Apocalipsis, profecías y textos sagrados a la luz de la razón
Sobre los libros escritos o inspirados por Dios: El Antiguo Testamento
El Antiguo Testamento es una compilación religiosa sacerdotal escrita en hebreo (que por el momento no es un lenguaje divino, sino un dialecto del cananeo) y algunas partes en arameo. Data de la época del 1000 al 500 a. d. C. y recoge las tradiciones de una sociedad de fundamento tribal, y carácter tardo-sedentario, que había estado casi siempre sometida (asirios, caldeos, persas, lágidas, seleúcidas, romanos). Ese sometimiento se asociaba a los últimos devaneos con el culto al dios Baal, o al “idolatrismo” colorista y verbenero de la cabra encima de la mesa, que finalmente es abandonado cuando los hebreos dan forma en su imaginario a un Dios a la medida de su anhelado estatus de pueblo elegido, y usufructuario legal de todo el terreno de Israel; una proyección psicológica colectiva del idealizado reino de David.
Es una sociedad dura, con el yugo siempre al cuello, y él es un Dios duro, de armas tomar, que lleva los pantalones, que tiene mando en plaza, y que no duda, por un cabreo en un momento dado, en exterminar a toda la humanidad menos a Noé y su familia (Génesis), en sembrar la discordia entre los hombres en Babel celoso de verlos progresando unidos, o en un momento bíblico inenarrable, en enviar a dos osos para despedazar a cuarenta y dos niños que se pitorreaban de la calvicie de Eliseo (Reyes 2). No es un dios con talante, ni “centrista”, ni dialogante, ni moderado, ni demócrata-cristiano. De la literalidad de sus actuaciones se deduce que le importa una higa la inteligencia emocional, el autoconocimiento, el progreso, los derechos humanos, la liberación de la mujer, el orgullo gay, y todas las mandangas que ahora nos hacen calentarnos tanto la cabeza.
Ahora bien, dicho esto el Antiguo Testamento es un libro de lectura siempre recomendable, y aunque en opinión más o menos general no sea de una belleza literaria destacable (lo cual apunta a que muy divino no debe ser), ni algunos de sus pasajes especialmente edificantes en términos morales (antes hemos citado dos o tres que se las traen pero la lista es enorme), como pieza literaria mitológica e histórica tiene un interés indudable y su lugar de referencia en la cultura occidental es muy merecido.
Sobre los libros escritos o inspirados por Dios: El Nuevo Testamento
El Nuevo Testamento no está escrito por Jesús, ni por gente que lo conoció, ni en la lengua que hablaba, que parece ser que era el arameo, sino que está escrito en griego entre 100 y 200 años después de su muerte. Con esta datación no puede ser obra de los evangelistas Mateo, Juan, Lucas y Marcos, todos ellos coetáneos de Jesús, sino de autores posteriores y desconocidos que fijaron así la tradición oral de las historias que contaban los primeros cristianos, quienes para investirlas de autoridad las atribuían a personas que habían estado cercanas a Jesús.
De entre los muchos textos existentes, se fue seleccionando algunos por el método del canon (se acepta sólo lo que casa con la historia que queremos contar) en diversos sínodos y concilios entre los años 300 y 400 d.C. y siempre con el objetivo de enhebrar los contenidos con la incipiente doctrina eclesial que se iba labrando a matacaballo en una confusa dinámica de teología relámpago contra el obispo hereje: nestorianos (Cristo es dual), arrianos (Cristo no es Dios), priscilianos (Se puede bailar en misa), pelagianos (No hay pecado original)…
Se trata de textos humanos, no divinos, ni susurrados por Dios al oído de nadie. Se trata de escritos antiguos con una finalidad clara para los hombres de aquellas épocas, que valoraban su presunta salvación eterna más que nada en el mundo y para la iglesia cristiana constituyente, que se estaba expurgando de las herejías por dentro y purgando del paganismo por fuera, para proyectarse al universo conocido como culto único y verdadero por “achique teológico y físico de espacios”. Si lo hizo por geopolítica constantiniana de unificación imperial o por que se creyó en el deber salvar al mundo ganando el combate religioso por las bravas con la excusa del “Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie llega al Padre, salvo a través de mi” (Juan 14-4) eso ya es otra cosa. Quizás algún lector nos pueda comentar sobre el asunto.
