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Decepciones apocalípticas I

La historia está llena de decepciones apocalípticas

El abate calabrés Joaquín de Fiore (1132-1202)  concibe un sistema basado, como no, en la numerología bíblica, la importancia del número 12 (12 tribus, 12 apóstoles) y la representatividad simbólica de animales y lugares. Apoyándose en estos supuestos, en el libro de la Revelación y en ciertos pasajes del evangelio de San Mateo, Joaquín llega a la conclusión de que el fin de los tiempos se iba a producir en 1260, con Saladino como anticristo y la suya es, sin duda, la primera de las grandes decepciones apocalípticas.

El anuncio tuvo ya sus daños colaterales y las crónicas de la época hablan de grandes procesiones de penitentes flagelantes que recorrieron Italia en los años previos a 1260, convencidos de que la fiesta realmente se acababa y dejando a la gente atemorizada ante los auto-latigazos, la sangre y los lamentos, sin duda todo un espectáculo sórdido y superfluo en una vida y unos tiempos ya de por sí bastante duros. Por suerte para los que ahora estamos vivos, Jesucristo no apareció en 1260 y aunque la congregación de los franciscanos espirituales, formada por inspiración de Joaquín, rectificó la fecha a 1290 se produjo una nueva incomparecencia y la orden terminó por disolverse.

Infografía con las decepciones apocalípticas desde Joachim de Fiore hasta el Gran Chasco Adventista

 Mentalidad del cristiano medieval

La expectativa de inmediatez apocalíptica que arrancaba de la época de Pablo de Tarso se mantuvo firme durante siglos y el eslogan “arrepentíos porque el fin del mundo está al llegar” no perdió ni un ápice de vigor. La prioridad vital de un cristiano medieval era la salvación de su alma y el concepto de inminencia del apocalipsis estaba omnipresente en su existencia. El creyente vivía sugestionado y cualquier desastre natural o fenómeno astronómico llenaba los corazones de miedo.

Sin embargo no es fácil vivir permanentemente en estado de miedo frente una amenaza que no se consuma y quizás por eso la superstición hizo presa fácil del cristiano de a pie y el culto a las reliquias floreció por doquier, ya que se interpretaba que, ante el aplazamiento inexplicado de la cacareada segunda venida, la cercanía a esos restos santificados podían llevar a la salvación. Las reliquias pasaron a configurar casi un “sector” de la economía medieval y eran objeto de trato y comercio entre estados. . Incluso existía de facto una especie de ranking de las reliquias, que eran mejores cuanto más cercanas a Jesús hubieran estado, y estallaban auténticas “guerras” de reliquias en el sentido de “las mías son mejores que las tuyas, luego mi nación es mejor que la tuya”.

Pero mientras la masa empobrecida tenía casi como único recurso el culto a las reliquias, entre las clases pudientes se empezó a gestar una nueva y brillante estrategia para acercarse de forma más cómoda a la salvación: la compra de bulas, dispensas e indulgencias. Se trata en principio de una involución conceptual en contra de lo que fue la oferta de vida eterna generalizada y desligada del estatus que hizo Pablo en su día. La idea de que el pago de una determinada cantidad de dinero coloque a una persona en mejor posición en la carrera por la salvación parecía no casar con el espíritu cristiano. Al principio la jerarquía eclesiástica sólo aceptó las penitencias como forma de pago, pero poco a poco se fue diversificando el camino para otros medios como por ejemplo el servicio en las cruzadas o las penitencias en carne ajena. Finalmente se aceptó también el dinero.

Composición figurada con motivos apocalípticos, Joachim de Fiore y John Quincy Adams

¿Heraldos inequívocos?

Pero junto a estas miserias de la vida diaria los signos y presagios del apocalipsis seguían apareciendo. La nova descubierta por Tycho Brahe (1546-1601) en 1572 también se interpretó como un posible signo de la segunda venida, a modo de segunda estrella de Belén.

Tras la reforma luterana y en el marco de la odiosa y cruel guerra religioso-política de los 30 años (1618-1648) empiezan a tomar forma clara dentro del mundo protestante las corrientes milenaristas que profetizan, la inminente segunda venida, seguida del reino de los 1000 años y el juicio final. El teólogo Johan Alsted (1588-1638) realiza un nuevo cálculo y obtiene 1694 como año de la segunda venida. Afortunadamente todo quedó en nada.

Una fase importante en el esquema apocalíptico es el retorno de los judíos a Israel y su conversión a la verdadera fe, que se supone que será el preludio al final de los tiempos. Por eso la revolución francesa, el periodo napoleónico y la subsiguiente invasión de Egipto y apertura de Palestina tuvieron también la consideración de acontecimientos pre-apocalípticos, con el papel de anticristo reservado esta vez para el señor Napoleón Bonaparte.

Siempre moviéndonos dentro del orbe protestante, los siglos XVIII y XIX ven el nacimiento de una variante escatológica que se empieza a cuestionar la influencia del comportamiento de los fieles en la segunda venida y que finalmente desemboca en dos corrientes caracterizadas por:

  1. La idea de que quizás Jesús no se decide a regresar porque no nos estamos comportando de la forma adecuada (aparición un poco más tarde de las nuevas corrientes adventistas).
  2. El protestantismo sionista que hace lobby por el retorno de los judíos a Palestina como elemento que puede desencadenar o al menos ayudar a Jesús a decidirse de una vez a retornar a la Tierra. Su consecuencia fue el “israelismo británico” entre muchos anglosajones, que se autoproponen como auténtico pueblo elegido de Dios, como evolución de unas supuestas tribus hebreas perdidas que llegaron a las islas británicas después de la primera diáspora.

Preparación de la iglesia para la segunda venida

Henry Drummond (1786-1860), banquero y político inglés, fue vicepresidente de la Sociedad Judía y cofundador de la iglesia Irvingita (con su amigo Edward Irving), que postulaba una segunda venida inminente y una preparación acelerada de la iglesia para el evento. Organizaba reuniones anuales para analizar la cronología de la segunda venida, llegando a conclusiones sobre un posible retorno de Jesucristo entre los años 1843 y 1847.

Es famosa la anécdota de Joshep Wolff(1796-¿?), judío converso alemán y militante de la causa protestante sionista, que en su viaje a Estados Unidos en 1837 consiguió hablar en el congreso y le dijo al presidente John Quincy Adams (1767-1849) que más valía irse preparando porque la segunda venida de Jesucristo ocurriría en 1843. Parece que el presidente no tenía problemas en admitir que efectivamente la segunda venida bien podría llegar a producirse, pero dejó claro que, en todo caso, 1843 le parecía muy pronto.

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