa: “Para abreviar, diré que estoy convencido de que Jesús volverá con sus santos a tomar posesión de la Tierra, a limpiarla y purificarla en algún momento entre el 21 de marzo de 1843 y el 21 de marzo de 1844“.

Jesús volvió a dar plantón y provocó un nuevo cálculo urgente basado en el cambio del calendario rabínico, que arrojó como nuevo fin del mundo el 18 de abril del mismo año 1844, sólo un mes más tarde. El evidente fracaso fue reconocido a regañadientes por Miller pero, como históricamente viene sucediendo en estos lances, uno de sus seguidores volvió a recalcular y alargó el fiasco profético hasta el 22 de octubre de aquel mismo año 1844.

Jesús tampoco se presentó el día que desde entonces se conoce en la iglesia adventista como “La gran decepción” o “El gran chasco“. Muchos abandonaron la fe después de llorar desconsoladamente pero, una vez más, un núcleo duro alrededor de Miller siguió insistiendo en que todo se debía a errores con los calendarios y estableció como nueva fecha de la segunda venida el año 1849.

Infografía sobre decepciones apocalípticas desde el Gran Chasco adventista hasta hoy: Testigos, Davidianos, sectas

Los seguidores de Miller salieron del paso asegurando que el fin de los tiempos ya había comenzado, pero que la primera fase no se notaba, ya que era una labor burocrática que consistía en la revisión de archivos en el cielo. Pero añadían que, en algún momento, siempre inminente, se nos daría a conocer el veredicto de la operación y empezaría el juicio final.

La Atalaya de los Testigos de Jehová

La gran decepción adventista de 1844 inspiró a Charles T. Russell (1852-1916) para fundar su sociedad de estudios bíblicos de la Atalaya: los testigos de Jehová. Con estos antecedentes, huelga decir que la preocupación por la inminencia apocalíptica era y es uno de los asuntos clave en esta nueva secta “cristiana”.

Inmediatamente se estableció el año 1874 como fecha de la segunda venida, pero en un loable ejercicio de prudencia y seguramente algo escamado de los fracasos anteriores, el señor Russell se dejó abierta una puerta de escape afirmando que se trataría de un regreso “invisible”; algo así como un Jesucristo agente oculto que ya está discretamente entre nosotros, preparando el terreno para las tribulaciones y buscando ministros para el Reino de los mil años.

Pero incluso procediendo con cautela, la falta de signos y acontecimientos puede arruinar una carrera profética prometedora y sumir a los fieles en la desmotivación y la apatía, lo que obliga a la rectificación continua de los vaticinios. Los testigos fijaron 1914 como año en el que Dios comenzaría la selección de los 144.000 santos para hacer de ministros de Cristo en el reino de los mil años. El comienzo de la horrible y cruenta primera guerra mundial y los acontecimientos en Palestina reafirman a los de la Atalaya en la idea de que están en lo cierto y el mundo está desde 1914 en el período de tribulaciones previo a la segunda venida.

Los testigos de Jehová son quizás la rama cristiana que más ha interiorizado la idea de que su modo de vida puede ayudar al bueno de Jesús a decidirse a retornar de una vez y parece que en alguna ubicación secreta de California han registrado una vivienda a nombre de Abraham, Isaac y el rey David, con habitaciones amuebladas y preparadas para “entrar a vivir” en el fastuoso mundo del reino de los mil años. Su curioso modo de vida combina aspectos positivos como el orden, la cortesía sin límites y el hermanamiento de las personas por encima de las naciones, con supercherías infumables como su renuncia a las transfusiones de sangre por la interpretación tergiversada del mandato que en los Hechos de los Apóstoles (15,28) se da a los no judíos: “No bebáis sangre” transformado a “Absteneros de la sangre” que en la aceptación “amplia” de los de la Atalaya incluye a la sangre recibida en una transfusión.

Varios profetas apocalípticos del protestantismo a finales del siglo XIX: William Miller, Charles T. Russell, Ellen White

Adventistas del Séptimo Día

También de la gran decepción de 1844 surgieron los adventistas del séptimo día en torno a los “flipes” de Ellen Harmon White (1827-1915) y sus alucinaciones sobre cuestiones celestiales, sábados y domingos, cristianos buenos y malos y la posible femineidad del espíritu santo. Una de las muchas escisiones séptimo-adventistas es la de los davidianos, que bebiendo de las mismas fuentes espirituales que la iglesia irvingita, llevaron al extremo la visión de que la actuación de los fieles puede verdaderamente influir en el retorno de Jesús. Por eso llegan a culpar a los adventistas moderados de estar obstaculizando la segunda venida con su pasividad y apatía.

En 1935 se estableció la comunidad séptimo-adventista-davidiana de Waco (Texas) con la promesa de que en un año serían transportados a Palestina por intervención celestial para desde allí recibir a Jesús y ayudarle como santos electos en el proceso de gestión del retorno de los judíos y la gran “kermesse” posterior al advenimiento. Pero el año pasó y no hubo tele-transporte ni el imprevisible Jesús hizo acto de presencia por lo que los davidianos, rápidos de reflejos como todo buen profeta, rectificaron y establecieron como nueva fecha la pascua del año 1959.

Muchos fieles vendieron todas sus posesiones y se dirigieron a Waco, donde en primer lugar entregaron su dinero a la comunidad y se dispusieron a esperar el glorioso momento, que terminó otra vez con incomparecencia de Jesús, con el que a estas alturas de la historia ya podemos decir que no se puede contar y que es un malqueda. A este día, por comparación con 1844 y por aplicarle un poco de sentido del humor a la atribulada vida espiritual de los davidianos, se le conoce como “El pequeño chasco”.

El desastre de Waco

Pasado el nuevo período de duelo, llantos y lamentos los davidianos más audaces se unieron a un tipo recién entrado en escena que por lo visto era el amante de la líder del grupo. David Koresh (1959-1993) o David Ciro (que se llamaba en realidad Vernon Howell pero se había arreglado el nombre para mejorar su caché bíblico) era un hombre con un pasado psicológicamente difícil, pero con una fe ciega en su destino como adelantado de un Jesús que esta vez sí, … por fin llegaba. Un malentendido con las autoridades sanitarias desembocó en 1993 en el cerco policial a las instalaciones de Waco, con un tiroteo e incendio posterior en el que murieron 75 personas, Howell incluido.

Sólo un año más tarde, en 1994, y en el mismo marco conceptual de la profecía apocalíptica de base numerológica, el Sr. Camping hizo su primer vaticinio apocalíptico fallido, aunque dicen que incluso en los 80 ya había profetizado algunos más, quizás como ensayo. Pero queridos lectores, no piensen que el apocalipsis es un concepto exclusivamente cristiano. En el siguiente artículo de la serie repasaremos la abundante Escatología no cristiana.

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