Pero ahora volvamos al Nuevo Testamento, para decir que su lectura también es siempre recomendable como documento histórico que puede contener algunos aciertos morales, algunas reglas universales que siguen siendo válidas ¡faltaría más! Pero son también textos ricos en patinazos monumentales y en crueldades inexplicables y gratuitas que no tienen ningún significado para una sociedad que ha dejado de perseguir y “achicar espacios” al individuo por lo que piensa, por lo que dice o por la forma de vivir su intimidad personal y sexual. Se trata de unos textos arcaicos que no tienen más valor que el cultural (que ya es bastante) para una sociedad que está haciendo chocar protones a la velocidad de la luz, investigando Marte con robots teledirigidos desde 60 millones de km, regalando largos años de vida a gente que lleva marcapasos o que se inyecta insulina y viendo cómo consigue todo esto sin estropear el medio ambiente del planeta.
Sobre la profecía
¿Quién no querría conocer el futuro de antemano, o tener un lugar especial en el universo, o saber que somos la criatura mimada de un dios todopoderoso, un gran padre protector que cuida de todo y nos ha dejado el futuro escrito, aunque sea en código? A mí no me importaría. El problema es que esta idea va en contra de toda la evidencia que el mundo presenta en todos los campos de la vida. El problema es que la única forma de conseguirlo es recrearlo en la imaginación a través de la fe. Y todos podemos hacerlo. Todos tenemos esa capacidad. Pero hoy sabemos gracias a la psicología y la neurología que esta capacidad para recrear mundos imaginarios es una ventaja evolutiva debida a algunas partes de nuestro cerebro (córtex pre frontal), una ventaja que nos permite simular y anticipar experiencias en mundos imaginarios, que nos pueden aportar una felicidad de calidad no inferior a la de las experiencias reales, pero que siguen siendo mundos imaginarios, no mundos reales revelados en exclusiva que tengamos derecho a imponer urgentemente y a la fuerza al resto de la peña, por muy sugestionados que estemos.
Ningún texto en este planeta contiene, que se haya probado a día de hoy, ninguna profecía cumplida o verosímil en relación al fin de los tiempos, ni lamentablemente a nada más. Nadie ha logrado sondear el futuro con anticipación profética referente a ninguna otra cosa grande, pequeña o mediana. Todos los que han presumido de ello han resultado ser charlatanes que querían sacar ventaja o ilusos que habitaban mundos imaginarios extasiados por este o aquel presunto libro sagrado. El futuro a día hoy es insondable por definición, por estadística y por física de los sistemas caóticos.
Sobre el fin de los tiempos
Cada religión tiene o tuvo (si ya no quedan fieles vivos) su propia escatología del fin de los tiempos. Esto es lógico, puesto que se auto proponen como sistemas que satisfacen la legítima ansia de trascendencia, o el compartido miedo a la muerte del ser humano. Pero ninguna religión está moralmente autorizada a reclamar su autenticidad por encima de las demás mientras no presente pruebas fehacientes de las historias asombrosas que reivindica: creación, apariciones, levitaciones, don de lenguas, inspiración de libros, intervenciones puntuales o generales, milagros impresionantes, curaciones, etc. Ninguna religión debería exigir a sus fieles que crean a ciegas en afirmaciones falaces, como que el deseo de trascendencia que alberga su corazón ha sido implantado por Dios, como que un texto antiguo fue inspirado por Dios o como que su religión es la verdadera (¡chúpate esa!) y las demás no porque tiene más fieles, porque es más antigua, porque mentes muy brillantes la adoptaron, o porque es la que se practica dónde has nacido.
