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Ciencia, magia y religión en el Quijote

Ciencia, magia y religión

Ciencia, magia y religión son hoy, al menos desde el punto de vista racional, conceptos claramente distintos y separados, que sólo se solapan cuando usamos el lenguaje de forma figurada. Pero al principio de la civilización, estas tres materias eran aspectos complementarios de la misma substancia: el culto a la naturaleza y el intento de ganarse su favor, para así usar en nuestro beneficio sus supuestos poderes ocultos.

Tras estos comienzos, ciertamente confusos, la humanidad ha ido comprobando de forma gradual,  con algunos altibajos históricos, cómo la acumulación de conocimientos útiles sobre el mundo natural, era obstaculizada a menudo por el afán de control de las religiones organizadas, y dificultada siempre por el embrutecedor callejón sin salida de las supersticiones mágicas.

La ciencia tuvo una primera época de esplendor en el Mediterráneo Oriental durante el periodo helenístico, entre los siglos III y I a.C., pero la acción conjunta de diversas causas trajo después el prolongado estancamiento medieval, en el que una disciplina metafísica y sin objeto experimental de estudio como la teología, fue considerada la reina de las ciencias. Mientras tanto, el cristianismo, obsesionado con un apocalipsis inminente, contagiado por una visión pesimista de la existencia, y enfocado en la salvación de las almas, aprovechó su asociación con el Estado para impedir la difusión de cualquier propuesta científica incompatible con las Sagradas Escrituras.

Reunión de sabios laicos y eclesiásticos en torno a un globo terráqueo con don Quijote y Sancho aproximándose
Variación sobre la obra de Tito Lessi: Milton visita a Galileo en su casa

El Renacimiento trajo un renovado interés por la cultura clásica, y una aproximación al conocimiento que, todavía impregnada de un cierto sentido mágico de la vida, pugnaba otra vez por el retorno a las formas de la ciencia antigua, incluida la liberación del yugo teológico. Los sabios renacentistas se caracterizan por su trabajo imaginativo y solitario, y por su desdén y recelo respecto a los puntos de vista de sus colegas, cuyas cosmologías y teorías mágicas tendían a despreciar frente a las suyas propias. Pero junto a ellos están todavía muy presentes las fuerzas religiosas, siempre dispuestas a usar todos los medios a su alcance para mantener intactas las verdades de fe de la Biblia. Copérnico permanecerá callado durante cuarenta años por temor al Santo Oficio; Miguel Servet será quemado vivo en Ginebra por su particular visión teológica del problema trinitario; Giordano Bruno será abrasado en Roma por sus concepciones cristológicas; Galileo Galilei será humillado y obligado a abjurar de las conclusiones evidentes de toda una vida de trabajo.

Pero tras la reforma protestante, el posterior fracaso del intento de reunificación del Concilio de Trento, y las horribles guerras religiosas de comienzos del siglo XVII, la Iglesia quedó dividida, y su influencia en el control de las ideas a través de fabulosas maquinarias represivas como la Inquisición, se fue diluyendo poco a poco en los países protestantes. En este marco, se produjo el acontecimiento que marcaría el punto de no retorno en el proceso de deslinde entre ciencia, magia y religión: la revolución científica, cuyo arranque se podría concretar, quizás, en la fundación de la sociedad científica conocida como: la Royal Society de Londres, en el año 1662.

Justo en los años inmediatamente anteriores, es decir, en el periodo que marca el fin del Renacimiento y el comienzo del Barroco, Miguel de Cervantes escribió el Quijote; novela que, con su amplitud y variedad de temas y personajes, constituye un extenso retrato de la España de su tiempo; una auténtica ventana abierta al pasado, que transcurre en un momento clave para el estudio del proceso histórico de disociación entre ciencia, magia y religión.

Composición figurada sobre temas caballerescos y molinos de viento quijtescos
El mundo de los caballeros andantes: molinos, hipogrifos y entuertos que desfacer

Paradójicamente, en el mismo instante en el que la teología o, como diría Sancho, la tología, dejó de ser considerada como la reina de las ciencias, estas empezaron su avance imparable, mientras aquella quedaba rumiando viejos y superfluos problemas, como el retraso del apocalipsis, la naturaleza de Cristo o el misterio de la Santísima Trinidad. Curiosamente, cuando la magia y la mística quedaron excluidas de los talleres y los laboratorios, las pautas del mundo natural empezaron a revelarse. La luz de la razón permitió, a lo que Cervantes llama en el libro: la verdad maravillosa de la ciencia, empezar a progresar en solitario, libre ya de la coacción religiosa y del letargo mental al que induce el pensamiento mágico.

Para mi sorpresa, lo que yo esperaba que fueran unas pocas referencias y anécdotas, capaces de ser contadas en uno o dos artículos, ha resultado ser todo un mundo quijotesco, pero también científico, mágico y religioso a su manera. Ese era el mundo de la España de los años 1604-1615: una desigual amalgama de reinos que, aglutinada bajo la Corona de los Austrias, autoproclamada como defensora de las esencias católicas frente las amenazas turca y protestante, y gobernada con una incompetencia colosal, que muchos disculpan como inevitable en el marco de la época, y a la que probablemente don Quijote calificaría de prevaricadora, porfiaba ya inútilmente por conservar su posición como dueña y señora de la política europea.

Ojalá mis palabras sean capaces de transmitir al menos una parte del disfrute que ha supuesto para mí la relectura detenida, repetida y anotada del Quijote; un libro al que aprendí a querer ya de niño, mientras el profesor de lengua nos hacía aquellos largos dictados, cuya detallada prosa yo escuchaba con impaciencia, desdeñando todo lo que no fueran las ocurrencias idiomáticas de Sancho, y esperando impaciente el siguiente enfrentamiento del hidalgo con un gigante, un ejército, un león o un hipogrifo.

Ciencia, magia y religión en el Quijote, por Eloy Caballero
Ciencia, magia y religión en el Quijote, por Eloy Caballero

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