Todas las evidencias racionales que tenemos hoy apuntan a que si hay algún ser superior, creador o hacedor del universo (que yo no digo que no lo haya), no hay manera de alcanzarlo más que echando mano de la imaginación, sin pruebas, sin evidencias, a ciegas, comulgando con ruedas de molino. Además hay que elegir entre miles de candidatos mutuamente excluyentes y sobradamente dotados de super-poderes para pasar el examen teórico (insisto: teórico) de máster-creator (Yahvé, Jehová, Alá, Osiris, Ra, Zeus, Júpiter, Saturno, Quetzalcoal, Viracoha, Khrisna, Shiva, Mitra, Serapis, Apolo, Odin, Thor,… y por supuesto el monstruo espagueti volador, el hada madrina y la tetera marciana de Bertrand Russell). Lo más cómodo y lo más habitual es conformase con el que te toque por el lugar y la época de tu nacimiento y quizás luego cambiar una vez por conveniencia matrimonial, viraje cultural o geográfico, porque Tom Cruise ya es arzobispo de la cienciología, por capricho, por curiosidad, o simplemente porque esa pareja de testigos de Jehová no paran de darte el tostón y ya no sabes como quitartelos de encima. Todo esto siempre que se permita, claro. Porque no olvidemos que en pleno siglo XXI todavía convivimos en amigable alianza de civilizaciones con religiones como el islam, que en ciertos sitios persigue internamente la apostasía, aunque luego lo disimula muy bien externamente, sobre todo cuando los demás miramos a otro lado.
El papel de la ciencia
La revolución científica del siglo XVII puso en marcha un proceso no intencionado de exclusión de Dios de toda explicación de los fenómenos naturales presentes y pasados, que no parece tener límite tampoco en el futuro.
Los creyentes “fundamentalistas”, dicho sea esto sin connotaciones negativas, no tienen problema en rechazar abiertamente los postulados de la ciencia que contradicen sus libros sagrados, aunque luego se aprovechen de los avances como todos (¡Que me quiten lo bailao!).
Por otro lado los creyentes moderados, permeados ya por el espíritu de la razón, experimentan una cierta zozobra en el agitado mar de las contradicciones escrituras-ciencia y están faltos de orientación de sus líderes espirituales, quienes en gran parte todavía no han encajado bien los golpes involuntarios al hígado de la teoría de la evolución y la cosmología del modelo estándar. De alguna forma estos creyentes moderados han encontrado una zona de aguas tranquilas detrás del Big Bang con la esperanza de que la ciencia nunca pueda sondear aquellos instantes del universo opaco, o bajo la superficie de la sopa primordial en la que surgió la vida, con la certeza de que ningún químico se puede ya mojar la bata en aquel charco, y esgrimen con una curiosa mezcla de timidez y arrogancia la falacia de la inversión de la carga de la prueba “la ciencia nunca podrá demostrar que no existe Dios”.
Pero la ciencia no anda buscando excluir a Dios del Big Bang, sino la forma de construir un telescopio de neutrinos que permita sondear aquel naciente universo. La ciencia no busca suprimir a Dios de la sopa primordial, sino averiguar si algunas moléculas auto-replicantes pueden surgir solas por procesos químicos naturales. Y todo esto no es para eliminar a Dios de la ecuación sino para aprender y explicar la realidad. Ni Galileo, ni los primeros científicos de la Royal Society, ni el mismo Darwin, eran ateos con un plan para tachar a Dios de la naturaleza. Al contrario. En general todos eran creyentes sinceros, que esperaban corroborar con sus experimentos la magna obra de Dios; sólo que lamentablemente los progresos se sucedieron y su huella no apareció por ninguna parte, y en una sociedad abierta fue él sólo el que se cayó de la ecuación en la que nosotros lo habíamos puesto. Si Dios existe (que insisto, yo no digo que no), quizás algún día nos pida explicaciones, pero no por hacer experimentos, sino por este abuso expansivo de su idea para rellenar los huecos de nuestra ignorancia.
Hoy ya sabemos que efectivamente habrá un final del mundo, entendiendo como tal nuestro mundo del planeta Tierra en primer lugar y el universo a gran escala después. Todos los que hemos visto Cosmos recordamos a Carl Sagan diciendo “En unos cinco mil millones de años el Sol engullirá Mercurio y Venus y probablemente también La Tierra”. ¿Es posible que llegue antes, que un asteroide nos destroce, que una glaciación nos congele, que se desate una actividad volcánica que nos asfixie? Claro que es posible. Es más, estadísticamente es casi seguro a largo plazo en escala geológica ¿Es probable que esto ocurra mañana, día 21 de octubre o el próximo 21 de diciembre de 2012? Pues como le dijo el presidente John Quincy Adams (1767-1848) a aquel cristiano converso sionista alemán: “No tengo ningún problema con la idea de que el mundo se va a acabar, pero en todo caso 2012 me parece muy pronto”.
Juicio sumarísimo al señor Harold Camping
Entiendo que ninguna persona de fe debería rechazar estos argumentos diciendo que vienen de un ateo, ya que no es el caso. Es necesario que el creyente busque honradamente sus propios argumentos (por sí mismo o con sus guías espirituales, curas o imanes) y establezcamos un debate que permita que las verdades racionales afloren, sin historias asombrosas y sin cuentos chinos de 2000 años de antigüedad. Esto nos interesa a todos porque nos puede ayudar a sacar lo mejor de nosotros mismos, y la verdad no es de los cristianos o de los hindúes o de los musulmanes, sino común y única. La idea no es que nadie abandone sus creencias, sino que las someta a la prueba de la razón y que si no la pasan las critique abiertamente en esos aspectos.
Área Subliminal ha hecho un esfuerzo por comprender la forma de actuar del señor Harold Camping y la conclusión es que, aunque está equivocado, su proceder es correcto puesto que ha hecho de buena fe algo sobre lo que lleva toda su vida estudiando y trabajando, como hizo Isaac Newton en su día. Además Camping está asumiendo una idea que, en teoría, es aceptada por media humanidad: que la Biblia es la palabra de Dios. Alguien podrá decir que evidentemente es un farsante y que sólo quería armar ruido y hacer publicidad para Family Radio. En ese caso, si todo era la maquinación de un charlatán para conseguir publicidad y recaudar fondos tampoco es el primero, pero me resulta extraño que haya decidido tirar por la borda todos sus largos años de fe y arriesgarse a que su propio Dios lo borre del libro de la vida y de la lista de los 144.000.
Mañana es 21 de octubre de 2011, día corregido por Harold Camping y Family Radio como fecha definitiva del descenso de Jesús entre las nubes y “telonazo” al teatro de la vida. Si finalmente tenía razón, este que escribe está anotando sus últimas palabras y mucho me temo, salvo milagro de última hora, que no estaré entre los 144.000.
Si no la tiene, y quiera Dios que así sea, y Jesús no viene mañana (suena terrible expresar este deseo porque Jesús no venga) nos habremos librado de la destrucción algo más sabios y con una riqueza adicional en nuestras almas: la de entender un poco mejor las preocupaciones de algunos de nuestros hermanos. Y ahora no retrasemos más el momento del final.
Aquí pues, ponemos fin a nuestra larga serie de artículos sobre el fin de los tiempos.
Notas:
- Este artículo cierra la serie “El fin de los tiempos“.
- El artículo anterior se llama “Escatología no cristiana (7 de 8)“.
- La serie “El fin de los tiempos” tiene un video de presentación en el Canal de AreaSubliminal en YouTube.
- Este artículo también está disponible en idioma inglés: “Rational Apocalypse (8/8)“.
Referencias:
http://www.ted.com/talks/dan_gilbert_asks_why_are_we_happy.htmlhttp://es.wikipedia.org/wiki/Biblia
www.e-sword.net
http://bible.cc/
http://es.wikipedia.org/wiki/Apocalipsis
http://www.gutenberg.org/ebooks/7999
http://www.familyradio.com
http://www.washingtonpost.com/blogs/blogpost/post/may-21-and-other-judgment-days-that-have-come-and-gone/2011/05/12/AFHjwnyG_blog.html
http://newsfeed.time.com/2011/05/16/by-the-numbers-how-may-21-2011-was-calculated-to-be-judgment-day/
http://ahuramazdah.blogspot.com/2011/05/se-va-acabar-el-mundo-el-21-de-mayo-de.html
http://ahuramazdah.wordpress.com/2011/05/17/%C2%BFse-acabara-el-mundo-el-21-de-mayo-de-2011/





